05 julio 2009

Yunus (delfín)


"La música es el camino más corto hacia Dios" (Omar Faruk Tekbilek)

07 junio 2009

El amor ¿realidad o creencia?

Un intento de conjugar hipótesis, asociaciones, teorías, posibilidades... <--¡clic!

14 mayo 2009

Esencia de números

Os redirijo a mi último post, que está -->aquí<--

27 abril 2009

Girando con el universo

Hace unos años tuve la inmensa suerte de ver en directo los giros mágicos de los derviches en un acto íntimo que presenciamos unos pocos perdidos y afortunados. El lugar, pétreo, anacrónico y escondido. Las danzas, más allá de la embriaguez. Ellos, posiblemente conectados con lo sagrado.
Y algunos de los presentes también, a través de ellos.
Son estos:
danzas (ellas), comienzan al final - parte 1/2
danzas (ellas) - parte 2/2

danza (él) - parte 1/2

danza (él) - parte 2/2

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17 abril 2009

Espejos

"Los espejos están llenos de gente,
los invisibles nos ven,
los olvidados nos recuerdan.
Cuando nos vemos, les vemos.
Cuando nos vamos ¿se van?"
(Eduardo Galeano, "Espejos: una historia casi universal")

Si se dan cuenta, la última pregunta de Galeano es una tímida pero inmensa pregunta, de esas a las que mejor mirar hacia otro lado disimuladamente para que no nos incomoden demasiado. La que se hace la autora de ésto, por su parte, es ¿contendrán algunos humanos en su esencia misma toda esa historia casi universal?...

(Imagen: detalle de "Los esposos Arnolfini" de Jan Van Eyck)
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07 febrero 2009

La relatividad de la importancia

Son ya trilladas las diferencias oficiales entre hombre y mujer. Tenemos mucho en común en nuestras estructuras psicológicas, y varios elementos que nos distinguen y nos hacen discontinuos, aunque la discontinuidad de Bataille no creo que pueda aplicarse solamente al abismo que delimita los sexos sino a todo ser humano con otro ser de su misma especie.

Cuando un hombre pregunta a otro “¿Te apetece venir a tomar un café?”, el otro suele contestar “Sí” o “No”. Sus estructuras son simples, prácticas. Cuando en cambio una mujer le pregunta a otra “¿Quieres venir a tomar un café?”, la otra probablemente responda: “Huy, ahora no, porque es que acabo de tomar otro hace media hora… bueno, un poco más de media hora… y no porque sino luego no duermo, porque es que estos días estoy con los nervios porque es que tengo en casa a mi suegra, porque ya te lo dije ¿no? mi suegro está ingresado porque…” Esta transcripción caricaturizada por lo demás no es óbice para que hagan la prueba, si quieren, y vean si es posible preguntar algo a una mujer sin que añada un porqué. Si lo hace, es una excepción, pues sin buscar y compartir un motivo siente como una especie de vacío.

Y todo radica en un tema de importancias: para ella, la causa de las cosas (sobre todo una causa que, directa o indirectamente, implique lo emocional) es muy importante. Para él es más importante lo práctico, solventar cosas, ir al grano (véase Los hombres son de Marte, las mujeres de Venus).

Y en la importancia de las cosas radica casi todo, el problema es que cada uno de nosotros consideramos importantes cosas distintas: él lo práctico, ella lo emocional.

Recuerden esa típica escena de las películas (o de la realidad) en que ella le sorprende a él en la cama con otra. El, entonces, azorado, se incorpora tapándose un poco las partes pudientes (como si su esposa no se las conociera!) y consigue murmurar: “No, querida, no es lo que piensas”. Que, traducido, significa: “no es nada importante, amor mío, sólo un coito ex abrupto”.

Escribo este post inspirado en una charla reciente entre amigas sobre las infidelidades: la importancia que para ellos tiene una “cana al aire” no es la misma que tiene para ellas. Y ahí está el problema, que ellas jamás lo entenderán pues lo calibran según la importancia que tendría para ellas, no para ellos.

En realidad es por este motivo que hay guerras y discordias internacionales y galácticas: que vemos las cosas bajo prismas distintos, las vemos filtradas por gafas de colores distintos (ellas de color de rosa, ellos azul). Percibimos el mismo mundo bajo gafas distintas (por tanto de colores distintos) sin saber que el mundo es incoloro y que "depende del cristal", por eso jamás nos entenderemos en eso del pantoné con sus cientos de códigos subjetivos. ¿Acaso sabemos que el mismo azul el otro lo vé de la misma tonalidad que nuestros ojos?

La discontinuidad vendría a ser ese abismo, esa diferencia en el color del filtro o de las gafas, pues jamás estaremos dentro de la mente del otro ni graduaremos los colores del mundo bajo la misma tonalidad.

Una posible solución pasa por el esfuerzo casi sobrehumano de eso que llaman empatía: debemos comprender (nosotras y ellos) que no todo tiene la importancia que pensamos como mujeres (y ellos como varones).

Si no se es consciente de ese abismo no hay solución y siempre habrá lágrimas vertidas. Y sufrimiento. Y, quizá, hasta alguna que otra enfermedad. Disfrutar de ese abismo, además, es otro asunto que el día que la autora de esto esté inspirada, igual desarrolla en otro post.

En realidad, nadie sabe qué es importante o no importante porque la importancia de las cosas no está aún consensuada por ninguna norma ISO y la única realidad mínimamente fiable es que no existe una realidad absoluta sino subjetiva.

Libro recomendado: "El erotismo" (G. Bataille)

Mi post más reciente: Insight y éxtasis

Aquí también hablo de esto pero desde la otredad

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30 enero 2009

Pausa sólo aparente

La autora de esto no se ha ido, no. Lo más nuevo está en El hilo de Hermes y en Neurobudismo
Hasta pronto!

11 noviembre 2008

Un cuerpo, un universo, un Todo

"Como es arriba, así es abajo" (Hermes Trismégisto)

En “Sincrodestino”, Deepak Chopra, presidente de la Alianza para la Nueva Humanidad, pone el ejemplo de una bandada de peces como ejemplo de entidades integradas que, aunque aparentemente conformada por distintas individualidades, en realidad se trata de un todo trenzado que actúa sincronizado.

Viendo esas bandadas de pájaros o de peces, es raro no preguntarse cómo sabe el del extremo opuesto cuándo y hacia dónde virar exactamente, si no es mediante unos hilos invisibles a nuestra vista. Que nuestros limitados ojos no puedan percibir esas conexiones ¿significa que no existen? ¡Oh, qué necios y orgullosos somos sacando esas conclusiones automáticas! No verlos no significa a priori que no existan: el simple sentido común ya advierte de que, si algo no les mantuviera coordinados, chocarían entre sí (si llegan hasta el final, les prometo unas imágenes asombrosas).

La autora de este blog tiene hace muchos años la borrosa intuición de que el universo entero es un cuerpo, un soma integrado, y las personas una especie de células (unos serían adipocitos, otros células epiteliales, otras oligodendrocitos, etc., pero cada una de ellas con un lugar específico que ocupar en este gigantesco puzzle). Para muchos de nosotros es evidente que todo en el universo parece estar coordinado, sincronizado (mariposas, tsunamis) aún a través de conexiones que nuestros sentidos no siempre perciben. De hecho, la principal característica de los llamados "sistemas complejos" (de los que la autora de esto sabe poquísimo) es que es precisamente en esta conexión entre sus elementos donde radica su riqueza invisible y la cual hace que no puedan cuantificarse simplemente por la suma de sus partes.

Así, fenómenos como el electromagnetismo o el aura humana pasaron, de ser creencias diabólicas condenables por la hoguera, a ser absorbidos uno a uno por la empiria científica gracias a Maxwell o al matrimonio Kirlian, inventor de la cámara del mismo nombre. Los meridianos de acupuntura no podían ser testados, ni medida la resistencia eléctrica en los puntos de reflexoterpia podal hasta que la ciencia no inventó los correspondientes métodos de medición que dejó satisfecha a una parte de la comunidad racional. Gracias a todo ello, hoy puede hablarse ya de los chakras -vórtices energéticos si prefieren- que los yoguis conocían hace más de mil años sin ser llevado a la hoguera por los inquisidores del siglo XXI que siguen empeñados en pensar que los meridianos de la acupuntura son una aberración o la Homeopatía simple placebo. De reticentes siempre los ha habido y los habrá, pero este blog no va dirigido a ellos (ellos ya tienen los suyos), sino a cuantos intuyen que había de llegar el día en que la madre Ciencia pudiera manejar, sin pudor y sin peligrar la integridad de los más osados, conceptos antaño mágicos como p.e. el de la energía.

No se extrañen si en los próximos años oyen hablar cada vez más p.e. de la Medicina del Alma, de la Sintergética, de la psiconeuroinmunología, y de cuantas disciplinas “osadas” han dejado su piel no descansando hasta ver la primera luz en el más grande de los misterios humanos: porqué enfermamos, porqué sufrimos.

Ahora resulta que todo el mundo “eso ya lo sabía”, pero ahora al menos ya no nos llevan a la hoguera a cuantos siempre hemos intuido que tras un vulgar resfriado siempre hay una explicación más completa que ese popular “bajón de defensas” del que todos hablan con cara de entendidos sin saber exactamente muy bien de qué se trata. Ahora, afortunadamente, ya se conoce el porqué tras el ataque de un virus (¡esos entes tan inteligentes!) hay “algo” que ha alterado nuestra resistencia, un algo que puede ser tan banal como una discusión en la cola de un supermercado siempre que ese "algo" haya afectado a nuestra emocionalidad por una razón u otra. O porqué algunas personas pueden pasarse meses entre infectados sin resultar contagiados ellos mismos.

Ellos –los buenos científicos, los de espíritu abierto y sobre todo humilde- también lo intuían pero han debido poner paciencia unos siglos hasta que esas primeras intuiciones se han visto publicadas en forma de estudios en fuentes que ampararan públicamente un cúmulo de estadísticas e informes del que ya es insensato renegar.

Fue en los noventa cuando Suzanne y David Felten (Univ. de Rochester)(1), estudiando la conexiones entre las células nerviosas y los linfocitos, descubrieron cómo y de qué manera eso tan intangible del estado anímico incidía en algo tan tangible como el soma, el cuerpo: se había abierto por fín la compuerta por la que terminaría reconciliándose una mente y un cuerpo que el cartesianismo nos había legado, no como elementos complementarios de una totalidad, sino como un par de estructuras paralelas que jamás podían tocarse ni explicarse mútuamente. Ahora no sólo se sabe que es exactamente lo contrario, sino que los más escépticos pueden hallar una gran cantidad de documentación al respecto. Lo inmunitario tomó el relevo para ayudar a explicar los grandes misterios de la salud como una especie de Hermes que iba repartiendo mensajes por aquí y por allá entre las múltiples entidades divinas que conforman nuestra identidad. Y así se supo, de paso, que el cuerpo es, efectivamente, una totalidad integrada del cual cada una de sus millones de células tiene su sitio en el universo.

¿Un universo hecho de universos hechos de universos?... Eso sería fractalidad, y si les interesa miren en la Wikipedia, porque sería otro tema y este post ha llegado a su fín. Pero para terminar, les invito a echar una ojeada a una explicación muy sencilla de la fascinante teoría de un universo holográfico -->aquí<--


Espectaculares imágenes de una nube de pájaros en este video:


(1) "A mediados de los 70 el psicólogo Robert Ader en la universidad de Rochester descubrió que el sistema inmune podía ser condicionado clásicamente al estilo Pavloviano: diseñó junto al inmunólogo David Felten una serie de experimentos que confirmaron este hallazgo, junto a ellos, y tratando de encontrar cuales eran las vías de comunicación entre el sistema nervioso y el sistema inmune, la neuróloga Suzanne Felten, con la ayuda de la microscopia electrónica, pudo comprobar la existencia de sinapsis entre neuronas y células inmunitarias (linfocito)." http://www.saludverde.com/Tratamiento%20natural%20de%20las%20enfermedades%20Autoinmunes.pdf
(fuente: http://neuropsicoinmunologia.blogspot.com)

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02 octubre 2008

Licuada en fuego

Dulce mineral, roca de mi potestad,

elegiste de entre todos al mejor de los hombres

para que de tí brote el pan

-cereal de arboles suicidas y caracoles flotantes-

hasta que tu saliva sea cemento de una tierra

dispuesta a alumbrar hijos que no tuviste

que son hijos de la humanidad,

su testamento y su condicion,

un original descuento de lo humano.

Es así como te pretendo, dulce amada mía,

licuada en mis besos de sabores otoñales,

fluyendo lenta y apacible junto a mí,

deseable y mía hasta el final de los tiempos,

pues ni mil vírgenes me dieron el amor

ni goces de tanto tipo y rango

con que me obsequias en cada gota

tú, que por mí te hiciste agua y total renuncia.

Te beberé a sorbos lentos por la eternidad

y cada alba pondré nombre a tu vacío

mientras, enredada a mí como hiedra,

desfallecida me llamarás fuego de tu agua

hasta que no quede de tí, en mí,

más que tu infinito recuerdo de miel.


(P. Traver, 2008)


(más poética en El hilo de Hermes).

24 septiembre 2008

La mirada y la lluvia

El amor se agita alrededor de tu belleza,

pues el deseo arrebata a quien apenas la mira

(Safo)


Fuera llovió una impaciencia distinta. Dentro, les arropó entre los cortinajes del castillo un día que se disfrazó de noche entre antorchas y algún trueno (acaso vociferado por la lejana envidia de Zeus).

A Ariadna se le descompuso entonces el tiempo entre los dedos que saben contar horas una a una, y comprendió que, fuera, los árboles estuvieran bendiciendo la lluvia.

Dentro hubo una mano apenas velluda cortando un minúsculo trozo de aire, un gesto displicente desde el trono de los magnánimos. Hubo también consentimientos acoplándose como un guante. Nunca un gesto se valió tanto del silencio, ni un consentimiento se acopló nunca tanto a un gesto vago. Teseo lucía más que nunca corona de Rey, y Ariadna, en precisa asimetría, brotó de aquel gesto como Afrodita de la espuma: su cuerpo naciendo obediente de él. No deseó estar en aquel instante –pero eso sólo lo supo entonces y apenas lo recuerda-, en punto alguno del universo que no fuera aquél en que se deslizaban los ojos del héroe. Y estaba justamente allí.

-Si yo fuera árbol –pensó en voz alta, mirando fijamente ese otro mirar impúdico- bendeciría la lluvia sobre mis hojas. Por ser yo, bendigo sus ojos sobre mí, héroe mío, pues bajo ellos renazco.

-Sea, pues, y brotes de tí misma bajo mi mirar –dijo Teseo.

Lo siguiente sucedió hace demasiado tiempo como para poder recordarlo.

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23 agosto 2008

El don

«Amor es el fuego en el corazón, que todo lo consume salvo la voluntad del Amado»

Abu Bakr Shebli


- Y me ofrecerás tu don, que es cáliz vacío -dijo él.
- Otra dicha no anhelo, ni otro goce -dijo ella.
Y después de eso transformaron el cobre en oro mientras las notas del mundo trepaban hacia la siguiente octava.
Pues no podía ser de otra manera.
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24 julio 2008

La belleza y ellos

"Ama hasta que duela " (Teresa de Calcuta)
-Qué bonito es esto... Qué bonito... -dijo Teseo.
-Sí, qué bonito... -dijo Ariadna.
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13 abril 2008

Ariadna o la sumisión divina

El "El hilo que la mano de Ariadna dejó en la mano de Teseo (en la otra estaba la espada) para que éste se ahondara en el laberinto y descubriera el centro, el hombre con cabeza de toro o, como quiere Dante, el toro con cabeza de hombre, y le diera muerte y pudiera, ya ejecutada la proeza, destejer las redes de piedra y volver a ella." (J.L. Borges)

Es tan indefinido el tiempo que llevo aquí, a la puerta del laberinto, que siento como si cada partícula del paisaje que me rodea formara ya parte de mi misma. Ha llovido granizo sobre mí, me he resecado al sol del Egeo, he perdido la noción de días y noches fluyendo sin cansancio sobre mi identidad en espera. La soledad aquí fuera me aplasta y la incertidumbre constante sobre la suerte de Teseo me aprisiona la garganta mientras, poco a poco, mis miembros se entumecen a medida que se alarga ese angustioso no-saber. Pero jamás, eso jamás, en ningún momento de debilidad, ha soltado mi mano el extremo del hilo cuyo otro cabo guía a mi amado ahí dentro. Porque de este hilo pende también la vida, el arte, el pensamiento de la humanidad.

Pero anoche, Zeus sea glorificado, me fue dada una dicha que, aunque efímera como toda dicha, permanecerá para siempre en mi memoria.

Apareció de la nada a medianoche, como un despreocupado espectro, a esa hora en que los rayos de luna inciden de modo particular sobre aquellos olivos entre el horizonte y yo misma, volviendo sus hojas plateadas. La luna regaló a sus cabellos el mismo tono que a los olivos lejanos. Por un solo instante, sólo uno, tuve la esperanza de que el Minotauro hubiera ya sido vencido, de que mi angustia por Teseo hubiera llegado a su fín. Pero él dejó la situación clara inmediatamente:

-No, mi misión aún está por terminar ahí dentro -señaló con la cabeza hacia su espalda, hacia el laberinto de Dédalo-. He salido sólo a reponer fuerzas.

Le miraba sin poder dar crédito a aquella visión pero sin preguntarme nada, sintiendo que todo estaba bien así, disfrutando de mi propia fascinación. Entonces él aclaró:

-Y también porque me apetecía follarte. Quítate sin demora tu divina túnica, Ariadna, y disponte a complacerme.

Súbitamente sonó atronadora, venida de ningún sitio y de todos, una polifonía envolvente que hablaba de revelaciones. “Llévame a mi interior”, nos exhortaban los coros, un extraño mantra por testigo de cuanto ocurrió a continuación: yo, Ariadna, la diosa, siendo iluminada por un fuego insoportable que germinó en mi vientre y se alzó encaramándose violento a mis sentidos, quemando a su paso cuanto recato encontró en mí. Ví cielos y huracanes y estrellas y luces. Ví todas las formas de la paciencia y los colores de la demora que exige toda creación. Manos deslizantes en la oscuridad buscaron a tientas lo más recóndito del ser. La palabra mágica susurrada a mi oido. Yo, Ariadna, dejándome utilizar a su antojo por la premonición imposible de que su goce sería el mío. Yo, Ariadna, despojada de mi condición de diosa, transmutada en hembra incendiada de deseo, esclava incondicional de su momento. Yo, Ariadna, un templo con forma de cuerpo: un templo con umbral que es pasaje a lo sagrado. Yo, Ariadna, siéndome revelada la sabiduría más antigua del mundo, indefensa y rendida ante anhelos más allá de lo soportable, entregando al héroe las llaves de ese umbral que sólo pueden cruzar los héroes. Y el mío se llama Teseo. Su voz penetra mi oido y su centro mi abismo. “Llévame al interior”, cantan los ángeles para nosotros.

Su dedo pinta mis labios con insistencia lasciva hasta entreabrirlos (un aviso que aún no interpreto). Lo lameteo sin pudor y en la mirada de Teseo siento abrasarse todo mi ser. Cierro los ojos y en mi oscuridad el dedo se ha convertido en lengua, babosa viva invadiendo mis civilizaciones perdidas mientras nuestro amasijo semidivino se retuerce en el infierno de la transgresión.

Su dedo regresa a mis labios y esta vez comprendo la clave en sus ojos. Una pequeña queja emerge en mi vientre. Teseo se percata de ello y dice:

-No. Absórbeme y goza.

Accedí complacida, su tono imperativo no admitía vacilación. Apresaron mis labios su falo erecto, recorrió mi lengua su sabor y su textura con una sed como de desierto al mediodía. Chupé y lamí con avidez de diosa experta. A lo lejos quedaban sus ojos entrecerrados, un poco como si sufriera y fuera dichoso al mismo tiempo. En la caverna húmeda de mi boca, mi devoción había llevado su omnipotencia hasta lo inminente. Sí, Teseo sufría intensamente pero de voluptuosidad. Desde su cima autoriza por fin que la animalidad sea sublimada y, con sus últimas fuerzas, articula la palabra que anuncia el éxtasis:

-Tómalo.

Yo, Ariadna, despojada de mi túnica de diosa, inundada de Teseo, colmada por la esencia de Teseo, conocí mi goce y el suyo en un solo estallido. Su violento jadeo puso sonido al mío o quizá fuera a la inversa. Agotada y renacida, mientras recuperaba el aliento y los latidos, comprendí que el goce está en el Otro y que el universo sólo sabe temblar ante esta comprensión.

Y sonreí, sonreí sólo para mí misma porque Teseo ya se adentraba de nuevo en el laberinto para completar su misión.

Le seguiría esperando.

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Más Ariadnas y más laberintos en http://condecondo.blogspot.com/2007/07/26-condo-en-el-laberinto.html

16 marzo 2008

Al principio fué el Verbo (el OM)

“El cambio es lo único que nunca cambia” (Hegel)

Alquimistas, gnósticos, platónicos y neoplatónicos, hegelianos, heraclitianos, budistas, cabalistas, cuánticos... Una brisa iluminatoria nos mueve a intuir que todos están de acuerdo en los planteamientos base. Que, una vez más, todo viene a ser lo mismo. El Árbol de la Vida de la Cábala de la imagen ilustra, con el cuerpo humano traslúcido de fondo, los vórtices energéticos (chakras en versión yóguica, en la segunda imagen) que constituyen una estructura inmutable: la energía que mueve el micro y el macrocosmos ("Como es arriba, así es abajo", Hermes Trismegisto).
Posiblemente el gnosticismo abarque mucho más que lo poético: de la confluencia entre Oriente y Occidente -repetida en tiempos preplatónicos, en las Cruzadas más tarde, y en los hippies de los 70 por penúltima vez- salta la chispa del conocimiento, muy parecida a la que debió saltar en el interior de Adán tras morder la manzana prohibida y tragar el primer bocado, cuando de pronto se dio cuenta, en un insight que le proporcionaron sus recién estrenados ojos abiertos, de quién era Eva en realidad: su Yin, su Shakti.
Occidente y Oriente (sus sabidurías) son quizá dos caras de la misma moneda: la única con que puede accederse al comercio más elevado. Lo han sabido varios, lo han transmitido; eso sí, de un modo elitista (véase v.g. el Corpus Hermeticum). Somos Luz y Sonido: energía e información. Eso es todo, que no es poco...
Les dejo aquí un video muy bello que se refiere al sonido primordial de donde salió todo. Pongan los altavoces a tope...


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Nota: Daarth significa Gnosis (conocimiento). En la ilustración puede verse cómo la ubicación del Conocimiento pasa por el quinto chakra (la garganta, emisora de la Voz).
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22 febrero 2008

Puntos sagrados

"Y pido yo a Dios que lo de a gustar a quien pensare que miento" (Santa Teresa de Ávila)

Hace más de mil años, los tántricos ya le dieron nombre: punto sagrado. Los sexólogos de hoy día lo llaman punto G. Algunos no creen en su existencia (algunos, no algunas). Las teorías se diversifican, pero algo saldrá. A la autora de esto no le pregunten
, pero entretanto aparece esto en la prensa de estos días, concretamente en La Vanguardia de hoy:

ULTIMA HORA (010308 22:20): La autora de esto ha tenido esta mañana una revelación que podría aclarar definitivamente el gran enigma del punto G. La autora ha declarado, según fuentes no reveladas, que posiblemente E. Janini, por más buena intención que le haya puesto a sus investigaciones, está errado en sus conclusiones. La autora ha informado, entre efusivos vítores a Karl Popper, que piensa ponerse en contacto con el Sr. Janini en la Universitá de l'Aquila (Italia) para colaborar altruisticamente en su investigación, aportándole datos que quizá resulten decisivos para acabar de una vez con este asunto en aras del bien común.

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08 febrero 2008

Memorias traicioneras

La autora de esto últimamente creía que, ya que no somos casi nada, al menos éramos memoria residente. Residencia de una identidad más o menos creible. Pero la autora de esto ha visto ese video y quiere dedicar esto a quienes quieran enfrentarse en nueve minutos y algo más a un intrigante enigma que está ahí nos guste o no, lo pensemos o no (la autora de esto aconseja ver el video antes de seguir leyendo, lo puesto aquí es “además de”). No tengan prisa, les espero unas líneas más abajo...

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No sé el lector, pero la frase “para nuestro cerebro es más importante contarnos una historia consistente que una historia verdadera” la encuentro impactante. No sé quién dijo (Erikson?) que sólo el 50% de lo que recordamos ocurrió realmente tal como lo recordamos. Imagino que las investigaciones sobre la memoria tienen mucho aún por delante.

Ahí se dice que, después de todo, el cerebro no funciona como el DD del pc.

Algunas veces, para conseguir un recuerdo coherente el cerebro rellena los huecos de la memoria con contenidos imaginados e irreales.

“[Nuestro cerebro] a veces nos muestra cosas que no están y otras nos esconde cosas que sí están” Da para pensar, si estamos dispuestos a creer en los últimos descubrimientos.

Recordamos cosas y estamos seguros de que nos pasaron, pero si lo comprobamos con los hechos históricos, vemos que esos hechos no son necesariamente ciertos”.

Muchos de estos engaños se deben a una capacidad sorprendente del cerebro, cuando la información no es suficiente o es confusa se la inventa, rellena los huecos para construir una realidad lo más lógica posible según nuestros esquemas mentales.

El horror vacui cerebral también abarca la memoria porque los recuerdos son una mezcla de realidad y ficción.” Y algo en uno mismo reniega tozudamente aceptar esta aserción. ¿Puede ser, realmente, que no podamos fiarnos ni de la memoria? ¡Qué tema tan apasionante! ¿Acaso no recuerda el lector, a nivel de detalle pormenorizado, aquella escena de los cinco años, aquel parque, aquella discusión en casa o aquel perro que nos mordió? Pues igual no sucedieron exactamente así. Si lo piensan bien, da cierto vértigo.

El cerebro no ha evolucionado para comprender el mundo sino para que sobrevivamos en él”. Esta es una verdad tan cruda que nadie que persiga la Verdad podría quedarse igual ante ese interrogante.

Es mejor una historia coherente, aunque sea falsa, que con otra más real pero incompleta.” Sin comentarios...

Para pensar: “Sin embargo, la más impactante de las ilusiones mentales quizá sea el Yo, la conciencia de uno mismo. Sospechamos que es uno más de los productos de la actividad cerebral (...) De hecho hay muchos estados en que [el Yo] desaparece. Sin embargo, la masa cerebral continúa con los mismos requerimientos de oxígeno y nutrientes. Muchos expertos creen que, más que una unidad, somos una sociedad de mentes distintas que funcionamos como una orquesta: pueden funcionar todos los instrumentos a la vez pero también se forman quintetos, cuartetos o, simplemente, un solo.

Tú no eres la misma persona que se ha levantado esta mañana, y sin embargo tienes la impresión de que lo eres, pero en términos de moléculas no lo eres.

¿Qué somos en realidad? Si lo que recordamos no es del todo fiable, si entre los núcleos y los electrones de cada uno de los átomos que conforman nuestras moléculas hay tanto vacío como entre una pelota de tenis y las gradas de un estadio de fútbol, si las palabras con que se desgrana nuestro discurso son cáscaras vacías, ¿tiene sentido que nos sigamos empeñando en llamarnos Yo, ese modesto monosílabo que apenas representa a un constructo psíquico?

PS 090208: para una versión neuro-poética, ver ->este post<- en Neurociencia-neurocultura.

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29 enero 2008

Ubicuidad del Yo

"Cuando a uno le cortan la cabeza no le decapitan, sino que le decorporan" (Rodolfo Llinás, neurofisiólogo)

Cuando se piensa que, en aproximadamente siete u ocho años, de todos esos millones de células que nos componen ya no queda ni una sola, acomete un leve vértigo. Si ni uno solo de todos esos ladrillos materiales que nos conforman en el instante de leer esto no existían hace ocho años, ¿entonces quiénes somos ahora? Dicen los expertos que somos energía e información. Que todo es energía e información.

Cuando miramos nuestra mano, nuestra rodilla o el ombligo, tenemos la percepción de que esa mano, rodilla u ombligo son nuestros, algo que “queda por ahí abajo” que nos pertenece (¿a quién?). Decimos “mi mano” como decimos “mi casa” y no como algo que es tan Yo como el cerebro que las percibe. Tenemos la sensación de que el Yo que mira esa mano es el dueño de esa mano (“mi mano”) y del resto del cuerpo, de que existe una relación poseedor (cerebro)-posesión (el resto), de que la mayor parte del cuerpo pertenece a otra mucho más pequeña pero que consume la cuarta parte del O2 que inhalamos y la quinta parte de la glucosa... Repetimos: ¿de quién es esa mano, ese tendón o uña? El alma está en la pineal (Descartes dixit) pero todas, absolutamente todas las células son Yo, incluidas las que piensan “mi mano”. Cierto que ellas están “ahí arriba” pero ¿les da su ubicación derecho a constituirse en poseedor más que en poseído? Si cierran ustedes los ojos se sentirán “situados” ahí arriba como en lo alto de un faro y, sin embargo, su cuarta vértebra lumbar es tan Yo como ese que lo piensa. Quizá ahí esté la clave de la confusión. Y quizá una vía para deshacer la confusión esté en las últimas sospechas de la ciencia en el sentido de que, posiblemente, todas y cada una de nuestras células incorporen la conciencia según un modelo holográfico, de que sean una especie de filial de la mente.

La pregunta sería: si el cerebro estuviera situado en el tendón rotuliano, ¿"veríamos" el resto de nuestro yo corpóreo desde las rodillas? Si, por azar, la centralita pensante estuviera ubicada en las manos o los riñones en vez de dentro del cráneo, ¿pensarían ellos “ese cerebro de ahí arriba es nuestro”? Si esa mano es mía, si esa nariz es mía y si ese hipotálamo también es mío, ¿dónde está el dueño de todo eso? ¿Dónde se agazapa el propietario?

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PS: para una visión más hiperreal sobre este tema del Yo y el cuerpo, pueden ver ->en este post<- del blog La Nodriza de las Hadas y el Rey Carmesí.
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04 enero 2008

Trios sublimes

"Entre e l fuego y el agua se halla el amante" (Rumi)
Regurgita Hades sus rios de lava. Entrañas líquidas vierte sin pudor. Llamas de dragón abrasan los sentidos y los vicios. Cruzado el abismo, ciénagas de agua disecada esperan el derrame, afluentes enterrados bajo fangos serenados por tiempos y sequías. Arenas movedizas que asustan a los silfos. Tierra y agua consumiéndose. Los silencios huelen a alarma.

A una señal de Afrodita, árbitro travieso de contiendas humanas, el fuego revienta los portales del infierno. Oh, diosa que me bendeciste con fuego y agua. Me baño voluptuosa en una, ardo voluptuosa en el otro.

En fuego sublimo mis pecados. En agua los divinizo.

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27 diciembre 2007

¿Fluoxetina o Freud?

Rubenfeld ha explorado la mente de los criminales de la mano de Freud después de haber combatido a la mafia italiana de Nueva York. Me explica que la buena literatura - algo que Freud también intuyó- puede ser tan reveladora e incluso terapéutica como muchas pastillas. Los problemas de la mente pueden abordarse con palabras y trato humano, que también moldean el cerebro, o directamente con sustancias químicas. La psiquiatría lleva un siglo dudando si curan más las pastillas o las palabras y en los últimos años, tras la caída en desgracia del psicoanálisis, parecía que las píldoras estaban ganando la batalla. Rubenfeld, con un excelente relato, vuelve ahora a apostar por palabras que curan.”

(Jed Rubenfeld, autor de La interpretación de un asesinato, La Contra de hoy)

02 diciembre 2007

No masticar a Dios

La cola no es muy larga, y además no es como la cola de los cines, sino hecha de seres pequeños, en edad de crecer. El aroma de incienso nos impregna el alma, el cabello, la ropa, pues, apenas entrar en la nave de techos lejanos, hemos penetrado en lo sagrado y eso no es cualquier cosa que pueda decirse en dos palabras, porque lo sagrado huele a incienso y a agua bendita, esa de la pila de mármol donde, por sólo introducir tímidamente los dedos, nos inunda la sensación de haber entrado a formar parte de una extraña secta de elegidos. Hemos continuado el paso, nos hemos sentado en bancos sagrados de madera sagrada, nos arrodillamos y nos levantamos intentando parecer sagrados, hemos escuchado casi alelados pasajes de San Mateo por una voz casi sagrada que retumba entre paredes sagradas, intentando hilar lo que dice esa megafonía sagrada sin entender casi nada.

Poco después formamos una pequeña cola de pequeños inocentes a la espera de purgar, sin saberlo, el pecado del mundo, el pecado heredado genéticamente de aquellos que, más que padres, serían tatatarabuelos, aquellos del paraiso. El turno se acerca y el pánico es absurdo pero enorme, su cuerpo está a punto de entrar en mi boca, ¿me voy a comer a Cristo? Aún ignoro qué es un símbolo, por eso cuando lo siento entre mi lengua y el paladar temo herirle con mis dientes pequeños. El cuerpo de Cristo. Amén, he susurrado para tragarme la repugnancia del canibalismo. En la oscuridad profunda de ojos cerrados la pregunta se hace insorportable: ¿le dolerá si le mastico? Pero no sabe a casi nada, la oblea no le recuerda por insulsa, es difícil darse cuenta de que uno se está comiendo a Dios mismo pero cuido de no hacerle daño, disolver en la boca aquella cosa tan distinta de lo que tengo por divino. Mantengo los ojos cerrados hasta que, con la oblea, poco a poco se disuelve también tanto terror insertado sin motivo.

Cuántos años han de transcurrir para saber que, si ese Dios existiera, tampoco haría falta tragárselo porque ya lo llevábamos dentro al nacer. Esa bella frase que dice “Dios está en vuestros corazones” alguien se la ha saltado limpiamente, parece. No, no hacía falta tragárselo.

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12 noviembre 2007

Kyrie Eleison: la fusión de los contrarios

No es necesario tomar sustancias psicotrópicas para aumentar el radio de percepción a lo inefable, ubicarse en una perspectiva distinta de la cotidiana, enfocar la percepción desde otra altura y comprender lo incomprensible, convertirse en un hombro donde pueda sollozar un solo de saxo. No se trata de enajenación sino de un estiramiento de lo sensorial hasta reinos donde no impera la lógica, sólo la belleza y esa libertad de imaginación que la mayoría tenemos atrofiada.

Cerrando los ojos y escuchando esta pieza del Requiem puede verse por una rendija, casi tocarse, el forcejeo desesperado entre ella (coros femeninos) y él (coros masculinos), pongamos entre el cloro y el sodio. Es la danza espectacular del amor y la muerte (Eros y Thánatos otra vez), porque saben –de algún modo irracional lo saben- que deben morir para dar vida. Permaneciendo con los ojos cerrados (el motivo es técnico) se entra fácilmente en un juego testimonial: el viejo juego de lo femenino eludiendo, yendo y viniendo de modo pizpireto, negándose en un inicio a lo que se intuye inevitable, revoloteando por aquí y por allá, no dejándose apresar como es deber de la parte yin. No es fácil pero tampoco imposible escuchar en dividido, dividan su atención en dos partes iguales para dedicar a ellos y a ellas la mitad de su percepción, dejen que las manos se muevan si es preciso (una para ellas, la otra para ellos) para escenificar las dos trayectorias, y comprobarán qué fácil es entender ese otro lenguaje de dos átomos que quieren crear la sal pero saben que morirán en el intento, el drama infinito de la vida hecho melodía. Asistimos impotentes y enternecidos a la agonía amorosa de dos entidades que se atraen y se evitan a la vez, vemos (oimos claramente) a los contrarios abalanzándose gradualmente a la espiral fatídica de la que ya no saldrán y que les conduce poco a poco al acercamiento inevitable, y es inevitable pues el destino de la naturaleza es incontrolable. Es por ello que ellos y ellas (él y ella) acabarán rindiéndose al peligro y cayendo irremediablemente en la zona magnética de la que no hay escapatoria, la turbulencia que absorbe de modo fatal a los contrarios y que les arrastrará a lo que supimos desde el principio: al instante único y sublime de la fusión. Justo antes de ese definitivo orgasmo musical, si se toma aire a tiempo se supera algo mejor tanta belleza que cabe en el vertiginoso cumplimiento de lo fatídico, la muerte dadora de vida.


15 octubre 2007

Lenguaje y relatividad

"La verdadera revolución que trajo la teoría de Einstein fue el abandono de la idea de que (...) espacio y tiempo tenía un significado objetivo (...)

La teoría de la relatividad nos dice que (...) espacio y tiempo son sólo los elementos de un lenguaje que es utilizado por un observador para describir su medio ambiente."

Mendel Sachs, físico y discípulo de Einstein, también dijo esto:

"Como físico, yo sé que el observador y lo observado no están separados"


La autora del blog tiene el íntimo convencimiento de que los grandes (como Einstein), de que los grandes de verdad nunca van de nada, de que les delata su sencillez. Desean compartir su conocimiento con el mundo, con quien desee entender. Esta declaración de Mendel Sachs sugiere que la mente precisa de un lenguaje con que hacerse tangible, y que las coordenadas espacio-tiempo son, por decirlo así, el marco referencial de la lingüística a la que nuestra naturaleza se agarra cual a tabla ardiendo, una tabla de manifestación. Una idea nada compleja si se piensa bien, al alcance de cualquiera que utilice el lenguaje para verbalizar y hacerse presente con su discurso. Un discurso humano a más no poder, que precisa de un lugar (espacio) y un momento (tiempo) en que desgranarse.
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29 septiembre 2007

Tantra, el arte

El arte del tantra consiste, ante todo, en metabolizar la idea de que la mujer es Shakti. ¿Qué es Shakti? La diosa ancestral, la esposa cósmica de Shiva, la mujer en todas sus sílabas: la energía yin hecha cuerpo.

La parte masculina o yang debe haber digerido, a su vez, la idea de que él es la chispa (ver Él y ella en extinción) la única que puede poner en marcha el motor de Shakti. Kali es su contraparte oscura, igual que Innana de Ereshkigal (diosas sumerias) igual que Cástor y Polux. Y esto porque sí, porque existe el día y la noche, la luz y la oscuridad: si lo quieren en palabras más llanas, porque existen él y ella.

Y la fusión de ambos, el gran milagro, se llama -se puede llamar, si desean y para entendernos- orgasmo tántrico. Como todo lo inefable, y como dicen los expertos en tantra, “si no se ha experimentado es inútil hablar de ello”. Sería -si sirvieran las palabras- una especie de fuego que recorre el canal del shushma, hacia arriba, desde el primer chakra hasta el séptimo (aunque son más de siete), esa fuerza motriz que sublima lo sexual en creativo, la libido en iluminación: la sublimación asequible por unos momentos, como regalo de los dioses, a la sensorialidad pura.

Según Fritjof Capra (físico cuántico que intenta hacer inteligibles los paralelismos entre cuántica y mística oriental) intentar explicar lo inefable es intentar explicar la cuarta dimensión con nuestra mente limitada -por desgracia- a tres dimensiones (pueden encontrar una pista sobre dimensiones invisibles en -->este post<-- del blog "La Nodriza de las hadas y el Rey Carmesí") pero siempre será necesaria, eso sí, la destrucción de ciertas autopistas mentales, prejuicios y demás. Los requisitos eternos, cíclicos: construcción previa destrucción.

Libro recomendado de hoy: El Tao de la Física, de Fritjof Capra.

(Imagen: Shiva, dios de la creación y la destrucción, en su danza cósmica)


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27 septiembre 2007

Somos Voz


Tiene razón la filosofía oriental y la mente es una pura trampa decodificadora de ilusiones (Maya) cuya función parecería ser la de engañarnos las veinticuatro horas del día: una embaucadora que percibe comisión en función del número de mentiras que nos cuela. Su cháchara diurna nos impide -lista ella- que caigamos en la cuenta de algo elemental, cruel como la vida misma: somos un conglomerado de vacío. Somos una escalera jerárquica que va del órgano al átomo pasando por la célula pero nunca pensamos en ello: no nos es indispensable para perseguir eso que llamamos calidad de vida. Parece inconcebible no ser consciente de ello cuando gracias a estas mismas células (las de la retina, por ejemplo) es que podemos estar leyendo esto. Si cada átomo que nos conforma tuviera el tamaño de la cúpula de San Pedro, su núcleo sería tan pequeño como un granito de sal (basta consultar cualquier fuente seria al respecto). Esta es la realidad y no otra: somos una masa formada por vacíos y ondas, por partículas moviéndose en nuestro interior a la velocidad de más de quinientos km por segundo en eterna búsqueda de homeostasis. Los expertos lo resumen así: todo es información y energía.

Y la energía cabalga por el vacío (nosotros) en forma de onda porque no existe otro corcel a su disposición. Hasta aquí la realidad concebible por esta operativa fantástica, esta inmensa metáfora que es la mente, enredadora de entuertos y decodificadora de señales.

Uno de los milagros de la energía es convertirse en voz cuando una serie de átomos de oxígeno y carbono, debidamente amistados, deciden volver al exterior obligados por el diafragma, tras cruzar una red de vericuetos, entre otros una compuerta de tejido muscular llamada cuerdas vocales. Son parecidas a la puerta de la efigie que traspasó Atreyu en La Historia Interminable. Cruzada ya la efigie, el aire sigue su camino transmutado ya en risa, en celebración o en susurro al oído, pero no tendría identidad si no hubiera algo al otro lado: el que oye.

Ahí está el milagro: la voz es única, intransferible: es el yo hecho sonido, salida directamente de las catacumbas del alma, del centro de los centros. Hay voces cantarinas, voces grises y rasgadas por el dolor o la angustia, otras coloridas como un prado en primavera, otras como la lluvia sobre un lago. Pero todas son ondas que nos llegan y que una parte de nosotros, el yo oyente, recibe y encaja y reacciona debidamente. Porque se trata de dejar penetrarse por la más genuina esencia del otro, de ser el honrado receptor de su yo transformado en sonido: el vacío que somos también como oyente se llena de cantos, de armónicos, de palabras que nunca lo dicen todo. Porque la voz también sabe callar y a veces lo no dicho es el mejor sonido. Ahí radica el otro lado de su milagro.

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22 septiembre 2007

¿Qué ha sido de Antonio Brú desde mayo 2005?

(o David contra Goliat)
Quienes tengan curiosidad por las nuevas aproximaciones multidisciplinares al tema del cáncer, y/o sienta curiosidad por los descubrimientos y trayectoria del físico A. Brú, pueden mirar --> aquí.
(fuente: nosce.wordpress.com, con mi agradecimiento)
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06 septiembre 2007

Michael Moore, el denunciador

Película-documental altamente recomendada del día: "Sicko".
Puede verse aquí ---> X.
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01 septiembre 2007

La dura vida de la Pituitaria o Hipófisis

-¡Diga! -dice Pitu tomando uno de los dieciocho teléfonos que hay sobre su gran mesa de caoba, mientras suenan otros cuatro y mientras, con la otra mano, pulsa varios botones de diferentes consolas llenas de interruptores, visores, y conmutadores.

-¿Pitu? -dice una voz conocida al otro lado del hilo.

-¿Qué pasa, Supra? Oye, lo que sea abrevia, que tengo cuarenta mil llamadas a la vez.

-Ya, como siempre -suspira Supra-. Pues nada, al grano: he recibido el pedido de corticotropina y te has pasado, chata, no había pedido tanta.

-¿Y qué? -responde mecánicamente Pitu, que en realidad conoce la respuesta pero en aquel momento está concentrada controlando una pantallita líquida con la etiqueta “Ca-P levels”.

-¿Cómo que y qué? -dice la voz de Supra al otro lado-. Pues que se me ha descontrolado el cortisol, leches, y el sujeto se me ha puesto nervioso sin motivo aparente.

-Ah, pues nada, devuélveme la mitad y santas pascuas... Oye, hablamos luego, que me llama la Tiro, chao.

Cuelga y descuelga otro auricular mientras dos de los anteriores aparatos han dejado de sonar pero han comenzado a sonar otros tres. El jaleo es increible pero Pitu está habituada.

-Tiro, sí, te había llamado yo, ¿cómo vas con la producción de té-ese-cuatro?

-Por ahora bien -le contesta la voz- y aún me queda tirotrofina para un par de horas. Cualquier cosa te aviso, preciosa.

-Vale, ché.

Suena otro ring y, en otra parte, un zumbido y tres timbrazos más. “Esta Tiro es un encanto” piensa, “va siempre al grano y no me entretiene, se nota que entiende lo estresada que voy”.

-¿Diga? Ah, eres tú, Gónada. Oye, un momento, que tengo otra llamada más urgente.

-¿Más urgente que yo? Siempre estamos igual -se queja la Gónada.

“Esta en cambio se cree que es la reina del mambo” piensa Pitu.

-Pues claro, el jefe es el jefe, no te fastidia. Dime, Hipo -contesta Pitu mientras mantiene el primer auricular contra el pecho.

-Oye, Pitu, que el riñón ya me lleva varias quejas hoy. ¿Qué has hecho de la vasopresina que te mandé hace cinco minutos?

-Pues no sé qué habrá pasado, jefe, ahora lo soluciono… Es que he tenido un lío con… Da igual -se disculpa Pitu, pero el otro ha colgado ya. Pitu resopla. Estos días está algo distraída, es cierto.

-¿Estás ahí, Pitu? -reclama la voz enlatada de la Gónada-. Oye, que me sobra prolactina y mi sujeto tiene otra erección, ¿qué hago?

-Pues nada, chata, polvo al canto para el sujeto y felices sueños.

-¡Es que hoy ya lleva siete, Pitu!

-Oye, pues que se ponga hojas. ¡Cosas más importantes tengo yo que hacer, que tengo un día que no veas!

-Vale, vale… -suspira la Gónada antes de colgar.

Pitu revisa el visor del nivel de calcio y fósforo de nuevo. Chasquea la lengua y pulsa un botón en otro teléfono mientras suena otro distinto. “Qué día”, piensa, “debe ser la luna llena”.

-Paratiro, ¿qué pasa por ahí abajo? Te veo un poco descontrolada.

-Sí, jefa, ahora voy, es que… -se excusa la voz.

-Oye, si tienes algún problema me lo dices, que aquellas dicen que luego las membranas salen como salen, que parecen del Todo-a-cien y me pierden potasio que no veas. Y no quiero más huelgas ni malos rollos.

-Vale, vale, tranquila, ahora lo arreglo -dice Paratiro algo avergonzada.

-Pues que sea la última vez.

Pitu cuelga algo bruscamente, satisfecha de su tono de autoridad, y se seca el sudor de la frente con un kleenex en uno de los pocos breves momentos en que, milagrosamente, no está sonando ningún teléfono. Tiene el tiempo justo para pensar “¡Qué harían todos esos chicos sin mí!”. Efectivamente, enseguida vuelven a sonar unos cuantos rings, casi a coro.

“La próxima vez me pido la plaza de estómago, este al menos descansa un rato de noche”, piensa antes de coger la siguiente llamada.

-Diga.
-Pitu, oye, soy yo, el fundus gástrico… Oye, que ya sé que no puedes hacer mucho por mí, pero es que la Vesi no para de comunicar y necesitaba desahogarme, ya me comprendes, y es que estoy que trino porque este tío para cenar se ha zampado una fideuá, rost-beef con puré, más de medio litro de rosado con gaseosa, y por si fuera poco un flan con…

-No te preocupes, hombre... -le dice Pitu en tono consolador- pero si quieres un consejo, mándaselo todo enseguida al duodeno tal cual está... Sí, sí, el flan también, que me parece que esta noche el sujeto necesita energía como sea... De nada, hombre... No, no, ya sabes, para eso estamos los amigos.
Y así todo el día, la pobre, y encima nadie se lo agradece.

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28 agosto 2007

Los dioses interiores

El Olimpo existe desdoblado: dista unos tres mil kilómetros y unos tres mil años de aquí y de ahora, y, sin embargo, es desde él que leemos esto, que hablamos y apoyamos nuestras certezas cotidianas y sordas. Nuestra mente es una jauría arquetípica, el hábitat simbólico de las jaquecas celosas de Hera, la grandilocuencia de Zeus, el ingenio de Hermes, la guía de Atenea de claras pupilas, la negrura de Hades, la ingenuidad de Perséfone, un teosistema poliédrico escondido en el ramaje de los jardines neurales, que no aparecerá jamás en ningún escáner sino en el espejo de terapias ya sean psicoanalíticas o caseras, y eso con suerte.

En ese espacio semicuántico donde todo es posible, todos caben y se enredan unos con otros en relaciones imprevisibles, se aman o se matan, se alían o se insultan según el momento o la presión atmosférica, se entregan unos a otros el relevo del pathos o urden tretas maquiavélicas para despojarse mútuamente de un poder que dura un momento de los dioses o cien años de los hombres. Nacemos fragmentados por sus enredos y tomamos partido según las coordenadas donde nos tocó nacer y según el orden de preferencias que nos grabó a fuego lento nuestro primer entorno terrenal. La eutimia es el estado ideal donde el Olimpo interior permanece en armonía, donde todos nuestros dioses juegan al corro de la patata de buen rollo porque han firmado un convenio para la paz inalterable, una paz de línea plana, edénica, donde nada hiere y nada sangra, una eutimia de color rosa pastel, con la dulce flauta de Orfeo por banda sonora, y donde Diónisos se ha hecho de Alcohólicos Anónimos.


Libro recomendado: "Las diosas de cada mujer" (Jean Shinoda)

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24 agosto 2007

Madrugada con ellas

Persigo la sombra que da a las palabras la luna a través de la ventana y no la alcanzo. Salto en mi imaginación para engañarla, pero la luna se me adelanta, burlona y cómplice de mi desvelo. Pongo las palabras en fila india, como ovejitas que contar, pero, indisciplinadas ellas, juegan a la comba con las vueltas que doy en la cama, corretean, se divierten persiguiéndose unas a otras y enredándose con las sábanas y con mis piernas desnudas. Y a cada hora que pasa son más, multitudes de ellas. Les digo “¡Shhh!.. un niño está naciendo en algún lugar del mundo, un volcán se está enfadando, un copo de nieve está estrellándose en...” Pero no consigo imponerme, esta noche están más traviesas que de costumbre, alborotan muchísimo y taponan sin querer, con sus cuerpecitos pequeños y sus risitas, cualquier fisura por donde me dejaría resbalar a gusto hacia los pantanos del descanso. Tanta es su desfachatez que acaban por empujarme fuera del colchón cuando ya el alba tiende su primer brazo hacia esta noche en vela. Las que han saltado primero tiran de mis pies y manos jurándome versos que -lo sé, ya me las conozco- luego no cumplirán. Y es que son así, como niñas juguetonas. Por eso sonrío mientras me rindo y me levanto. Me siguen, igual que los polluelos a la madre, en mi camino hasta el bote de café. Y es que con ellas es imposible enfadarse.

Y la ciudad y el resto del universo duermen, ajenos a todo y sin palabras con que envolver sus sueños inocentes, mientras yo me sirvo el primer café de lo que será este hoy, un hoy de mirar más engañoso que otros.

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15 agosto 2007

El carácter en la cara

Franz J. Gall (1758-1828), artífice de la frenología, pasó a la historia por suponer que las facultades mentales del ser humano se localizaban en áreas determinadas del encéfalo. Creo que en esta primera asunción se adelantó unos decenios a Broca, pero Gall fue demasiado más allá en su convencimiento de que dichas áreas, según estuvieran más o menos desarrolladas, producían prominencias (o depresiones) en el cráneo.

Esta ocurrencia, tras un esporádico furor causado en su época, dejó de ser tomada en serio y hoy día no es considerada científica (aunque, según un testimonio mío de primera fuente, en Suecia -que parece un país muy serio- un moderno frenólogo recorría en los años veinte algunos colegios, palpando el cráneo de los alumnos y prediciéndoles con acierto para qué estudios estaban más capacitados.)

A Gall se le reprocha falta de cientifismo, sobre todo por una deducción fruto de un muestreo insuficiente, pero deseaba dedicar este post a la moderna fisiognomía que, aunque tampoco es tomada por científica, sin embargo es muy útil estadísticamente hablando. Algunos apuntes:

La Fisiognomía, como toda disciplina de tinte holístico, parte de un nexo entre alma (no materia) y cuerpo (materia): el segundo sería un reflejo o proyección en otro plano de la primera (“El cuerpo es la forma visible del pensamiento”, R. Bach: Juan Salvador Gaviota). Se basa, entre otras cosas, en los temperamentos hipocráticos, que dan relevancia esencial a los líquidos que circulan por el cuerpo humano (sangre, linfa, bilis amarilla y bilis negra), pero alarga su interpretación no sólo a la morfología del rostro sino a cada uno de sus rasgos. Así, a título de ejemplo:

- la inclinación de la frente vista en perfil da idea del grado de impulsividad del sujeto: frente vertical significa predominio de la reflexión ante la acción, y viceversa.

- el tamaño de la nariz indica la preponderancia de lo emocional (nariz grande = grandes afectos, y viceversa);

- ojos saltones indicarían ingenuidad; hundidos, desconfianza (se miran las cosas "desde más lejos" antes de juzgarlas);

- frente ancha: persona “multipuesto” (puede dividir su atención en varios temas, dispersa); frente estrecha: persona “monopuesto” (tiende a concentrar su energía en un interés primordial);

- boca carnosa: sensualidad; labios finos: poca idem;

- orejas pequeñas y pegadas: timidez (y al revés).

No me pregunten la base de la Fisiognomía, si les interesa el tema hay mucho escrito por ahí. O mejor, diviértanse comprobando por sí mismos: como mínimo, de entretenido lo es.

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Expresiones faciales

¿Cante jondo? ¿Pre-estornudo? ¿Orgasmo? ¿Dolor intenso? Se admiten apuestas.


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05 agosto 2007

¿Fusión imposible?

Al final de Desnudez se lee “en el campo de la materia la fusión es poco menos que imposible.”. Se aporta ahora algo de última hora que documenta un posible error: procedemos de un gigantesco, siniestro, choque de opuestos: de la continuidad en sangrienta batalla con la discontinuidad. Y todo en un instante. Me explicaré.

Antes de ser, de alguna manera fuimos dos gametos (las células materna y paterna que estallaron en el espasmo de nuestra existencia). Esos entes -no por pequeñitos despreciables- se lanzaron de cabeza a la piscina insondable de su propia muerte, de su autodestrucción, decidiendo dejar de existir como entes para pasar a convertirse en un ensamblaje: nuestro yo primigenio, ese/a que no podemos recordar por lejano en el tiempo y en el tamaño pero que, lo recordemos o no, sin lugar a dudas fuimos, un ser minúsculo que ronda perdido en nuestra memoria. La muerte de nuestros padres celulares, de nuestra materia prima, consistió precisamente en una muerte por fusión de dos (sin duda una fusión material), una fusión a la que se abocaron sabiendo que significaba su fin como individuos independientes (un fin para siempre, aunque suene tétrico) y ese fin se convirtió en nuestro principio solapándose ambos en un instante mágico e irrepetible. Ergo, en lo material existe una fusión posible, y no sólo existe sino que, si no se hubiera dado, no estaríamos ahora aquí leyendo o escribiendo en un blog: el fin fue también un principio.

Eso es quizá lo que recordamos sin recordar, lo que fluye en nuestra insoportable nostalgia de la unidad: fue una mortal fusión lo que nos puso aquí. ¿Será esta la culpa que llevamos impresa tan adentro?


Link recomendado: Embriogénesis (con extraordinarias fotografías del genial Lennart Nilsson)
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01 agosto 2007

Bioy Casares en verano

Hacía mucho que no me ocurría: hablo del alarido sordo del antropólogo que desempolva, cepillito en mano, el gran descubrimiento. Bioy Casares estuvo durante años presente en esa amortecida lista de pendings que todos tenemos en algún rincón y nunca parecen querer llegar a tomar contacto con lo materializable hasta que por un azar les llega su momento, el único que era -eso se ve a posteriori- el adecuado. Un libro o un autor aún desconocido tienen algo de esas personas que te presentan en un cocktail, canapé en mano y copa de cava en la otra: os estrecháis la mano y, o hay feeling, o no lo hay. Los humanos, lo que solemos hacer para agradar en primera instancia, es aplicar ipso-facto la mueca de la sonrisa social. De modo análogo, un libro debe cautivarnos también en la primera página (a mí, que soy una impaciente, incluso en el primer párrafo). Por esto no seguí leyendo en su día -ahora no sé- a Proust ni a tantos otros que debería haber leído quien se precie de lector empedernido. Debo estar haciéndome mayor, pues ya no me avergüenza no haber leído a Proust ni algún otro.

Dicho sea de paso, me doy cuenta de que ha llegado el momento de una confesión terapéutica: a pesar de que mis amigos estén convencidos de lo contrario, no me gusta leer. Para mí es un gran esfuerzo físico debido, principalmente, a la aparición de la presbicia de la madurez. Mis ojos sufren lo indecible leyendo, más aún que mis músculos en la sala de fitness. Cada renglón es un esfuerzo que sólo justifican las ansias de saber. En otras palabras: si leo es por el resultado y no por la actividad per se, porque no hay más remedio para saber y sentir lo que anhelo saber y sentir. Dicen quienes me conocen a fondo que saber es mi goce, y yo sólo conozco tres modos de saber y sentir: (a) escuchar, (b) leer, y (c) asociar/procesar autónomamente lo anterior (si alguien conoce otro sistema que me lo diga, pero dejemos la meditación para otro capítulo).

Pero estaba con Bioy Casares y no deseo perderme por las ramas. Este goce hacía mucho que no me ocurría y hablo concretamente de La invención de Morel: la pura seducción al instante de frases precisas, la concatenación inaudita de las únicas palabras que podían ir ahí, la sonrisa interior que provoca la perfección de unos brevísimos toques de pincel en el color justo (¿cómo obviar que el mismo J.L. Borges, en su prólogo, califica esa novela de perfecta?).

Permítanme recomendar desde aquí La invención de Morel siendo que la autora de esto aún va a medias, y dando por sentado que todos somos distintos y que, por tanto, no deberíamos nunca recomendar nada. Pero por si acaso.

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26 julio 2007

Narciso y Eco

El mito de Narciso y Eco es muy interesante, porque aparte de la posesión por parte de las ninfas, hay varios elementos psicológicos disimulados en cada detalle. Indagando sobre el motivo por el cual Narciso puede rechazar a Eco, vemos que Simonne de Beauvoir, en El Segundo Sexo, dice:

"Muchos hombres (...) en lugar de una revelación exacta, buscan en el fondo de dos ojos vivaces su imagen nimbada de admiración y de gratitud, divinizada. Si tan frecuentemente se ha comparado a la mujer con el agua, es porque, entre otras cosas, ella es el espejo donde se contempla el Narciso masculino (...) Pero lo que en todo caso le pide es que sea todo cuanto no puede él aprehender en sí mismo, porque la interioridad (...) para alcanzarse necesita proyectarse en un objeto. La mujer es para él la suprema recompensa, puesto que ella, bajo una forma extraña que puede él poseer en su carne, es su propia apoteosis. Es a ese «monstruo incomparable», a sí mismo, a quien estrecha entre sus brazos cuando abraza al ser que resume para él al Mundo (...). Al unirse entonces a ese otro a quien ha hecho suyo, espera alcanzarse a sí mismo. Tesoro, presa, juego y riesgo, musa, guía, juez, mediadora y espejo, la mujer es lo Otro en lo que el sujeto se supera sin limitarse y que se opone a él sin negarlo; ella es lo Otro que se deja anexionar sin cesar de ser lo Otro. De ahí que sea tan necesaria para la dicha del hombre y para su triunfo"

Según la historia oficial, Eco es un ser reducido al eco de los sonidos lo cual la hace parecer casi tartamuda (castigo en una versión de Hera y en otra versión de Pan, por distintas razones). Esta particularidad le impide expresarle su amor a Narciso de un modo suficientemente seductor, así que, aparentemente, el error de él al rechazarla es darle más peso al lenguaje verbal que al del corazón. Porque Eco es la Voz, una voz incorpórea, lo cual hace algo más comprensible el rechazo de Narciso (emparejarse con alguien sin cuerpo parece poco prometedor para una vida de pareja satisfactoria). Pero no hay que perder de vista que, según Graves, "todas las mujeres se enamoraban de él, pero él las rechazaba a todas, diciendo que el amor no le interesaba."

Lo realmente curioso es que, a causa de su defecto en el habla, lo único que puede hacer la pobre Eco en vez de declarar su amor a Narciso es devolverle a éste sus propias palabras ("¿Hay alguien aquí?" -dice Narciso al oir un ruido en el bosque- y Eco respondía "Aquíii... aquíii..."). Vemos, pues, que su función en el mito es, en realidad, enfrentar a Narciso a sus propias preguntas, verbalizárselas a su modo desde su condición de ninfa, devolvérselas ampliadas. De aquí se podría deducir que lo que le incomoda a Narciso, aunque él no lo sepa, no es la ninfa sino algo de él mismo. Ante tal dificultad de comunicación él opta -en vez de abrazar a ese Otro del que habla De Beauvoir- por ir a mirarse en otro espejo sin voz, el agua (ente femenino por excelencia) en la que morirá ahogado por sobresaturación de sí-mismo, bautizando así el narcicismo.

(Para una interpretación psiquiátrica de este mito, -->ir aquí<--)

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21 julio 2007

Buenos, malos y lenguaje

Tras mi apunte sobre la bondad o maldad humana ("Matar al mandarín"), vayan aquí en extracto algunos pasajes de Bataille que quizá resulten esclarecedores sobre esas eternas dicotomías sobre "lo que, en cualquier tiempo, dio al rostro humano su aspecto de duplicidad".

"La existencia es fundamentalmente honesta […] el trabajo, el cuidado de los hijos y la lealtad rigen las relaciones de los hombres […]; en el sentido contrario, la violencia azota sin piedad […]: los mismos hombres saquean e incendian […]. El exceso se opone a la razón.

Estos extremos abarcan […] civilización […] y salvajismo. Pero […] la idea de que hay bárbaros por un lado y civilizados por otro es engañosa. […] En efecto, los civilizados hablan, los bárbaros se callan, […] el que habla es siempre el civilizado. O mejor dicho, al ser el lenguaje […] la expresión del hombre civilizado, la violencia es silenciosa. Esta parcialidad del lenguaje tiene muchas consecuencias: […] civilización y lenguaje se constituyeron como si la violencia fuera […] ajena no sólo a la civilización sino al propio hombre (puesto que hombre es lo mismo que lenguaje). […] además, los mismos pueblos […], los mismos hombres, adoptan sucesivamente la actitud bárbara y la civilizada. No hay salvajes que no hablen […] Recíprocamente, no hay civilizados que no sean capaces de salvajismo: […] el linchamiento pertenece a hombres […] en la cúspide de la civilización. Si se quiere sacar al lenguaje del callejón sin salida al que lleva esta dificultad, es necesario decir que la violencia […] carece […] de voz, que así la humanidad […] miente por omisión y que el propio lenguaje se funda en esta mentira.”


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15 julio 2007

¿Destino o sentido?

La mayoría de quienes nos hacemos constantemente preguntas de difícil respuesta tenemos que afrontar con frecuencia la tentación de asignarle “sentido” a la vida, especialmente a la nuestra. Posiblemente sea una tentación irracional que habría que trascender del mejor modo posible, modo que, a primera vista, consistiría en la imposición de la razón sobre todo lo demás. Pero restos de lo mítico coletean aún por nuestro inconsciente -individual y colectivo- y nos producen cierto sentimiento de culpabilidad cuando pretendemos diseccionar con la materia gris conceptos tales como destino. Y sin embargo, en el fondo, intuitivamente, sabemos que la razón tampoco es el camino para sortear esa tentación, a la vez que presentimos que lo mítico no tiene nada de vergonzoso por sí mismo; al contrario, es nuestro nexo con lo divino. Hijos de la contradicción, del choque entre opuestos del que germina la creatividad, no podemos evitar el vértigo ante la pregunta esencial (“¿para qué estoy aquí?”), vértigo o vacío que no puede ser ignorado si somos consecuentes y honestos, y que pide ser socorrido precisamente mediante un sentido de misión o destino, algo que haría encajar la última pieza del puzzle de una vez por todas y nos dejaría algo más tranquilos.

Quizá, mejor aún que encontrarle un sentido a nuestra vida, sería descubrirle efectos a ésta cada vez que el futuro se convierte en presente, alegrándonos entonces por los más bellos y aprendiendo de los menos bellos. La simple capacidad de ser conscientes de esos efectos, quizá azarosos, la sosegada alegría que eso produce, ya es mucho más de lo que sucede a la gran mayoría, constituye un premio que no es otorgado a todos y del que podemos sentirnos sumamente afortunados.

Trepamos al nacer por un árbol de mil ramas, cada una de las cuales tiene a su vez otras mil ramas: hay por tanto miles de miles de miles de terminaciones posibles en contacto directo con el cielo, y nuestra vida acabará en una y sólo una de ellas debido a que hemos ido eligiendo, y sobre todo también hemos descartado novecientas noventa y nueve posibilidades en cada una de nuestras pequeñas y grandes decisiones. No solemos ser conscientes de la relevancia de la mayoría de ellas, de nuestros imperceptibles cruces de carreteras, de virajes y elecciones cotidianos. Pero es un hecho indiscutible que descartamos más que elegimos, y ese descarte será decisivo para conducirnos por uno u otro camino hasta el final de la rama, un final único, personal e intransferible. Es por ello que el “sentido de nuestra vida” quizá sólo puede encontrarse mirando hacia atrás, après-coup: sólo desde la rama siguiente podremos encajar en nuestro puzzle particular el haber elegido aquella y no otra. Es entonces cuando todo parece adquirir, repentina y lúcidamente, ese sentido que pretendíamos comprender desde demasiado abajo, desde demasiado antes.

Nota (180707): la autora desea aclarar que el hecho de que "destino" y "sentido" sean combinaciones distintas de las mismas letras es pura casualidad.

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10 julio 2007

Personas solas o con azúcar


La mayoría de quienes se autocalifican de “cafeteros” es porque se toma cinco o seis cortados al día. O bien café solo, pero con azúcar.

La pregunta del día sería: ¿Es cafetero quien no puede pasar sin cinco cortados diarios? Respuesta: no. El cafetero de verdad, de verdad es aquel que gusta del café (caliente, amargo, fuerte, espeso)… pero solo, en estado puro. Sin azúcar, ni sacarina, ni leche. Quien toma el café con azúcar gusta de la combinación de esos dos o tres sabores juntos, no del café a secas.

Y con las personas ocurre lo mismo: ¿nos gustan ellas por sí mismas, tal como son, o bien con su azúcar y su leche añadidos?

Para saber qué clase de sentimiento nos vincula a alguien sólo es necesario quitarle sus aditamentos existenciales, sus fruncidos, sus profesiones, su pasado, sus aserciones y proyectos. Desnudo/a al máximo en cuerpo y alma, arrancarle la piel, las creencias, las poses, las fórmulas. Cuesta, pero es toda una experiencia.

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01 julio 2007

El y ella en extinción

La diosa primigenia, la tierra fértil, la madre Gea o Démeter y sus cosechas nos recuerdan que el principio fue femenino. El continente es siempre femenino, y lo contenido masculino. Y que ambos son necesarios para la creación. Se propone aquí una metáfora más ilustrativa que la de tierra y semillas: lo femenino es la gasolina, lo masculino la chispa. Si bien la planta sirve como metáfora porque el resultado de la unión es la vida, me gusta más esta otra porque su efecto es una explosión, un estallido. Y es del estallido que nace lo creado, no de la armonía sino de la violencia.

La mujer es combustible que necesita ser incendiado, explosionado, para ser creada y re-creada cada vez (algo así como el Gran Rayo que incendió el caldo primigenio de aminoácidos dadores de vida). Pero ahora el hombre se repliega y acomoda a lo armónico y al trillado “tú primero, querida”. Y ella, en esas “horas de la verdad” que es cuando nuestro Yo es más auténtico, cuando se diluye el fingimiento, siente un íntimo encogimiento ante la cruel realidad porque lo que desea desde el inicio de los tiempos no es precisamente una politeness postmoderna. Ahí se gesta otro dilema: ¿desajusta su papel por no obtener lo deseado (un rol relativamente pasivo: el de ser incendiada por “la chispa”) o es a la inversa y no lo obtiene por desajustar su papel? (Nota: “lo deseado” no significa aquí goce físico sino aquella explosión vertiginosa que solía celebrar con el alarido primigenio, aquello cuyo estallido le restaura momentáneamente su categoría de diosa).

Parece algo surrealista esperar una entrada al lado de allá -al genuino, aquel donde se es lo que se es- mediante la unión de dos cuerpos cuando la mayoría de hombres precisan de pedagogía previa para poder proporcionar un simple orgasmo. ¿Cómo pensar en erotismos místicos cuando ellos no se manejan bien ni en la simple sexualidad cotidiana, cuando se han creído lo de “tú primero, querida”? Sí, por supuesto que no hay que esperar todo eso, ni siempre: el puro goce físico también está bien como juego creativo. Pero el problema no es la incompetencia en lo anatómico-funcional, sino en el dificultoso -y en general poco admitido- nexo entre lo erótico y lo místico. No: el gran mal está en que el hombre de nuestro tiempo ha olvidado que la chispa sólo la lleva él, que su rol intransferible es de incendiario y el de ella de incendiada, de catapultada. El combustible puede rociar, expandirse por la cama y por toda la casa si me apuran, como líquido metafórico puede tejer mil caminos, pero la chispa le pertenece exclusivamente a él y poner esto en duda es apartarse peligrosamente del destino génico. La Kundalini, élan vital, libido, energía creadora/creativa, sólo despierta a sacudidas, a chispazos.

La consecuencia en muchas mujeres es rendirse a la astenia y la jaqueca: su fe arcaica en la violencia del estallido fusional se deberá -piensan algunas en una intimidad no confesada- a que habrán visto demasiadas películas. Y esa claudicación de lo que se fue siempre es sumamente nefasta, no sólo para el cuerpo sino para la libido entendida como creatividad, que no es capaz de perdonar esta claudicación o autotraición. Si bien es cierto que la inmensa mayoría de hombres aparecen ahora como unos renegados de su rol ancestral, renegados de su yang, de su poder como incendiarios, sublimes portadores de la antorcha fálica, por supuesto las artífices del cambio fueron ellas. Se les fue el rol de las manos como a los inventores del comunismo: no previeron que, a cambio de una igualdad que personalmente pongo en tela de juicio, perdían algo mucho más valioso: la esencia que las convierte en mujeres-de-verdad, la única que puede ubicarlas en su destino fisiológico y espiritual, contextualizar el poder de su femineidad. Y ahora pagan justas por pecadoras haciendo con frecuencia de pedagogas sexuales, desahuciadas como grandes diosas y denigradas por la necesidad de direccionar caricias, ritmos y prioridades, atravesadas por la insoportable nostalgia del ser-lo-que-soy y que nadie más que él puede darnos. Pero él ya casi no está, se hunde irremediablemente en neblinas almibaradas, erróneamente desarticulados por ellas.

No es sólo que el hombre arquetípico esté en vías de extinción (afortunadamente aún queda algún ejemplar), sino que también lo está la mujer. Él ya no sabe llevar con dignidad su rol de creador, de portador de antorcha, ha olvidado cómó acercarla al combustible para que se produzca la magia.

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30 junio 2007

Matar al mandarín


E. Fromm creía que el ser humano es bueno por naturaleza, que si a veces es malo es -dicho en sencillo- porque él es, digamos, él y sus circunstancias. S. Freud, en cambio, creía más bien lo contrario: que el ser humano es malo por naturaleza y que, si a veces parece bueno, también será por las circunstancias. Estas circunstancias vendrían a ser la tapa de una olla a presión que reprime su malignidad. Lo malo es que cuando esa tapa se abre, salen los demonios a presión.

“En Le père Goriot alude Balzac a un pasaje de Juan Jacobo Rousseau, en el cual se pregunta al lector qué haría si, con sólo un acto de su voluntad, sin abandonar París ni, desde luego, ser descubierto, pudiera hacer morir en Pekin a un viejo mandarín, cuya muerte habría de aportarle grandes ventajas. Y deja adivinar que no considera nada segura la vida del anciano dignatario. La frase tuer son mandarin ha llegado a ser proverbial como la designación de tal disposición secreta, latente aún en los hombres de hoy.” (S. Freud, “Consideraciones de actualidad sobre la guerra y la muerte”)

Para la “apertura de esa tapa” no hay que ir muy lejos: basta un apagón en una ciudad, un clima de descontrol, un desastre natural en que momentáneamente desaparecen los controles de un vivir civilizado, para que las tiendas sean saqueadas, para que la oscuridad y el caos encubran, abruptamente, delitos que en situación de orden social no se habrían producido. No es que aparezcan de la nada montones de vándalos o criminales, sino que aquellos que no lo parecían, en ese momento se convierten en saqueadores: la maldad ha sido convulsionada.

¿Cómo somos en realidad? Es muy probable que no tuvieran toda la razón ni Fromm ni Freud, sino que simplemente, de haberlos, de buenos, haylos; y de malos también. Y es aún más probable que todos tengamos un poco de todo, según se mire. Pero me alegro de no ser el mandarín, por si acaso.

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21 junio 2007

La inmortalidad

Entrar en su casa era oler a ella, a sofrito a fuego lento, a lejía; era oler a ropa siendo planchada, a señora Francis saliendo de la radio antigua, una orgía sinestésica de sentidos que confluía en un corpachón en el que la historia había ido adosando los años mansamente, colocándolos cada uno en el sitio adecuado del único ser por quien conocí el amor incondicional. Ella constituyó la mayor de mis suertes al tenderme unos hilos de araña hechos de azúcar; yo, la arañita pequeña, aprendí a coordinar mis ocho patitas en su red, bajo su augurio de gran diosa, la segunda instancia de la madre arquetípica. Dios aprieta pero no ahoga: si te quita una madre te pone otra aún mejor, una que recuerde de primera mano un colchón, no debajo, sino encima de su cuerpo hasta que dejara de oirse la avioneta. Encerrados en el inframundo de mis genes, en la célula de una uña o en un hepatocito, perviven retorcidas en espiral sus memorias, sobrevive en mi sangre el instante en que, desde muy lejos al otro lado de la ciudad, ve caer las bombas sobre su barrio, sobre su casa quizá y en ella su hijito, y lo único que sabe desear en aquel instante de terror e impotencia es que el niño recuerde lo que ella le ha dicho antes de salir, agachándose a su altura para asegurarse: “si ocurriera eso, sobre todo corre a ponerte debajo del colchón”. El niño lo recordó en cuanto oyó la avioneta aproximándose; sino, yo misma no podría contar ahora nada sobre ellos, no podría encerrar en mí la perpetuidad de aquel bombardeo, contar lo poco que recuerdo de él al precio de un miedo irracional a las avionetas, un precio que seguramente valió la pena.

Mucho más tarde, cuando supuso que yo ya sabía más que ella, me preguntaba “¿Tú crees que los antepasados cuidan de nosotros desde allá arriba?” Se me quedaba mirando, esperando la respuesta, como si yo la supiera. Pero yo aún ignoraba que la inmortalidad no está “allá arriba” sino “allá dentro”, que es un bucle que vive de la memoria, ignoraba que el amor incondicional es un don, un regalo que no puede ser dado sin haber sido recibido, ignoraba todavía lo afortunada que fuí.

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10 junio 2007

Una percepción distinta

La luna llena puede verse como un círculo blanco con fondo negro, pero también como una esfera que flota en un vacío oscuro y tridimensional (sobre todo tridimensional, ahí está lo difícil). Basta mirar en la próxima ocasión y comprobar la dificultad, la atrofia.

Un aria puede oirse como algo agradable, consabido, incluso tararearla mientras conducimos entre montañas otoñales, o bien como Voz, y voz en este caso (digamos el aspecto tridimensional de la voz) es algo que va mucho más allá de una melodía agradable o armónica: es el espíritu hecho sonido, el aire exhalado pero pasado por el filtro de la conciencia humana (con lo que tiene de divino). Pueden buscar en La Bohème pero cualquiera serviría. No en vano espíritu en griego es pneuma, lo neumático, aéreo: el intelecto está curiosamente emparentado con el aire.

El rostro del otro puede mirarse como un conjunto, también consabido, formado por esos ojos, esa nariz, etc. pero también como el Otro, aquel ser único en su especie en quien descubrimos, al ser percibido de esta forma, algo nuevo y distinto; del mismo modo en que el aria va mucho más allá de ser una melodía, ese algo trasciende en mucho una cara o unos ojos que nos hablan, se convierte por un momento -igual que el círculo se “convierte” en esfera o el aria en espíritu audible- en una visión extática de la discontinuidad, una que ya no nos recuerda la mortalidad sino que la sublima, le arranca su belleza más profunda y nos la otorga por un instante.

El núcleo común en todos estos ejemplos (habría muchos más) es un “clic” en lo experiencial, un cambio de actitud o más bien un cambio (¿cuál?) que cristaliza una audición o una visión cotidiana en otra cosa nueva, uno cuyo trampolín no está en el propio fenómeno perceptivo sino que lo acompaña en paralelo, una especie de ampliación o extensión de los sentidos que nos contactan con el mundo, o quizá una subida puntual e instantánea en la pirámide de las dimensiones. Tampoco está en el complejo mecanismo mediante el cual lo percibido se decodifica en la corteza sensorial; no habría que agradecer esa posibilidad de que somos capaces solamente a los sentidos sino a su mediación imprescindible pero no suficiente. Last but not least. Es en todo caso necesario eso otro, ese “clic” que pone en juego otras comprensiones, otras lucideces inefables que quedan así reflejadas o representadas en una luna llena, en un aria, en una cara.

Adendum 130607: http://docs.google.com/Doc?id=dhpj4dtq_8d2zmsp
(intercambio de opiniones muy interesante: se recomienda leer despacio o no leer en absoluto)
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06 junio 2007

Krishnamurti encore (creencias)

“Una taza sólo es útil cuando está vacía; y una mente repleta de creencias, de dogmas, de afirmaciones y de citas, en realidad no es una mente creativa, y lo único que hace es repetir. Y el huir de ese miedo –de ese miedo al vacío, a la soledad, al estancamiento, a no prosperar, a no triunfar, a no ser algo o alguien- es sin duda una de las razones por las cuales aceptamos las creencias tan ávida y codiciosamente. ¿No es así? ¿Podemos comprendernos a nosotros mismos mediante la aceptación de una creencia? Todo lo contrario. Es obvio que una creencia, política o religiosa, impide la propia comprensión. Obra a modo de pantalla, a través de la cual nos observamos a nosotros mismos. ¿Y podemos observarnos a nosotros mismos sin creencias? Si suprimimos esas creencias –las muchas creencias que uno tiene-, ¿queda algo para observar? Si no tenemos creencias con las cuales la mente se haya identificado, entonces la mente, sin identificación alguna, es capaz de observarse a sí misma tal cual es, y ahí, ciertamente, está el comienzo de la propia comprensión.”

(J. Krishnamurti)
Hay que proceder, pues, a la catarsis de lo creencial, sólo que no es tan fácil como parece.
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29 mayo 2007

Arcos y flechas y la identidad

Nos pasamos media vida inventando una identidad que corrobore que, de la piel hacia dentro, somos alguien distintos de los demás y, acolchados por esa piel, divagamos por el mundo en busca de verdades fidedignas, en algunos casos verdades empíricas, verdades-bastón en las que apoyar nuestra cojera.

La trampa de abrazar algo conocido que nos lleve de modo estable y seguro hacia una verdad igual de alucinatoria que nuestra supuesta identidad quizá sea una etapa que debe ser cruzada ágilmente de una zancada a tiempo porque, sino, se cae en el "Yo soy mi tarjeta de visita", un yo ficticio que se pega a la verdadera como una segunda piel sin tener ni de lejos su textura. Pero la trampa de la identidad es la misma que la de aquellas verdades que envuelven en celofán nuestro bienpensante transcurrir.

Posiblemente tampoco haya una verdad universal que buscar, ni aquí ni en ningún sitio, si bien efectivamente la curiosidad, el ansia de conocimiento y sobre todo la humildad, probablemente sí sean los ingredientes que llevan a algo. ¿A qué? El Zen da una pista en el sentido de que la virtud no está en disparar la flecha sino en sostener bien el arco, para lo cual algunos llegan a entrenarse durante años exclusivamente para ésto último (sostener, apuntar sin disparar). Para muchos occidentales esto sería poco menos que absurdo, quizá porque no se han hecho esta pregunta: ¿qué sentido tendría disparar hacia la verdad (digamos una verdad científica, universal) sabiendo que no la hay o que, si la hay, está en nuestro interior? Renunciar a esa verdad universal (e incluso a ese disfraz llamado identidad) iría aparejado a la idea de que lo más importante no es disparar la flecha, de que no hay adónde apuntar sino que el núcleo de la clarividencia germina justo antes del disparo.

(Libro recomendado: Eugen Herrigel, El Zen en el arte del tiro con arco)
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13 mayo 2007

Reactivos reactables

Si todo en el universo es información y energía -incluidos nosotros-, cabe preguntarse si acaso nosotros funcionamos de un modo muy parecido a estas piezas.

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04 mayo 2007

El beso

Hay besos obligados y besos espontáneos, besos en exclusiva, besos de fuego y lujuria, de preámbulo sabido, besos estudiados, besos que crean adicción, besos con rocío de alborada, besos que saben a espera y a lava, besos esquivos robados a las hadas, besos amplios y sabios, besos de resorte a otros planos, besos de viejos amigos, de salutación alegre, besos que se entretienen a sí mismos fuera del tiempo, besos lanzados al aire, besos soñados que nunca germinarán, besos de The End, besos de recreo, besos mágicos que no sacian jamás, besos disfrazados de nube y almibar, besos de Judas, besos de última despedida, besos fusionales en desnudez plena, besos descoloridos, besos imaginarios, besos que abren puertas antiguas, besos guiados por la mano, besos con destellos de prisa, besos que beben lágrimas, besos como desde el fondo de un lago, besos urgidos por un deseo sin aliento, besos dados a lomos del arco iris, besos absorbentes, demorados, pasivos, radiantes o traviesos, pero los mejores son los que nos sueñan ellos a nosotros desde su mundo paralelo e intangible.

(Imágenes: besos de Magritte, Rodin, Munch, Klimt, Dalí, Rett & Scarlett..)


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01 mayo 2007

¿Palabras meme?

La posible cualidad de memes de las palabras gana terreno en mi imaginación a medida que transcurre el tiempo. Ello no significa que no existan otros memes que también se sirvan de ellas para su propia continuidad y autoglorificación. Pero habría una clase de palabras, digamos unas de tinte aristocrático aún vestidas de harapos, de una superioridad heredada quizá a través de un linaje la naturaleza del cual ni siquiera me atrevo a descifrar, el cual les brindaría la prerrogativa de ubicarse algo así como por encima de –en cualquier caso más allá de- la voluntad racional del escritor, imponiendo su paso arrollador y convirtiendo a ese escritor en un ente apenas mediúmnico, tomando su mano –ambas, en el caso del teclado- cual vía de salida para mostrarse al mundo perceptible: su deseo más intenso.
La asociación libre quedaría del otro lado, del de la argumentación psicoanalítica (escritura automática en jerga parapsicológica), pero sucede que entre Freud y el meme de Dawkins habría que mediar cierto lapsus de tiempo. Durante este lapsus, escritores como Cortázar asegurarían entre tanto, curiosamente, que las palabras, esas perras negras (sic), parecerían tener vida propia.
En un vago intento de conciliar ambas explicaciones (hay que tirar siempre un poco de aquí y un poco de allá), cabría aclarar que no es que los significantes vaguen exactamente por un limbo cual almas en pena a la búsqueda de manos inocentes que se avengan a ensamblarlas en series razonablemente estéticas, sino que pulularían, sí, pero en nuestro universo propio, el interior: ese oscuro entramado de redes neuronales, gliales y chispas eléctricas, ese kilo y medio de lípidos gris y blanco del que se sospecha que puede albergar en él algo mucho mayor que su propio volumen.
Sería dentro de ese submundo donde ellas danzarían su danza autónoma sin que el autor pueda oponerse con una vehemencia que resulte útil: ellas tejen sus relaciones en encuentros y desencuentros, en amores y desamores lingüísticos ante los cuales la lógica del poeta o del músico nada puede oponer: si palabras tan aparentemente deshilvanadas entre sí como “espiral”, “anudar”, y “viento” se tropiezan en su paseo y les da por simpatizar de modo tal que acaben estableciendo -aún sin nuestro consenso intelectual- un pacto de amigos para siempre, poco podemos hacer más que rendirnos, sin conflicto alguno, a la evidencia de que, en un mundo paralelo al nuestro, una espiral pueda muy bien ser la mejor herramienta para anudar al viento.
No queda resquicio ya para nuevos colores, nuevas notas, ni nuevas palabras: al pintor, el compositor o el escritor no les queda más remedio que conformarse con reinventar nuevos tirabuzones de combinatoria para la materia prima ya existente. Y la escritura es, en todo caso, una forma de arte; es decir, del arte de la combinatoria y sus leyes infinitas. La duda que aflora aquí es, en definitiva, si algunas palabras –al igual que las notas o los colores del mundo- las combinan lo consciente, lo inconsciente, o una voluntad misteriosa que queda más allá de nuestra limitada comprensión.
P.S. 5-06-07: El lenguaje ¿ciencias o letras? Ver http://www.uv.es/metode/anuario2004/130_2004.htm

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22 abril 2007

Eros y Thánatos

"¿Qué significa el erotismo de los cuerpos sino una violación del ser de los que toman parte en él? ¿Una violación que confina con la muerte? ¿Una violación que confina con el acto de matar?"
(G. Bataille)


"Somos Eros pero tambien Thánatos y Psiqué y Afrodita porque en realidad se trata de un arquetipo y todos esos elementos van juntos. ¿Qué quiere decir Jung cuando dice que la conciencia es un órgano de desintegración? Pues significa que en la realidad fenoménica todos esos aspectos que en el mito se muestran fragmentados son sólo uno. También lo dice la Biblia "y seréis sólo uno". Significa que padres e hijos son uno porque comparten la misma esencia. Somos uno antes de defragmentarse en mil personajes en una trama que pretende ser categorial. Zeus es hijo de Cronos y está desposado con Hera y son sólo uno, como Minos y Ariadna y el toro y Creta y Teseo son sólo uno, que después de los vaivenes de la conciencia y de su manía etiquetadora se convierten en múltiples personajes enfrentados entre sí. La hybris consiste precisamente en separar lo que anteriormente fue unido, pero todo es un proceso circular, como las tareas del héroe, que siempre terminan en el mismo lugar en que comienzan. ¿Existe alguna posibilidad de dejar ese bucle sin fin del pensamiento, de la maldición, del reciclaje eterno de los arquetipos? Al parecer sí y de eso se trata: de escapar de la causalidad implícita en lo categorial."
(P. Traver)

“En esta fascinación indeterminada por sentimientos contradictorios, pueden coexistir junto con la sensualidad y el erotismo, la muerte”
(Hans Bellmer)

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19 abril 2007

¿Se enamoran los átomos?


Un bonito día de primavera como hoy, un átomo de cloro (Cl) está dando un paseo y se cruza con un átomo de sodio (Na). Y entonces sienten ambos algo arrasador, algo mucho más fuerte que ellos mismos, no saben el qué pero sienten que se necesitan mútuamente: el meme de la creación y de la homeostasis surge en su sangre y se sienten atraídos por fuerzas inexplicables. Inexplicables para ellos, claro, pero no para nosotros, que hemos aprendido mucho de química y sabemos que, al parecer, algunos átomos tienen déficit de electrones (en la última capa, versión Bohr, en otro sitio indeterminado según versiones actualizadas, pero a los efectos de este post el dónde es irrelevante). Y otros átomos tienen, por el contrario, exceso de ellos.

La sal, el meme de la sal, el fruto de su unión quizá estaba ahí, sabiendo y acechando antes siquiera de que ellos eligieran la ruta de ese paseo. La sal se empeñó en ser creada y eligió a dos átomos cualquiera, les ubicó en el mismo boulevard el mismo día de primavera a la misma hora, y se fraguó a sí misma a través de ellos. Hay algo llamado en catalán “esperit de ví”; podríamos llamar "esperit de la sal” a eso que tampoco es la sal misma sino lo que es incluso antes de que ella sea: el deseo mismo de ser, una flecha apuntando a la inevitabilidad de la existencia. Y entonces los átomos dicen “nos hemos enamorado” y se hacen arrumacos bajo la Luna. En breve envían a todos sus parientes las invitaciones de la boda y -como ella ya estaba embarazada- casi enseguida dan a luz un niño al que bautizarán Cloruro de Sodio. El espíritu de la sal de la vida, la cristalización de tres fuerzas: lo solar, lo lunar, y el deseo. Ahí tampoco hay fronteras que valgan. Sólo un pequeño detalle a tener en cuenta: el cloro y el sodio ya no son, han perdido su identidad intrínseca en aras de la creación, se han transformado para alcanzar la perpetuidad a través de lo creado. Transformación e inmortalidad parecen ir necesariamente juntas.


15 abril 2007

No hay frontera


"El mundo se nos ofrece como uno solo, no como uno que existe y otro percibido. El sujeto y el objeto son sólo uno. No podemos decir que los resultados recientes de la ciencia física haya roto la frontera entre ellos, pues tal frontera no existe."


(Erwin Schrodinger, Premio Nobel de Fisica 1933 e interesado en la filosofía védica)

""Como físico, yo sé que el observador y lo observado no están separados"

(Mendel Sachs, físico y discípulo de Einstein)


13 abril 2007

Tirar


"Hay que tirar la casa por la ventana, y luego tirar la ventana misma."
(J. Cortázar)

08 abril 2007

Hace cuatro dias

Hace apenas cuatro dias eras así, como en la foto.

El dia de la foto no te preocupaba meter la barriga ni sentías miedo, porque ni siquiera sabías que el miedo tenía forma ni nombre. Tampoco existía la felicidad porque la felicidad y tú erais la misma cosa, apenas un tierno equilibrio.

Hace apenas cuatro dias, ese dia de la foto, te bastaba con algunas moléculas de glucosa. Ahora no te basta ni el chalet adosado ni la pantalla de plasma, ni viajar a Nepal en busca de lo que llevas en el bolsillo. O, como dice el cuento, de lo que llevas escondido en el corazón (los dioses, que son muy sabios, lo escondieron ahí para que no lo encontraras, creyendo que te hacía falta coger muchos aviones cada verano para hallarlo). El dia de la foto tu corazón ya llevaba escondida la llave, pero saliste fuera y comenzaste a buscar donde no era.

¿Qué ha cambiado tanto, aparte de tú?


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07 abril 2007

Los amortiguadores de Gurdjieff

Aproximadamente en la misma época en que Freud difundía al mundo los mecanismos de defensa del inconsciente, Gurdjieff hablaba de amortiguadores. Lo ilustraba a sus discípulos como esa pieza que evita que dos vagones de ferrocarril choquen entre sí ante un frenazo.

En la vía del autoconocimiento, lo que choca entre sí son las contradicciones o paradojas interiores, las fricciones entre lo que vemos de nosotros mismos y lo que nos parece ver (o lo que preferimos ver). Los amortiguadores serían todos aquellos mecanismos que interponemos en evitación de ese hiriente encontronazo del que saldrían chispas o se fundiría uno de ambos.

Según Gurdjieff, uno sólo puede acercarse a la verdad si todas las partes que constituyen al ser humano -el pensamiento, el sentimiento, el cuerpo- son tocadas con la misma fuerza y de la única manera que conviene a cada una de ellas: un engranaje hecho de piezas de distinta naturaleza, cuyas muescas deben rodar suave y engrasadamente, un cemento líquido e invisible que serviría para unir armónicamente distintas visiones de una misma realidad que nos empeñamos tozudamente en fragmentar.

Gurdjieff bebió de fuentes orientales (entre ellas el sufismo). Una vez mas, Oriente nos sugiere la idea de que la existencia de un amortiguador es absurda si no hay frontera, si las piezas forman un todo. Hagamos con esta idea lo que nos parezca, lo que podamos o sepamos.

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01 abril 2007

La resta


"Si el volumen o el tono de la obra pueden llevar a creer que el autor intentó una suma, apresurarse a señalarle que está ante la tentativa contraria, la de una resta implacable."


(Texto íntegro del cap. 137 de "Rayuela", J. Cortazar)


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21 marzo 2007

Sufrimos desde el centro


Dice Krishnamurti que el ser humano sufre a causa de su centro. ¿Qué es ese centro?
Pues es un centro creado por nuestro pensamiento, una motita minúscula, el origen de un radio o un diámetro que se limitan a sí mismos por ser espaciales. O sea, nuestro pensamiento se limita a sí mismo generando un espacio (metafóricamente esférico) alrededor de ese centro. Quedamos, así, autónomamente prisioneros de nuestra propia geografía virtual: dentro de una esfera que el pensamiento crea para sentirse acogido por sí mismo en una burda recursividad sin salida.
Lo malo del pensamiento es que es como un niño que sólo sabe lo que le han enseñado. ¿Quién le enseña cosas al pensamiento, quién le proporciona la materia prima para sustentarse y sustentar nuestras creencias? Sólo, única y exclusivamente, el pasado. Nuestro pasado, nuestras experiencias previas, nuestras confirmaciones.
Si, naturalmente que tambien sabemos pensar en futuro: “mañana haré esto o lo otro” o “iré aquí o iré allá”. Pero el futuro es un patchwork que el pensamiento teje con los hilos del pasado. Sin pasado no existe pensamiento. Ni previsiones de futuro, ni planes para la vejez. Pero tampoco presente, que es un polluelo indefenso enjaulado entre ambos. Eso ya lo sabíamos o lo intuíamos. Pero sigamos con Krishnamurti.
En esa esfera virtual debe existir un límite (por ser geométrica existe un límite). Y dentro de esta esfera transcurre precisamente nuestro sufrimiento, cualquier tipo de sufrimiento. Ese espacio nos engloba a nosotros, nuestras frustraciones, nuestros celos, nuestras previsiones, a nuestros vecinos, todo aquello que nos conforma. Por fuera de ella estaría lo demás, lo inequívocamente “otro”, lo que llamaríamos el “no-yo”. Y entre ambos esa grieta que casi nunca sabemos saltarnos. ¿Por qué? La respuesta según el maestro hindú es bien sencilla: porque no existe tal esfera, no existe esa separación entre “yo” y “no-yo”, porque las tonterías en que enfrascamos nuestra vida son eso: realidades virtuales.
No existe el muro que nos separa de lo que no es “yo”, ni siquiera de nuestros celos o miedos. Nuestros celos son yo, nuestro miedo es también yo (ellos y nosotros somos la misma cosa), por ello no hay dualidad que valga, no hay “eso otro” contra lo que luchar. Tomando conciencia de que todo es lo mismo, de que “todo eso es yo”, comprenderíamos -vía intuitiva, no racional- que no hay nada contra lo cual luchar, contra lo cual gastar energías inútilmente: no hay esfuerzo y no debe haberlo, porque en el momento en que hay esfuerzo (“debo superar ese miedo, esos celos, esta angustia”, etc.) hay conflicto. Este conflicto lo cubrimos durante toda una vida con la tapadera de la sonrisa, del “No, si ya lo he superado”, del “No, ahora ya no la odio, la he perdonado” o “No, ya superé ese dolor”. Mentira, hay un conflicto ahí abajo, acechando. ¿Somos capaces de aceptar eso o seremos enterrados con nuestra hybris por mortaja?
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04 marzo 2007

El campesino holográfico


Cada año en la misma fecha, en plena canícula, un campesino ya entrado en años, de piel curtida como el cuero, se traslada con su hijo a un cerro próximo al pueblo y se instalan ambos allá durante doce días. Durante esos días escrutarán el cielo sin apenas pausa, turnándose para descansar, y registrarán cada pequeña modificación que para cualquier otro observador pasaría por irrelevante: de las nubes sus caprichosas y volubles formas, sus serenos juegos de seducción o evitación; de los vientos que las empujan por senderos invisibles escudriñarán su intensidad azarosa y su sentido, la duración de su variable lamento o incluso del tono y ritmo de sus silencios; de las estrellas observarán con fijación sus guiños entre ellas, su danza lentísima, sus impasibles apariciones y desapariciones en el escenario negro. Todo ello quedará escrupulosamente anotado por manos rústicas en unas hojas de papel durante doce días. ¿Por qué lo hacen?
Lo hacen porque cada uno de esos doce días se corresponde a un mes y, por tanto, esos doce días a un año completo. Esa estancia vigilante en el cerro es traducida después al lenguaje del tiempo: la previsión meteorológica del año que comienza exactamente al iniciarse el treceavo día. Cada mínima oscilación de temperatura, humedad, cada imagen y sonido observado durante días quedará, pues, reflejado en el tiempo que espera a su comarca hasta el año siguiente. Dice el hombre haber aprendido el método de su abuelo, y él, a su vez, lo está enseñando ahora a su hijo. Y cuentan los más viejos lugareños que no recuerdan, desde que tienen memoria, ni un solo desacierto en esa rústica previsión meteorológica.
Si ello es así –y parece que es así, pues esto no es ficción sino verídico- nos enfrentamos una vez más a otro modelo holográfico: la foto de un año regalada por la naturaleza en apenas doce días, un obsequio para una cadena de iniciados que apenas saben leer, silvestres chamanes de la estepa castellana condenados por su destino a confeccionar para los suyos infalibles previsiones del tiempo a un año vista, gentes que desconocen la cuántica o la teoría holográfica y desconocerán muchas cosas importantes pero a quienes, sin embargo, les ha sido entregado el don de aparejar el cielo presente al cielo futuro. Y es que, a pesar de tanta ignorancia, saben que en el uno está el todo, saben que el alpha y el omega se muerden la cola, saben –sin haber viajado a Rusia- que dentro de una muñeca rusa siempre hay otra muñeca rusa idéntica pero más pequeña.

Nota del 140807: Una quincena de años después de haber oído hablar a ese hombre y meses después de publicar este post, es una alegría para mí haberlo encontrado en este amplio mundo de internet. Se llama Manuel Plaza, es de Mora (provincia de Toledo) y podéis leer más aquí sobre el método de las Cabañuelas.
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02 marzo 2007

conocimiento y Conocimiento

"...hay un conocimiento formal, que es el conocimiento corriente; se produce por medio de una re-presentación, de una species, actualizada en el alma. Y hay un conocimiento designado como conocimiento presencial, el cual no pasa por la mediación de una representación, de una species, sino que es presencia inmediata, aquella por la cual el acto mismo de presencia del alma suscita la presencia de las cosas y se le hacen presentes a ella misma, no ya como objetos sino como presencias. Es el conocimiento que se tipifica también como conocimiento “oriental” (‘ilm ishrâqî), que es a la vez el amanecer del Oriente del ser sobre el alma y el amanecer de la iluminación matutina del alma sobre las cosas que revela y se revela a sí misma como com-presencias. Conviene conservar siempre en la palabra Ishrâq (Oriental) su primer significado, el del orto y la elevación del astro por su Oriente. Pero se trata de un oriente que no hay que buscar en los planos geográficos, es la Luz que se alza, Luz anterior a toda cosa revelada, a toda presencia, puesto que ella es la que las revela, la que hace la Presencia".

(Entrevista a Henry Corbin; para leerla completa remitirse a http://homepage.mac.com/eeskenazi/corbin4.html)

(Imagen: Escher: Lizard Fish)


26 febrero 2007

Instante ido

En el mismo instante en que un aldeano extremeño degüella a su sexagenaria esposa, un agente de la bolsa de Tokyo celebra con champán una inversión afortunada. Y, también en ese preciso instante -ahí está la magia-, mientras un bebé muere en una aldea de Namibia con su pequeño rostro inundado de moscas, una pareja de Bonn discute en un barrio marginal, una marquesa italiana en desuso contempla su foto de otros tiempos, un niño de ojos verdes tropieza con un sarmiento en la Borgogna, un nepalí azuza un yak de caderas lentas bajo una lluvia sorda, una limpiadora inmigrante escurre un mocho en un pasillo del palacio de Buckingham, un funcionario hipertenso recibe un diagnóstico sin prórroga en un hospital de Boston, una vedette se desmaquilla en Sydney, un antropólogo checo comprende algo importante en las afueras de Lima, un estudiante de Singapur comprueba sus notas del último exámen, una lagartija siente hambre en la inhabitada isla de Dilos, tú lees esto y nace una supernova más.

Y nada de esto es realmente importante. Sólo es única su combinación irrepetible, que ya es inapresable y no se volverá a producir jamás.


24 febrero 2007

El trono de Zeus

En la serranía del Olimpo, como en todas las serranías, existe una línea divisoria entre la tierra y el cielo. Sus curvas pueden repasarse a distancia con el dedo, como todas también. Y sus formas caprichosas son únicas, también como todas.
Sobre todo visto desde el sureste, en su perfil se divisa un hueco angular recortado contra el cielo. Es el trono de Zeus porque la sabiduría popular tiene una enorme facilidad para proyectar formas y fondos desde el alma hasta la naturaleza, dispararlos con etiquetas que diluyan su inquietud ante lo incondicional.

En el trono se sienta Zeus, magnificado, potente, sabedor de las desgracias manuscritas para griegos y para cuantos cedan pausadamente ante lo inexorable. Con poca imaginación se le puede adivinar, atronador e insaciable, dictando los hilos de sus colegas y súbditos, algo encallado en su rol pero siempre superior.
Si se toma unos prismáticos con voracidad de primate, entonces él –que está en todo- apunta inmediatamente su índice al transgresor, las lentes se emborronan en formas indecisas que descargan una locura preliminar, y finalmente queda el intelecto ebrio por una amnesia inenarrable. Aquel que osara hacer ese gesto quedará de por vida privado del etiquetaje, permanecerá condenado a una verdad que jamás será capaz de describir.


11 septiembre 2006

Duermevela

Como el hombre no es Dios y no puede crearse a sí mismo, para consolarse crea las palabras, y les da un soplo de vida y un empujón en el culo.
Al ponerse en marcha, las palabras tiran del hilo, las siguen los símbolos y éstos a su vez tiran de las ideas.

(revelación hecha por una parte de mí besba a otra parte de mí besba)

30 mayo 2006

Síntesis (P)

Me invierto, me consagro,
me concibo y desfallezco;
agotada y renacida
me desangro y me deshielo,
cristalizo, y al amanecer
me sonsaco y concuerdo
que no estamos todos
en el gran espejo:
sólo los gajos dispersos
de una sombra en duelo
que respira piedras
y muerde viento,
que agujerea el agua
en blandos chapoteos
y se escurre vana,
carcomida por un tiempo
que deshila esmeros
entre las manos,
que pudre cada hueco
de aquellos deseos
abotargados, marchitos,
vacíos de tan llenos.

(más de poesía en El Hilo de Hermes)
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08 mayo 2006

Acerca de las musas



Hesiod said of them, "They are all of one mind, their hearts are set upon song and their spirit is free from care.
He is happy whom the Muses love. For, though a man has sorrow and grief in his soul, yet when the servant of the Muses sings, at once he forgets his dark thoughts and remembers not his troubles. Such is the holy gift of the Muses to men."

07 mayo 2006

Embrión de hombre (P)

No se trata del Saber
ilustre, con que arde
la Razón que, siempre tarde,
en su afán por comprender,
sonríe sin entender
que en la lucha el más cobarde
sólo espera envejecer.

No se trata del Sentir,
que nos lleva de la mano
del pecado más humano
a la dicha de existir;
que nos hace ver aquí
lo increible y lo lejano
en desvaríos sin fin.

Cruel, mágico y brillante,
no ha tenido nunca nombre.
Si te roza no te asombres,
todo late desde antes:
esa mirada radiante,
ese embrión de Hombre,
esa luz ahí delante.


(más de poesía en El Hilo de Hermes)

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No fotografiar a Ulises

Ahí estás otra vez, sobre las nubes y el asiento bajando más rápido que tu trasero.
En los últimos minutos el paisaje de abajo se ha metamorfoseado casi sin darnos cuenta. El monótono desierto azul se ha ido convirtiendo en un salpicón agreste de islitas e islotes. Suspiras y apoyas la nariz en el metacrilato, degustando la presión en los oídos, la proximidad.
Y es entonces cuando la ves, tan bien recortada contra el azul, entrando en el pequeño panorama oval de la ventanilla como una vedette en el escenario: pomposamente y de lado. Es Itaca en mucho mejor perspectiva que para Odiseo de regreso en su barco maltrecho.
Asalta la tentación (inmadura, reconócelo) de inmortalizar con la reflex la silueta anacrónica que se desliza suave, un poco descaradamente, sabedora de su belleza. Pero en un instante que te dejará huella para siempre decides no moverte porque, aunque habría suficiente tiempo para enfocar y contarles luego «esto es Ítaca desde el cielo», es mejor disfrutar íntimamente su llegada a la playa desierta con la nariz pegada al cristal porque sabes que esa intimidad te ensanchará algo que anda entre el hipotálamo y el esófago, que dejarla perder flotando será lo mejor (y ya empieza a perderse), no sólo para tí sino también para aquella sombra difusa de un Odiseo rendido y febril que intenta reptar por la arena con las uñas, aún incapaz de reconocer su patria.
La megafonía anticipa la hora y temperatura de allá abajo mientras el héroe se desploma exhausto. El espectáculo se aleja rápidamente a su lejanía, pero, estirando el cuello, alcanzas aún a verle tendiéndose por fín boca arriba, jadeante y reseco. Borracho de agotamiento, en una última ráfaga de lucidez justo antes del desmayo, entreabre los ojos sólo un instante, justo para achacar a la fiebre la visión en el cielo, allá junto al sol, de un enorme pájaro blanco con unos extraños dibujos en el plumaje: IBERIA.
(1995)