31 mayo 2016

Retos

Bien. Te van los retos, estupendo, pero esto va de ponerse al día.
Lo del “Yes, I can!” estuvo de moda una temporada, sí, como las hombreras, pero no me vayas por ahí por la calle, por los dioses del Olimpo...
La idea positivethinkista de “¡Persigue tus sueños, tú puedes hacerlo!”, el perfeccionismo, etc. etc. en realidad ya están demodé. Ahora se llevan otras tendencias, actualízate de una vez:
“Los hombres también lloran”
“Tener miedo es adaptativo, sin él no estaríamos aquí”
“Permítete ser débil, no vayas siempre de Indiana Jones”
Se acabó lo de querer ser perfecto, un ideal que no se aguantaba más.
Piensa esto tan simple: un reto significa que te va el demostrarte algo a tí mism@.
¿Te has parado a preguntarte quién pretende demostrarle algo... a tí mismo?… ¿Acaso sois dos? ¿el que demuestra y el que se queda con cara de tont@?

Entonces tenemos un problema: no sólo en tí hay dos yos, sino que además a uno de ellos le encanta chinchar al otro y dejarle con cara de tonto. Mal vamos.

01 abril 2016

La dura (y cara) vida del "single"

Opinan algunos que los humanos nos estamos volviendo más individualistas, en parte a causa del desarrollo de las nuevas tecnologías. Ante la visión de un autobús lleno de viajeros tecleando cada uno en su móvil, ya sea en Whatsapp, Twitter, Facebook o Meetic, personalmente pongo en duda que estemos siendo cada vez menos comunicativos. Quizá lo hagamos mediante otros medios, pero no creo que estemos perdiendo esta capacidad –y necesidad- tan humana de la comunicación.
Según estadísticas recientes aparecidas en prensa, en cerca del 30% de las viviendas de Barcelona vive una persona sola. De éstas personas, un 40% son mayores de 65 años (más mujeres que hombres). El resto lo conforman separad@s o divorciad@s (cada vez más), jóvenes independizados (cada vez menos) o simplemente personas de mediana edad, solter@s y sin hijos.
Sea como sea, un hecho es indiscutible: todos ellos, en bloque, son seres socialmente (aunque tácitamente) marginados. Basta una sesión de cuñas publicitarias –sea de gas natural, de yogures, de muebles, de automóviles o de aseguradoras médicas- para comprobar que la “vida ideal” que nos proponen sibilinamente es la de la pareja convencional (ambos guapos y delgados) con dos hijos (niño y niña a poder ser, y también los dos guapos y sanos, uno de ellos casi siempre rubio). En la vida práctica, el resto lo tienen no sólo muy crudo sino también más caro.
En el sector de los viajes -hasta recientemente en que asoman la cabeza iniciativas que intentan paliar este problema- viajar solo es mucho, muchísimo más caro. Las mayoristas de viajes enfocan sus target clients en las –tradicionalmente mayoritarias- unidades familiares, como las llama el Ministerio de Hacienda a la hora de pasar la bandeja. Si el coste de una habitación doble en un hotel de 3 estrellas es de 70 eur (35 eur por persona), el de una habitación de uso individual sería de 60 eur (60 eur por persona). La desproporción es análoga para una cabina de crucero y hasta para una sesión de SPA para dos.
En el mundo de los seguros, una persona sola y sin hijos que planee contratar solamente un seguro de invalidez también lo tiene muy difícil, si no imposible. ¿El motivo? Porque quien desea prevenir una hipotética invalidez laboral propia también deseará prevenir con mucha más razón su fallecimiento, dado que la mayoría tiene pareja e hijos (aunque no sean tan guapos como los de los anuncios) y por ello deseará cubrir con más motivo esa eventualidad por el bien de los suyos.
¿Qué ocurre si no hay suyos? Pues sucede que necesariamente tiene que pagar por ellos aunque no existan. Al menos hasta hace un tiempo, el seguro de invalidez era una especie de anexo al llamado seguro de vida. Cualquier mente sensata convendrá en que es un sinsentido pagar un seguro de vida si no hay ningún potencial beneficiario de la indemnización, así que ¿para qué contratar y pagar por algo que no va a utilizarse? Porque esto es lo que hay.
Como último ejemplo, un simple frigorífico. Ya saben que en el mercado existen gamas “No frost” y las demás. Las “Sí frost” son aquellas que, con el tiempo, generan escarcha y hielo, lo cual implica que, de vez en cuando, hay que batallar cual Cid Campeador armados de cuchillos, cazos con agua caliente y demás artilugios. Como nuestras madres y abuelas. Eso pasó a la historia con los “No frost”... al menos teóricamente.
Un single no necesita el típico enorme frigorífico “Combi”, pensado para familias standard. Un single se conforma con mucho menos espacio, pero no en cambio con un congelador diminuto. ¿Acaso vivir solo significa que uno puede hacer la compra a diario?... Eso parecen creer los fabricantes de electrodomésticos de línea blanca, pues la enorme mayoría de frigoríficos pequeños no sólo disponen curiosamente de un congelador ridículo, sino que, para complicar las cosas aún más, son pocos los de tamaño single con la prestación “No frost”. ¿Por qué esa incompatibilidad? ¿Se da por supuesto que los singles disponen de más tiempo libre para pelearse con el hielo?
Quede claro que, de haberlos, haylos, aunque sean más difíciles de encontrar que un níscalo en un monte nevado. Quizá ya hayan adivinado que, además, éstos también son desproporcionadamente más costosos.

Harían bien los señores fabricantes de electrodomésticos, las aseguradoras, los mayoristas de viajes y demás proveedores, además de ponerse al día con el último modelo de tableta y con las aplicaciones que ahora ya nos avisan de la mejor hora para salir hacia el aeropuerto, en ponerse al día también en cuanto a sus target clients: en el 2015 vivían solas en España cerca de 4,5 millones de personas. Y a un ritmo de crecimiento de un 2,8% anual. Escalofriante... Pienso que les sería conveniente ir rehaciendo sus cálculos en el próximo comité de ventas y reformulando sus tablas de Excel. Somos legión.
Y, a este ritmo, más que lo seremos.

02 febrero 2016

Los peligrosos

"Asiente y serás cuerdo.
Disiente y de inmediato serás el peligroso
y te pondrán cadenas" (Emily Dickinson)

Los poderosos no quieren que nadie disienta. El poder, el de arriba, necesita que la masa sea homogénea cual rebaño sumiso y average, que es la única forma de tenerlo bajo control. Teniendo en cuenta que control y poder son prácticamente sinónimos, la oveja negra que usa la cabeza y disiente es percibida como "peligrosa" y, en lógica consecuencia, se le echan encima los guardas a las órdenes del poder (otras ovejas leales) para detener, aislar y/o eliminar al disentor sin perder un instante. Es el mismo modo en que se actúa cuando se disparan las alarmas por un virus mortal: atajar de inmediato la posibilidad de que contagie su mal al resto del organismo.
Pero el poder se imbrica en muchas ramificaciones, y esas incluyen también las creencias generalizadas de las "células buenas", las "políticamente correctas" que predominan en función de cada tiempo y lugar. Aún en nuestro tiempo, una mujer que no pasea del brazo de su marido con sus dos retoños sigue siendo un poco sospechosa de no seguir al rebaño en lo familiar. Sin ir más lejos, algo tan banal como no tener televisor en casa provoca desde mandíbulas desencajadas hasta respuestas del tipo "Pero... ¿¿de verdad puedes vivir sin TV??...", pasando por el comentario de un taxista: "¡Je, je, usted es un poco extraterrestre!" (la autora de esto puede dar fé de primera mano). La creencia de que el libre albedrío es una ilusión óptica que la naturaleza nos ha otorgado por motivos adaptativos ya serían palabras mayores.
Las actitudes average son, en todo caso, las más recomendables para la salud y la larga vida.
Los no-average, los percibidos como "peligrosos", aquellos cuyas creencias se apartan, por poco que sea, de las ideas hegemónicas, sólo se sienten cómodos entre iguales, que son escasos. Dentro del rebaño sólo pueden sobrevivir tiñendo sus lanas de blanco y fingiendo sumisión y connivencia con ideas y costumbres con las que, en realidad, sus balidos no sintonizan.
Algunos lo llevan mejor gracias a unas buenas dotes camaleónicas y de autocontrol en momentos críticos. En la peor de las circunstancias, respiran hondo y acatan el sabio consejo oriental "No ver, no oir, callar" hasta que el peligro ha pasado.
En otros, menos afortunados genéticamente con esas capacidades, un intenso sentido interno de dignidad les traiciona día sí, día también, por sobrepasar su también humano ansia de vivir en paz con el entorno. Algunos de éstos mueren como el pez cuando abre la boca, ya sea en la horca, en la indigencia pero, en todo caso, en soledad.
Entre un extremo y otro están aquellos que viven su conflicto interior a trompicones. Unos se balancean crónicamente cual péndulo entre lo que popularmente conocemos como las dos vocecitas (corazón versus cabeza) y actúan en función de cuál de ellas se ha despertado aquel día con más energía. Otros surfean de por vida en incómodo equilibrio, intentando contínuamente quedar bien con todos para perseguir dos objetivos que son imposibles de congeniar simultáneamente: (a) evitar pérdidas materiales o morales y (b) evitar el autodisgusto.
Al igual que los perros detectan cuándo les tenemos miedo por más que les sonriamos tímidamente, a muchos de los “peligrosos” les detectan unas invisibles antenas con que la naturaleza parece habernos dotado para preservar el bien del grupo (¿o tal vez para preservar el poder de quien dirige el grupo?). No vale la sumisión fingida, no valen las vestiduras a la moda ni los maquillajes, ni vale aparentar risas en una conversación que no les interesa lo más mínimo. A algunos de ellos les condena un estigma en la frente que reza "Ojo: peligroso". Por este motivo, es decir, por si alguien les vigilara desde arriba, casi nadie se atreve a reirles las bromas que algunas veces hacen de sincera buena fé. Muchos incluso les retiran la palabra sin más, sólo porque oveja prevenida vale por dos.
Dado que no hay motivo objetivo ni fáctico para ello ni nada que alegar, los peligrosos de este tipo no suelen ser detenidos, aislados ni eliminados agresivamente. Sólo se les deja de alimentar hasta que mueren por sí solos.

A la salida del tanatorio siempre hay alguien que cuchichea "Era buena persona... un poco raro, sí, pero buena persona..."
Lo distinto siempre suena a peligroso.


10 octubre 2015

Empatía: ¿escuchar u oir?

Hace muchos, muchos años, quise llevar a cabo un experimento con una amiga en relación a la empatía.
La idea había surgido aún más años atrás, al observar que, en la gran mayoría de ocasiones, ante un estímulo verbal cualquiera, el sujeto respondía en primera persona.
Por ejemplo, si a alguien le hablabas de una película, la respuesta común contenía un “yo”, un “a mí”, o un “me”.
Ejemplo de estímulo:
- He leído que Brad Pitt…
Ejemplo de respuesta:
- Huuuy! Me encaaanta Brad Pitt!!!...
Ejemplo de estímulo:
- Hoy he estado de compras y me he comprado unos pantalones pitillo.
Ejemplo de respuesta:
- Uf, a mí me quedan fatal los pitillo!
Y así sucesivamente.
A todos nos encanta hablar de nosotros y de nuestras cosas, quizá porque es de lo que más creemos saber. Si somos sinceros, admitiremos que, en realidad, lo que solemos esperar es empatía con nuestras cosas, no que nos cuenten inmediatamente las del otro. Al menos no en aquel momento. El escritor Julio Cortázar, con su excelsa sensibilidad acerca de la naturaleza humana, plasmó esta observación, en el capítulo 41 de Rayuela, en su famoso “Diálogo típico de españoles”:

López.— Yo he vivido un año entero en Madrid. Verá usted, era en 1925, y...
Pérez.— ¿En Madrid? Pues precisamente le decía yo ayer al doctor García...
López.— De 1925 a 1926, en que fui profesor de literatura en la Universidad.
Pérez.— Le decía yo: «Hombre, todo el que haya vivido en Madrid sabe lo que es eso.»
López.— Una cátedra especialmente creada para mí para que pudiera dictar mis cursos de Literatura.
Pérez.— Exacto, exacto. Pues ayer mismo le decía yo al doctor García, que es muy amigo mío...
López.— Y claro, cuando se ha vivido allí más de un ano, uno sabe muy bien que el nivel de los estudios deja mucho que desear.
Pérez.— Es un hijo de Paco García, que fue ministro de Comercio, y que criaba toros.
López.— Una vergüenza, créame usted, una verdadera vergüenza.
Pérez.—Sí, hombre, ni qué hablar. Pues este doctor García...

El experimento en cuestión, por lo demás totalmente casero, consistía en presentar un breve estímulo verbal entre amigos -en aquel caso acerca de una película y un actor determinado- y anotar las respuestas que contuvieran un “yo, me, mí”. Mi amiga ejerció en la sombra el papel de anotadora de resultados: de 11 personas, sólo 1 de ellas constituyó excepción y respondió con una pregunta, interesándose por los gustos de quien le espetaba (en ese caso, la autora de esto). Todas las demás reaccionaron proporcionando información de ellas mismas.
Si bien el resultado de aquella anécdota no aspira a más, dado el diminuto rango del muestreo, la autora se vé en la necesidad de señalar que, en los años siguientes, no hace sino confirmar cada vez más la conclusión intuitiva: a la inmensa mayoría de personas les produce mucho más placer hablar sobre sí mismas que interesarse por las del otro.
Les invito a hacer la prueba ustedes mismos; es gratis y curioso.
Escuchar no es oir ni simplemente intercalar información sobre uno mismo cuando termina el otro, como en el diálogo de Cortázar. Escuchar de verdad mantiene intensamente vivas las relaciones, mientras que oir simplemente las perpetúa.

Y si sintieran curiosidad por la diferencia entre simpatía y empatía, este breve video lo resume estupendamente https://www.youtube.com/watch?t=37&v=1Evwgu369Jw