09 agosto 2014

Bilandio de Arribajo (cap. 1)

1
Había una vez un pueblecito que nunca sabía si aquel día era un pueblo de mar o de montaña.
Y no lo sabía porque era un tema de azar, aunque no siempre fue así.
Cada mañana, poco antes del amanecer, el Regidor de Contingencias Duales extraía de un bombo fabricado a tal efecto una bola que podía ser azul o verde. Si salía la azul, el pueblecito sería aquel día un pueblo marítimo dedicado mayormente a la pesca del atún. Si salía la verde, aquel día tocaba ser hombres de pastos, vacas y gansos. Incluso el olor en sus callejuelas variaba según fuera aquel día su destino: si había salido la bola verde, amanecía ya oliendo a estiercol y a tierra húmeda; si había salido la azul, el aroma del aire era a yodo y a bacalao seco.
Se llamaba Bilandio de Arribajo, aunque tampoco fue siempre ese su nombre.
Desde luego, una vida de configuración tan peculiar habría tenido grandes inconvenientes para forasteros habituados a otras más rutinarias, pero los habitantes de Bilandio ya se habían familiarizado con aquella sorpresa crónica en que discurrían sus vidas; la defendían con convencimiento a cuantos se atrevieran a sugerir siquiera lo incómodo de una vida así. Y lo hacían casi con tanto convencimiento como si fuera el resultado de una decisión propia.
-Bah, ¡todo en la vida tiene un lado mejor y otro peor! –decían, riéndose.
Eladio, que tenía ojos grises y era muy leído porque era el farmacéutico, opinaba lo mismo aunque de modo más farmacológico:
-Claro, todo en la vida tiene efectos secundarios. Todo.
Como se comprenderá, quienes dudaban de las ventajas de aquel tipo de vida eran sólo los escasos visitantes que, muy de tarde en tarde, pasaban por ahí deseando salir del lugar por piernas enseguida, pensando que ahí estaban todos locos. De hecho, hay que decir que el poquísimo turismo que recibía Bilandio había ido en franco declive en los últimos tiempos. Y era una lástima, porque el paisaje de los alrededores era espectacular, tanto los verdísimos prados en que unas vacas de aire razonablemente satisfecho pacían rodeadas de flores de todos colores como las olas atlánticas que, un poco más abajo, roían con rítmica furia los acantilados.
Y es que, digámoslo claramente, Bilandio de Arribajo era un machihembrado de opuestos raramente visto, donde el vaivén fluía sin trastornos también de modo raramente visto.
Debido a los caprichos de la ley de la probabilidad, podía darse que saliera varios días seguidos la misma bola –cosa que ocurría de vez en cuando- pero, dado que el azar es como es, los aldeanos nunca podían saber a ciencia cierta si al despertar encontrarían en el zaguán sus aperos de labranza y pastoreo o bien las redes para salir a pescar (no es necesario aclarar que en ambas tareas eran ya sobradamente duchos).
Quizá porque la mayoría de humanos siente un íntimo placer en flirtear con el azar, una de las actividades lúdicas que más divertían a los jubilados en el casino de Bilandio aparte del mus eran las apuestas sobre la suerte que habían de correr el próximo día. Las apuestas múltiples podían incluir hasta cinco días de pronóstico.

2
Una vez, al igual que tantas otras, había salido del bombo la misma bola varios días seguidos. En este caso se trataba de la bola verde. Nadie le dio importancia hasta que...

26 noviembre 2013

Eros y Thánatos

"¿Qué significa el erotismo de los cuerpos sino una violación del ser de los que toman parte en él? ¿Una violación que confina con la muerte? ¿Una violación que confina con el acto de matar?"
(G. Bataille)


“En esta fascinación indeterminada por sentimientos contradictorios, pueden coexistir junto con la sensualidad y el erotismo, la muerte”
(Hans Bellmer)


Reeditado 131126: http://www.europapress.es/ciencia/noticia-babosas-mar-apunalan-cabeza-sexo-20131126131848.html



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31 octubre 2013

EL DESCUBRIMIENTO DE LA SOMBRA EN LA VIDA COTIDIANA



por: William A. Miller
(del libro Encuentro con la sombra, de Zweig, Connie)

Existen por lo menos cinco eficaces métodos de observamos a nosotros mismos y aprender algo sobre nuestra sombra:
1) solicitar el feedback de los demás;
2) desvelar el contenido de nuestras proyecciones;
3) examinar los «lapsus» verbales y conductuales que cometemos e investigar lo que ocurre cuando los demás nos perciben de modo diferente a como lo hacemos nosotros;
4) investigar nuestro sentido del humor y nuestras identificaciones y
5) analizar nuestros sueños, ensueños y fantasías.


Solicitar el feedback de los demás

Comencemos mirando más allá del espejo que nos refleja. Cuando estamos frente a un espejo sólo vemos nuestro reflejo tal como lo queremos ver pero si miramos más allá del espejo nos veremos como nos ven los demás.
Si esta técnica nos parece muy difícil hagámoslo con otra persona. Evoquemos la imagen de alguien que, en nuestra opinión, se esté engañando a sí mismo. Esto quizás no nos resulte tan difícil porque estamos bastante familiarizados con las dimensiones de la sombra de los demás y hasta nos resulta sorprendente que puedan ignorar algo tan evidente.
Ahora bien, aunque sólo sea en teoría no podremos dejar de estar de acuerdo -por más que nos empeñemos en negarlo - de que lo mismo que me ocurre a mí le sucede también a usted. Quiero decir que si yo puedo ver claramente su sombra -ante la que usted permanece ciego- no es improbable que usted pueda ver claramente la mía -que tan difícil me resulta de observar y que si me parece interesante decirle lo que veo de usted (de un modo amable, obviamente) también es muy probable que a usted le parezca interesante decirme lo que ve de mí (también de un modo amable, por supuesto).
Así pues, el feedback que nos proporcionan los demás, la descripción que pueden hacer sobre cómo nos ven, constituye una de las formas más eficaces de tomar conciencia de nuestra sombra personal.
Desafortunadamente, sin embargo, el simple hecho de pensar en ello nos hace sentir amenazados y preferimos seguir creyendo que los demás nos ven del mismo modo en que nos vemos nosotros.
Las personas que nos conocen bien se hallan en una posición privilegiada para ayudarnos a
descubrir nuestras facetas más oscuras. Estamos refiriéndonos, claro está, a nuestra esposa, a alguien que nos importe realmente, los amigos íntimos, los socios o los compañeros de trabajo. Paradójicamente, sin embargo, no parecemos estar muy dispuestos a escuchar lo que puedan decirnos estas personas -que potencialmente son las más adecuadas a nuestro interés - y justificamos nuestra falta de atención con el pretexto de que son subjetivos, están proyectando o tienen intereses en el asunto. Obviamente, resulta mucho menos peligroso escuchar a un extraño que a alguien que nos conoce bien pero no olvidemos tampoco que la descripción que pueden brindarnos aquéllos no será tan exacta como la que puedan ofrecernos estos últimos.
Hay que tener en cuenta que las propuestas que presentamos no son fáciles de llevar a cabo. Supongamos que le pido que me dé su feedback y que usted me responde que, en las distintas situaciones en las que nos hemos visto implicados, ha advertido que soy una persona condescendiente. Quizás tenga dificultades en escuchar su comentario pero no me resultará muy difícil aceptarlo. Es posible que quiera responderle « ¿De qué está hablando? Precisamente lo último que yo querría es ser... condescendiente». Pero me callo.
Esta respuesta constituye una evidencia substancial de que he tropezado con un verdadero rasgo o característica de la sombra. Cada vez que respondemos exageradamente «a favor» o «en contra» de algo y nos mantenemos inflexibles en nuestra actitud existen sobradas razones para sospechar que nos hallamos en territorio de la sombra y que haríamos bien en investigar.
Pero, aún en el caso de que me resulte extraordinariamente difícil creer que puedo parecer condescendiente escucho su comentario y lo acepto. Entonces voy a un amigo íntimo, le explico lo que estoy haciendo, y le digo que alguien me ha comentado que me ve como una persona condescendiente. Luego le pido que sea sincero y que me diga cómo me percibe. Quizás me baste con esta nueva opinión o quizás necesite seguir repitiendo el proceso. En cualquier caso, si soy sincero conmigo mismo, debería interesarme por lo que me dicen los demás -sea lo que fuere- a este respecto. De modo que cuando la opinión de varias personas sea coincidente haría bien en tomar nota de sus observaciones -esté o no de acuerdo con ellos- y dedicarme a examinarlas con detenimiento.

Analizar nuestras propias proyecciones

Una segunda forma de aproximarnos a la sombra personal consiste en examinar nuestras proyecciones.
La proyección es un mecanismo inconsciente que acontece cuando se activa un rasgo o una característica de nuestra personalidad que permanece desvinculada de nuestra conciencia. Como resultado de la proyección inconsciente percibimos este rasgo en la conducta de los demás y reaccionamos en consecuencia. Así vemos en ellos algo que forma parte de nosotros mismos pero que no reconocemos como propio.
Las proyecciones pueden ser tanto negativas como positivas. La mayor parte del tiempo, sin embargo, lo que vemos en los demás son aquellos atributos que nos desagradan de nosotros mismos. Por consiguiente, para descubrir los elementos de la sombra debemos examinar qué rasgos, características y actitudes nos molestan de los demás y en qué medida nos afectan.
La manera más sencilla de llevar adelante este trabajo consiste en hacer una lista de las cualidades que nos desagradan de los demás como, por ejemplo, la vanidad, el mal humor, el egoísmo, la mala educación, la avaricia, etcétera. Una vez hecha la lista -que probablemente será muy larga- debemos seleccionar aquellas características que más odiemos, aborrezcamos o despreciemos. Por más difícil que nos resulte de creer -y aún más de asumir- este inventario final nos mostrará una imagen fidedigna de nuestra propia sombra personal.
Si, por ejemplo, he anotado que la arrogancia me resulta insoportable y si además critico de manera inflexible este rasgo en los demás convendrá que analice mi propia conducta para ver en qué medida yo también soy arrogante.
Obviamente no todas nuestras críticas son proyecciones de rasgos propios indeseables pero cuando nuestra crítica sea desproporcionada o excesiva podemos estar seguros de que algo inconsciente ha sido estimulado y reactivado. Como ya hemos dicho anteriormente, para que la proyección tenga lugar la persona sobre la que proyectamos debe presentar ciertos «garfios». Si Jim es arrogante, por ejemplo, es bastante «razonable» que me sienta ofendido por su conducta pero cuando mi condena de Jim exceda a su falta no cabe la me nor duda de que está en juego mi propia sombra personal.
Las situaciones conflictivas desatan emociones muy in tensas proporcionándonos, por tanto, un terreno excepcional para la proyección de la sombra. En ellas podemos aprender muchas cosas sobre nuestra sombra ya que lo que censuramos en nuestros «enemigos» no es más que una proyección oscura de nuestra propia oscuridad.
Pero no sólo proyectamos cualidades negativas sobre los demás sino que también hacemos lo mismo con las positivas. En los demás también advertimos rasgos positivos propios que, por alguna razón, rechazamos y nos pasan, por tanto, desapercibidos.
No es extraño, por ejemplo, percibir cualidades positivas en los demás sin que exista la menor
evidencia empírica que las sostenga. Esto suele suceder, por ejemplo, en el amor ro mántico y en aquellas ocasiones en las que valoramos positivamente a los demás. Los amantes, cautivos de su deseo por la persona amada, suelen proyectar sus atributos positivos sobre ella. En cierto modo, el rasgo proyectado debe estar ahí, de otra forma la proyección no tendría lugar, pero lo cierto es que la intensidad de la presencia real de ese rasgo en la persona amada suele diferir notablemente del grado en que lo percibe el amante. Susan, por ejemplo, proyecta la dimensión amable y generosa de su sombra sobre Sam y le ala ba por su amabilidad, particularmente por su amabilidad hacia ella. Los amigos quizás traten de hacerle ver que, aunque Sam no sea egoísta ni avaricioso, sus demostraciones de ama bilidad y generosidad son transitorias pero Susan, sin embargo, no quiere escucharles.
Una vez que hemos quedado «enganchados» de una cualidad positiva de otra persona podemos proyectar sobre ella todo tipo de cualidades positivas. Esto es algo que ocurre con cierta frecuencia en las entrevistas personales y se conoce con el nombre de «efecto halo». En tal caso la proyección de las cualidades positivas del entrevistador sobre el entrevistado le proporcionarán una considerable evidencia de que se halla ante una persona casi perfecta.
Estos ejemplos ilustran situaciones problemáticas pero demuestran claramente el poder de las
proyecciones positivas. Debemos comprender que nuestra sombra contiene tanto cualidades positivas como cualidades negativas. En este sentido, también resulta sumamente interesante enumerar las cualidades que más admiremos en los demás. Así, por ejemplo, cuando nos escuchemos decir: «Yo nunca podré ser así» haríamos bien en analizar esos rasgos porque es muy probable que formen parte de nuestra Sombra Dorada.

Examinar nuestros «lapsus»

Un tercer método para explorar nuestra sombra personal consiste en examinar los «lapsus linguae», los lapsus conductuales y las percepciones equivocadas. Los lapsus linguae son aquellas equivocaciones involuntarias que nos ponen en un aprieto.
La sombra, que es en parte todo aquello que queremos ser -pero que no nos atrevemos a ser-, constituye el escenario más apropiado para la manifestación de este tipo de fenómenos. Justificaciones tales como «esto es lo último que hubiera querido decir» o «no puedo creer que yo haya dicho eso» demuestran que si bien la conciencia es la que propone la sombra es la que suele terminar disponiendo.
Ann, por ejemplo, ha aprendido a tolerar todo lo que hacen los demás. Por consiguiente, cuando su amiga Chris decidió, a los dieciséis años, matricularse en una escuela de modelos, Ann la felicitó aunque internamente pensaba que era una ridiculez. Así, cuando felicitó a Chris por su decisión, su sombra tomó la palabra y dijo: «Estoy segura de que será una tontería (muddle) extraordinaria».
Obviamente, lo que Ann quería decir era «modelo» (model) pero -inconsciente de su desaprobación de la decisión de Chris - dijo «tontería» que es lo que realmente pensaba sobre la situación.
Los lapsus de conducta son, si cabe, más reveladores todavía. En ocasiones parece que no exista explicación alguna para la conducta «aberrante» de una persona. En tales casos alguien podría perfectamente decir: «No sé que le ha ocurrido. ¡Jamás le había visto actuar así!» Los lapsus conductuales suelen ser conductas que parecen completamente ajenas a la persona que los comete y que dejan atónitos a todo el mundo -incluida, claro está, la persona en cuestión.
Existe también otro tipo de lapsus en los que nos presentamos de manera diferente a cómo fingimos. Un confe renciante, por ejemplo, que intenta ofrecer un aspecto simpático ante su audiencia puede descubrir luego, sorprendido, que los demás le han visto como «alguien muy sarcástico»; una mujer recatada y tímida puede sentirse incómoda en una fiesta ante la conducta de los hombres y ser, al mismo tiempo, totalmente inconsciente de su propio coqueteo y un hombre que ha sido invitado a dar una breve charla de homenaje a un colega en una comida puede quedarse pasmado cuando su esposa le censura lo «amablemente despectivos» que han sido sus comentarios.
Tales situaciones -tan conocidas, por otra parte, por todos nosotros- nos ofrecen la oportunidad de bucear en nuestro interior y salir beneficiados de ese viaje. En nuestra mano está el hacerlo o no hacerlo. Podemos reírnos de esos lapsus, mantenernos a la defensiva, racionalizarlos o esconderlos bajo la alfombra pero sólo afrontarlos nos permitirá descubrir la oscuridad que se oculta en nuestra sombra, profundizar en nuestro propio autoconocimiento y poner fin a esos embara zosos, inoportunos y, en ocasiones , hasta destructivos «deslices».

Investigar nuestro sentido del humor y nuestras identificaciones

Un cuarto método para acceder a la sombra personal consiste en investigar nuestro sentido del
humor y las respuestas que suscita en nosotros el humor. La mayoría de nosotros sabe que el sentido del humor suele evidenciar mucho más de lo que se ve a simple vista. De hecho, quien habla en esas ocasiones suele ser la misma sombra. Por otra parte, quienes rechazan y reprimen a la sombra suelen carecer de sentido del humor y se divierten con muy pocas cosas.
Veamos, por ejemplo, el viejo chiste de los tres curas de un pequeño pueblo que se reúnen en una especie de «grupo de apoyo». A medida que transcurre el tiempo su amistad crece y aumenta su confianza. Cierto día deciden que ya tie nen la suficiente confianza para confesar sus pecados más graves y compartir así su culpa. «Confieso que he robado dinero del cepillo» -dice el primero. «Eso no está bien -afirma el segundo, prosiguiendo-. Mi principal pecado ha sido el de haber tenido un asunto con una mujer del pueblo vecino». Entonces, el tercero, después de haber escuchado las desdichas de sus compañeros, agrega: «Hermanos, debo confesaros que mi mayor pecado es ser un terrible charlatán. ¡Y que ardo en deseos de salir de aquí! »
La mayoría de nosotros explicamos que este chiste nos hace reír porque es divertido pero lo cierto es que nos conecta con el aspecto sombrío del cotilleo y que lo que nos causa gracia es el hecho de identificarnos con el placer que le aguarda al tercer cura difundiendo por el pueblo los pecados de sus colegas. Obviamente, nosotros sabemos que eso está mal y no desearíamos hacerlo pero, recordemos que la sombra es, entre otras cosas, lo que quisiéramos pero no osamos hacer. El hecho de que este chiste nos resulte divertido puede permitirnos así profundizar un poco la conciencia de nosotros mismos.
Por otra parte, quien niega y reprime a su sombra no encontrará divertido el chiste sino que lo censurará agriamente. Tal persona concluirá, por ejemplo, que el chis te no tiene nada de divertido y que los tres curas deberían ser castigados por sus pecados.
Sabemos que es de mal gusto disfrutar con el dolor y el infortunio de los demás pero nos resultan muy divertidas las caídas de alguien que patina por vez primera sobre el hielo. En los albores de la historia del cine una de las escenas que más hacían disfrutar al público era el clásico resbalón sobre una piel de plátano. Nos reímos a carcajada limpia del cómico que nos cuenta sus adversidades. En todas estas situaciones el humor evoca risa como expresión de nuestro sadismo reprimido. No cabe la menor duda de que lo que despierta nuestro sentido del humor, aquello que nos resulta especialmente divertido puede contribuir a aumentar nuestro autoconocimiento.
En los acontecimientos deportivos -especialmente en las competiciones- podemos observar fácilmente la magnitud e intensidad de la sombra. En este ámbito son alentadas e incluso aplaudidas conductas que en otro entorno resultarían censurables e incluso condenables. Ahí personas afables en otras circunstancias pueden gritar afirmaciones rayanas en la inducción al asesinato. En cierta ocasión fui a un combate de lucha a realizar una encuesta y tropecé con un grupo de ancianas cuya conducta me resultó tan fascinante que olvidé por completo lo que había ido a hacer. Se comportaron de un modo completamente «normal» hasta el momento en que los luchadores subieron al ring. Entonces se pusieron en pie, cerraron los puños y comenzaron a vociferar expresiones vicarias de la agresividad de la sombra tales como: « ¡Mata a ese sucio bastardo!» « ¡No le dejes escapar!» « ¡Rómpele los brazos!»

Analizar nuestros sueños, ensueños y fantasías

El estudio de los sueños, ensueños y fantasías nos proporciona un último camino para tomar contacto con nuestra sombra personal. Aunque digamos lo contrario todos nosotros soñamos, ensoñamos y fantaseamos y si prestamos atención a esas actividades podremos aprender muchas cosas sobre nuestra sombra y sobre sus contenidos.
Cuando la sombra aparece en nuestros sueños asume el aspecto de una figura de nuestro mismo sexo. En el sueño reaccionamos ante ella con miedo, desagrado o disgusto, igual que lo haríamos ante alguien a quien consideráramos inferior. En los sueños huimos de la sombra, la evitamos y frecuentemente experimentamos que nos persigue. La sombra también puede aparecer como una figura difusa a la que teme mos y de la que intuitivamente escapamos. Nuestra tendencia habitual ante la sombra consiste en evitarla del mismo modo que solemos hacerlo en la vida consciente.
Pero esta figura es nuestra propia sombra -o un aspecto significativo de ella- por consiguiente, la actitud más adecuada será la de afrontarla y descubrir qué es y qué pretende. Debemos observar sus acciones, sus actitudes y sus palabras (en el caso de que pronuncie alguna). La sombra, a fin de cuentas, encarna dimensiones de nuestro ser que podrían ser conscientes y, por tanto, constituye un yacimiento muy provechoso para nuestro autoconocimiento.
Quizás insistamos en nuestra negativa a aceptar el hecho de que ensoñamos y fantaseamos pero lo cierto es que resulta imposible que la mente se mantenga atenta y concentrada durante toda nuestra vigilia. Por consiguiente: ¿qué pensamos cuando no estamos pensando en nada? ¿Dónde va nuestra mente? ¿Qué imágenes o fantasías pueblan nuestro pensamiento? Nuestros ensueños y nuestras fantasías pueden ser tan extrañas y contrarias a nosotros que hasta pueden resultar aterradoras. No se trata de algo que estemos dispuestos a admitir fácilmente ante los demás y, en muchas ocasiones, ni siquiera las aceptamos ante nosotros mismos.
Pero negar su existencia es perder otra oportunidad de conocernos a nosotros mismos. En nuestras fantasías y en nuestros ensueños cotidianos podemos descubrir pensamientos, proyectos, deseos y sueños que somos incapaces de aceptar a un nivel consciente. Suelen ser fantasías de vio lencia, poder, riqueza y sexo. Son ensueños de abundancia en los que conseguimos lo imposible. Una vez más, la sombra se halla dispuesta a compartir su patrimonio si la aceptamos y reflexionamos sobre ella.
Concluiremos diciendo que nadie puede tomar por nosotros la decisión de afrontar el mundo de nuestra sombra personal. Por otra parte, cada uno de nosotros tiene una vía de acceso diferente y debe seguir su propio camino. Pero aunque no exista un pro cedimiento universal para emprender este viaje interno al mundo de la sombra, las recomendaciones que hemos presentado en este capítulo pueden resultar de mucha utilidad.
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08 junio 2013

Hagas lo que hagas, te encontrará (el destino en cuento oriental)

"De vivir es de lo que todos nos morimos"
(E. Jardiel Poncela) 

“Había un mercader en Bagdad que envió a su criado al mercado a comprar provisiones, y al cabo de poco tiempo el criado volvió con la cara blanca y temblando y dijo: Maestro, justo ahora cuando estaba en la plaza del mercado fui empujado por una mujer que estaba entre el gentío, y cuando me volvía vi que era la Muerte la que me había empujado. Me miró e hizo un gesto amenazante; ahora, préstame por favor tu caballo que me voy de la ciudad para evitar mi destino. Voy a ir a Samarra y allí la Muerte no me encontrará. El mercader le dejó el caballo y el criado se montó en él, clavó las espuelas en sus costados y se marchó tan veloz como podía galopar el caballo. Entonces el mercader se fue al mercado y vio a la Muerte entre la multitud, se acercó y le dijo: ¿Por qué hiciste un gesto amenazador a mi criado al que viste esta mañana? Eso no fue un gesto amenazador, respondió la Muerte, sólo fue una expresión de sorpresa. Estaba asombrado de verlo en Bagdad, porque yo tenía una cita con él esta noche en Samarra."

20 mayo 2013

¿Somos buenos, malos o todo lo contrario?



1. Introducción
Este es un comentario sobre los textos “Consideraciones de actualidad sobre la guerra y la muerte” (1915) de Sigmund Freud, y “Agresión y narcicismo” (cap. 17 de “Anatomía de la agresividad”) (1975) de Erich Fromm.
El primero, obra de S. Freud (1856-1939), fundador de la escuela psicoanalítica y reconocido hasta nuestros días por su investigación sobre el inconsciente, fue escrito en 1915, después de comenzada la I Guerra Mundial (en la cual Freud, junto a Einstein y otros científicos, adoptaría una postura pacifista). El segundo texto es de Erich Fromm (1900-1980), que entonces era adolescente y estudiaría más tarde en el instituto fundado por Freud en Berlín, dedicándose asimismo al psicoanálisis. Si bien fue admirador de Freud, en sus años finales su alejamiento de él es patente en varias de sus obras, como “El miedo a la libertad” (1941) o “La misión de Sigmund Freud” (1956).
Una de las visiones enfrentadas entre ambos es sobre la naturaleza de los instintos agresivos humanos, de la cual tratan los textos de este comentario que intenta reflejar sus distintas posturas al respecto.
2. Resumen
2.1 Texto 1 (Freud)
Parte 1: La agresividad
Freud aparece decepcionado por la actitud que los hombres muestran en pleno conflicto bélico. Nos introduce primero al concepto de civilización, entendida como un conjunto de normas aplicadas por el Estado para el bien de la armonía en la comunidad, Estado que por otro lado “censura la intercomunicación y la libre expresión”. Según él, los instintos “malos” del hombre pueden ser transformados en “buenos” por dos vías: la mencionada civilización (factor exterior) y el erotismo (factor interior). Sin embargo, esta transformación no es irreversible sino susceptible de regresión a un estado anterior bajo determinadas situaciones. Una de ellas sería precisamente la guerra.
Según Freud, la inteligencia no puede ir desligada de la vida sentimental[1]. De ello deduce que una explicación de que la guerra lleve a los hombres a actuar en forma tan poco racional sería que aquella altera previamente el mundo de las pasiones, enajenando por tanto toda lógica. La guerra llevaría esa actitud individual al nivel de nación contra nación.
Parte 2: Actitud ante la muerte
La muerte es algo que no aceptamos en nuestro pensamiento cotidiano, como si no existiera o fuéramos inmortales. En este apartado, Freud expone dos ideas:
a) Nuestra postura emocional ante la muerte proviene de la horda primitiva. Nuestros ancestros debieron experimentar sentimientos contradictorios: por un lado, alegría por la muerte de un enemigo, y, por otro, alegría asimismo por la de los seres queridos. Esto, que es aparentemente paradójico, se debería a la ambigüedad inherente a la psique humana (amor/odio) ya que un ser querido, después de todo, es alguien ajeno: su muerte no es la del yo, por otro lado siempre desconocida. Este sentimiento paradójico sería el germen de un sentimiento de culpabilidad que habría encontrado compensación en la creencia en la inmortalidad, y poco después en la religión.
b) Antes de la religión, la primitiva moral de nuestros antepasados debió hacerles insensibles al asesinato. Según Freud esa pulsión es innata, y es también la explicación más plausible para que fueran precisos mandamientos que lo prohibieran (“descendemos de una larguísima serie de generaciones de asesinos”). El autor va más lejos aún, asegurando que, todavía hoy, el miedo a la muerte procede de aquel primitivo sentimiento de culpabilidad, y que en nuestro inconsciente el asesinato es, en realidad, incluso deseado.
2.2 Texto 2 (Fromm)
Para analizar la violencia del hombre Fromm parte del narcicismo, reprochando a Freud que lo vinculara demasiado a la líbido. Separado de ésta, el narcicismo es un estado en el cual “sólo uno y lo suyo es sentido como real”, lo demás no interesa. El narcicista se aferra a su autoimagen con ceguera y una clara falta de objetividad porque le ofrece seguridad, y este fenómeno se amplía al narcicismo colectivo con idénticos efectos. En ambos casos -individual o colectivo- se reacciona a la crítica o la amenaza con violencia, ira o deseo de venganza (debido al miedo a perder la sensación de amparo que proporciona al narcicista el amor a sí mismo o a su grupo).
Para este autor, las causas de la agresión son cuatro: (a) el citado narcicismo colectivo cuando lleva al fanatismo (el individuo integrado en la masa se siente libre de toda duda y poderoso); (b) resistencia -uno de los mecanismos de defensa según Freud- que aparece ante el temor al descubrimiento, por parte de otro, de una verdad reprimida en el inconsciente; (c) conformismo, p.e. la obediencia del soldado a la autoridad militar[2]; y (d) agresión instrumental, aquella justificada por el objetivo de obtener algo. La frontera entre este deseo intenso y la voracidad -reflejada en nuestros días en el consumismo- es borrosa, pero también la voracidad puede inducir a la agresión (p.e. por un drogadicto). Otra razón para la agresión, en el caso del soldado, sería la presión de tener que decidir entre “matar o ser muerto”; aunque Fromm no categoriza este motivo, se entiende que se refiere al instinto de supervivencia.
3. Confrontación
Básicamente, Freud defiende la idea de que la raiz de los instintos brutales del hombre está en la propia naturaleza humana y que la agresividad puede ser reprimida por la cultura, aunque no de un modo definitivo. En contraposición, Fromm contempla la actitud agresiva como algo cuyo origen no se encuentra en lo innato sino en el terreno de lo contingente.[3]
Para S. Freud, la facilidad con que afloran los instintos de crueldad con motivo de una guerra viene a confirmar su sospecha de que dichos instintos permanecían simplemente inhibidos, y que el comportamiento “civilizado” previo a la guerra no era una ganancia evolutiva sino producto de la hipocresía social que, en condiciones normales (o sea, en tiempo de paz), juzga demasiado superficialmente los actos más que sus verdaderas motivaciones (“los hombres no han caído tan bajo como temíamos porque tampoco se habían elevado tanto como nos figurábamos”). Con esto viene a decir que los estadios evolutivos se superponen unos a otros y que los instintos más primarios siguen latentes, pudiendo por tanto resurgir bajo cualquier circunstancia que anule el efecto de aquello que los mantenía inactivos (“el individuo que entra a formar parte de una multitud se sitúa en condiciones que le permiten suprimir las represiones de (...) su inconsciente individual (...) en el que se halla contenido en germen todo lo malo existente en el alma humana.” (Freud, 1921)). El estado de guerra sería, pues, una de esas circunstancias que suprimen la represión.
Fromm, por el contrario, justifica la conducta agresiva en una línea mucho más ambientalista, como una respuesta casi comprensible. Para él las principales causas de la guerra serían la agresión instrumental (por parte de las naciones) seguida de la obediencia a la autoridad (por parte del individuo). En claro contraste a la postura de Freud, dice: “la tesis de que la guerra se debe a la destructividad innata del hombre es claramente absurda (...) con el desarrollo de la civilización han aumentado la frecuencia y la ferocidad de las guerras. Si la guerra se debiera a impulsos destructivos innatos, hubiera sucedido lo contrario”. Para este autor es evidente que la I Guerra Mundial, como cualquier otra, se debió a intereses económicos y ambiciones de hegemonía (“es un error creer que aquella guerra tuvo su origen en el deseo de las poblaciones (...) de descargar su agresividad”). También recrimina a Freud haber tergiversado las estadísticas con objeto de reforzar su teoría (“datos que hubieron de ser deformados para servir a su propósito”).
4. Conclusión
A pesar de sus diferencias elementales, ambos autores coinciden en que el impulso de agresión -sea cual sea su causa- se expande de un modo natural desde lo individual hasta lo colectivo: mientras Fromm propone este mecanismo para el fenómeno del narcicismo herido, Freud cree en un proceso similar para los instintos destructivos.
Curiosamente, Fromm menciona que “mientras el soldado combate con el enemigo en defensa de su vida no tiene que combatir con los miembros de su propio grupo por el pan”. Este comentario parece algo contradictorio, pues con esto estaría admitiendo que la agresividad está en efecto implícita en el ser humano y que la guerra constituiría, en esencia, una vía de escape más justificable que otras.
Es muy probable que ambas posturas sean algo extremas y que la respuesta a los interrogantes planteados por estos dos autores se halle en un punto intermedio o en una combinación de ambas, como sucede con tantos otros pares de teorías que se han confrontado, a lo largo de la Historia, en relación a temas tan complejos pero tan fascinantes como la conducta del ser humano.

BIBLIOGRAFÍA

- CID, P.: “Acerca de Fromm” (artículo electrónico, en www.geocities.com)
- DAMASIO, A.: El error de Descartes, Barcelona, Ed. Crítica (1994)
- FROMM, E.: El miedo a la libertad. Buenos Aires, Ed. Paidos (1950)
- FREUD, S.: Psicología de las masas y análisis del Yo. Ed. Psikolibro.
- HERGENHAHN, B.R.: Introducción a la Historia de la Psicología. Madrid, Thomson Editores (2001)


[1] Esta afirmación de Freud está siendo corroborada en la actualidad por investigaciones de los neurólogos portugueses A. y H. Damasio sobre la estrecha relación entre la amígdala y la toma de decisiones.
[2]Para Hitler (…) el ario está dispuesto a someter su propio ego a la vida de la comunidad” (El Miedo a la libertad, 1941, p. 143)
[3] Hay que tener en cuenta que Fromm había investigado ampliamente el fenómeno del nazismo en la II Guerra Mundial, y que el texto de Freud fue escrito veinticinco años antes. De hecho, moriría el mismo mes en que fué declarada esa guerra.