26 noviembre 2013

Eros y Thánatos

"¿Qué significa el erotismo de los cuerpos sino una violación del ser de los que toman parte en él? ¿Una violación que confina con la muerte? ¿Una violación que confina con el acto de matar?"
(G. Bataille)


“En esta fascinación indeterminada por sentimientos contradictorios, pueden coexistir junto con la sensualidad y el erotismo, la muerte”
(Hans Bellmer)


Reeditado 131126: http://www.europapress.es/ciencia/noticia-babosas-mar-apunalan-cabeza-sexo-20131126131848.html



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31 octubre 2013

EL DESCUBRIMIENTO DE LA SOMBRA EN LA VIDA COTIDIANA



por: William A. Miller
(del libro Encuentro con la sombra, de Zweig, Connie)

Existen por lo menos cinco eficaces métodos de observamos a nosotros mismos y aprender algo sobre nuestra sombra:
1) solicitar el feedback de los demás;
2) desvelar el contenido de nuestras proyecciones;
3) examinar los «lapsus» verbales y conductuales que cometemos e investigar lo que ocurre cuando los demás nos perciben de modo diferente a como lo hacemos nosotros;
4) investigar nuestro sentido del humor y nuestras identificaciones y
5) analizar nuestros sueños, ensueños y fantasías.


Solicitar el feedback de los demás

Comencemos mirando más allá del espejo que nos refleja. Cuando estamos frente a un espejo sólo vemos nuestro reflejo tal como lo queremos ver pero si miramos más allá del espejo nos veremos como nos ven los demás.
Si esta técnica nos parece muy difícil hagámoslo con otra persona. Evoquemos la imagen de alguien que, en nuestra opinión, se esté engañando a sí mismo. Esto quizás no nos resulte tan difícil porque estamos bastante familiarizados con las dimensiones de la sombra de los demás y hasta nos resulta sorprendente que puedan ignorar algo tan evidente.
Ahora bien, aunque sólo sea en teoría no podremos dejar de estar de acuerdo -por más que nos empeñemos en negarlo - de que lo mismo que me ocurre a mí le sucede también a usted. Quiero decir que si yo puedo ver claramente su sombra -ante la que usted permanece ciego- no es improbable que usted pueda ver claramente la mía -que tan difícil me resulta de observar y que si me parece interesante decirle lo que veo de usted (de un modo amable, obviamente) también es muy probable que a usted le parezca interesante decirme lo que ve de mí (también de un modo amable, por supuesto).
Así pues, el feedback que nos proporcionan los demás, la descripción que pueden hacer sobre cómo nos ven, constituye una de las formas más eficaces de tomar conciencia de nuestra sombra personal.
Desafortunadamente, sin embargo, el simple hecho de pensar en ello nos hace sentir amenazados y preferimos seguir creyendo que los demás nos ven del mismo modo en que nos vemos nosotros.
Las personas que nos conocen bien se hallan en una posición privilegiada para ayudarnos a
descubrir nuestras facetas más oscuras. Estamos refiriéndonos, claro está, a nuestra esposa, a alguien que nos importe realmente, los amigos íntimos, los socios o los compañeros de trabajo. Paradójicamente, sin embargo, no parecemos estar muy dispuestos a escuchar lo que puedan decirnos estas personas -que potencialmente son las más adecuadas a nuestro interés - y justificamos nuestra falta de atención con el pretexto de que son subjetivos, están proyectando o tienen intereses en el asunto. Obviamente, resulta mucho menos peligroso escuchar a un extraño que a alguien que nos conoce bien pero no olvidemos tampoco que la descripción que pueden brindarnos aquéllos no será tan exacta como la que puedan ofrecernos estos últimos.
Hay que tener en cuenta que las propuestas que presentamos no son fáciles de llevar a cabo. Supongamos que le pido que me dé su feedback y que usted me responde que, en las distintas situaciones en las que nos hemos visto implicados, ha advertido que soy una persona condescendiente. Quizás tenga dificultades en escuchar su comentario pero no me resultará muy difícil aceptarlo. Es posible que quiera responderle « ¿De qué está hablando? Precisamente lo último que yo querría es ser... condescendiente». Pero me callo.
Esta respuesta constituye una evidencia substancial de que he tropezado con un verdadero rasgo o característica de la sombra. Cada vez que respondemos exageradamente «a favor» o «en contra» de algo y nos mantenemos inflexibles en nuestra actitud existen sobradas razones para sospechar que nos hallamos en territorio de la sombra y que haríamos bien en investigar.
Pero, aún en el caso de que me resulte extraordinariamente difícil creer que puedo parecer condescendiente escucho su comentario y lo acepto. Entonces voy a un amigo íntimo, le explico lo que estoy haciendo, y le digo que alguien me ha comentado que me ve como una persona condescendiente. Luego le pido que sea sincero y que me diga cómo me percibe. Quizás me baste con esta nueva opinión o quizás necesite seguir repitiendo el proceso. En cualquier caso, si soy sincero conmigo mismo, debería interesarme por lo que me dicen los demás -sea lo que fuere- a este respecto. De modo que cuando la opinión de varias personas sea coincidente haría bien en tomar nota de sus observaciones -esté o no de acuerdo con ellos- y dedicarme a examinarlas con detenimiento.

Analizar nuestras propias proyecciones

Una segunda forma de aproximarnos a la sombra personal consiste en examinar nuestras proyecciones.
La proyección es un mecanismo inconsciente que acontece cuando se activa un rasgo o una característica de nuestra personalidad que permanece desvinculada de nuestra conciencia. Como resultado de la proyección inconsciente percibimos este rasgo en la conducta de los demás y reaccionamos en consecuencia. Así vemos en ellos algo que forma parte de nosotros mismos pero que no reconocemos como propio.
Las proyecciones pueden ser tanto negativas como positivas. La mayor parte del tiempo, sin embargo, lo que vemos en los demás son aquellos atributos que nos desagradan de nosotros mismos. Por consiguiente, para descubrir los elementos de la sombra debemos examinar qué rasgos, características y actitudes nos molestan de los demás y en qué medida nos afectan.
La manera más sencilla de llevar adelante este trabajo consiste en hacer una lista de las cualidades que nos desagradan de los demás como, por ejemplo, la vanidad, el mal humor, el egoísmo, la mala educación, la avaricia, etcétera. Una vez hecha la lista -que probablemente será muy larga- debemos seleccionar aquellas características que más odiemos, aborrezcamos o despreciemos. Por más difícil que nos resulte de creer -y aún más de asumir- este inventario final nos mostrará una imagen fidedigna de nuestra propia sombra personal.
Si, por ejemplo, he anotado que la arrogancia me resulta insoportable y si además critico de manera inflexible este rasgo en los demás convendrá que analice mi propia conducta para ver en qué medida yo también soy arrogante.
Obviamente no todas nuestras críticas son proyecciones de rasgos propios indeseables pero cuando nuestra crítica sea desproporcionada o excesiva podemos estar seguros de que algo inconsciente ha sido estimulado y reactivado. Como ya hemos dicho anteriormente, para que la proyección tenga lugar la persona sobre la que proyectamos debe presentar ciertos «garfios». Si Jim es arrogante, por ejemplo, es bastante «razonable» que me sienta ofendido por su conducta pero cuando mi condena de Jim exceda a su falta no cabe la me nor duda de que está en juego mi propia sombra personal.
Las situaciones conflictivas desatan emociones muy in tensas proporcionándonos, por tanto, un terreno excepcional para la proyección de la sombra. En ellas podemos aprender muchas cosas sobre nuestra sombra ya que lo que censuramos en nuestros «enemigos» no es más que una proyección oscura de nuestra propia oscuridad.
Pero no sólo proyectamos cualidades negativas sobre los demás sino que también hacemos lo mismo con las positivas. En los demás también advertimos rasgos positivos propios que, por alguna razón, rechazamos y nos pasan, por tanto, desapercibidos.
No es extraño, por ejemplo, percibir cualidades positivas en los demás sin que exista la menor
evidencia empírica que las sostenga. Esto suele suceder, por ejemplo, en el amor ro mántico y en aquellas ocasiones en las que valoramos positivamente a los demás. Los amantes, cautivos de su deseo por la persona amada, suelen proyectar sus atributos positivos sobre ella. En cierto modo, el rasgo proyectado debe estar ahí, de otra forma la proyección no tendría lugar, pero lo cierto es que la intensidad de la presencia real de ese rasgo en la persona amada suele diferir notablemente del grado en que lo percibe el amante. Susan, por ejemplo, proyecta la dimensión amable y generosa de su sombra sobre Sam y le ala ba por su amabilidad, particularmente por su amabilidad hacia ella. Los amigos quizás traten de hacerle ver que, aunque Sam no sea egoísta ni avaricioso, sus demostraciones de ama bilidad y generosidad son transitorias pero Susan, sin embargo, no quiere escucharles.
Una vez que hemos quedado «enganchados» de una cualidad positiva de otra persona podemos proyectar sobre ella todo tipo de cualidades positivas. Esto es algo que ocurre con cierta frecuencia en las entrevistas personales y se conoce con el nombre de «efecto halo». En tal caso la proyección de las cualidades positivas del entrevistador sobre el entrevistado le proporcionarán una considerable evidencia de que se halla ante una persona casi perfecta.
Estos ejemplos ilustran situaciones problemáticas pero demuestran claramente el poder de las
proyecciones positivas. Debemos comprender que nuestra sombra contiene tanto cualidades positivas como cualidades negativas. En este sentido, también resulta sumamente interesante enumerar las cualidades que más admiremos en los demás. Así, por ejemplo, cuando nos escuchemos decir: «Yo nunca podré ser así» haríamos bien en analizar esos rasgos porque es muy probable que formen parte de nuestra Sombra Dorada.

Examinar nuestros «lapsus»

Un tercer método para explorar nuestra sombra personal consiste en examinar los «lapsus linguae», los lapsus conductuales y las percepciones equivocadas. Los lapsus linguae son aquellas equivocaciones involuntarias que nos ponen en un aprieto.
La sombra, que es en parte todo aquello que queremos ser -pero que no nos atrevemos a ser-, constituye el escenario más apropiado para la manifestación de este tipo de fenómenos. Justificaciones tales como «esto es lo último que hubiera querido decir» o «no puedo creer que yo haya dicho eso» demuestran que si bien la conciencia es la que propone la sombra es la que suele terminar disponiendo.
Ann, por ejemplo, ha aprendido a tolerar todo lo que hacen los demás. Por consiguiente, cuando su amiga Chris decidió, a los dieciséis años, matricularse en una escuela de modelos, Ann la felicitó aunque internamente pensaba que era una ridiculez. Así, cuando felicitó a Chris por su decisión, su sombra tomó la palabra y dijo: «Estoy segura de que será una tontería (muddle) extraordinaria».
Obviamente, lo que Ann quería decir era «modelo» (model) pero -inconsciente de su desaprobación de la decisión de Chris - dijo «tontería» que es lo que realmente pensaba sobre la situación.
Los lapsus de conducta son, si cabe, más reveladores todavía. En ocasiones parece que no exista explicación alguna para la conducta «aberrante» de una persona. En tales casos alguien podría perfectamente decir: «No sé que le ha ocurrido. ¡Jamás le había visto actuar así!» Los lapsus conductuales suelen ser conductas que parecen completamente ajenas a la persona que los comete y que dejan atónitos a todo el mundo -incluida, claro está, la persona en cuestión.
Existe también otro tipo de lapsus en los que nos presentamos de manera diferente a cómo fingimos. Un confe renciante, por ejemplo, que intenta ofrecer un aspecto simpático ante su audiencia puede descubrir luego, sorprendido, que los demás le han visto como «alguien muy sarcástico»; una mujer recatada y tímida puede sentirse incómoda en una fiesta ante la conducta de los hombres y ser, al mismo tiempo, totalmente inconsciente de su propio coqueteo y un hombre que ha sido invitado a dar una breve charla de homenaje a un colega en una comida puede quedarse pasmado cuando su esposa le censura lo «amablemente despectivos» que han sido sus comentarios.
Tales situaciones -tan conocidas, por otra parte, por todos nosotros- nos ofrecen la oportunidad de bucear en nuestro interior y salir beneficiados de ese viaje. En nuestra mano está el hacerlo o no hacerlo. Podemos reírnos de esos lapsus, mantenernos a la defensiva, racionalizarlos o esconderlos bajo la alfombra pero sólo afrontarlos nos permitirá descubrir la oscuridad que se oculta en nuestra sombra, profundizar en nuestro propio autoconocimiento y poner fin a esos embara zosos, inoportunos y, en ocasiones , hasta destructivos «deslices».

Investigar nuestro sentido del humor y nuestras identificaciones

Un cuarto método para acceder a la sombra personal consiste en investigar nuestro sentido del
humor y las respuestas que suscita en nosotros el humor. La mayoría de nosotros sabe que el sentido del humor suele evidenciar mucho más de lo que se ve a simple vista. De hecho, quien habla en esas ocasiones suele ser la misma sombra. Por otra parte, quienes rechazan y reprimen a la sombra suelen carecer de sentido del humor y se divierten con muy pocas cosas.
Veamos, por ejemplo, el viejo chiste de los tres curas de un pequeño pueblo que se reúnen en una especie de «grupo de apoyo». A medida que transcurre el tiempo su amistad crece y aumenta su confianza. Cierto día deciden que ya tie nen la suficiente confianza para confesar sus pecados más graves y compartir así su culpa. «Confieso que he robado dinero del cepillo» -dice el primero. «Eso no está bien -afirma el segundo, prosiguiendo-. Mi principal pecado ha sido el de haber tenido un asunto con una mujer del pueblo vecino». Entonces, el tercero, después de haber escuchado las desdichas de sus compañeros, agrega: «Hermanos, debo confesaros que mi mayor pecado es ser un terrible charlatán. ¡Y que ardo en deseos de salir de aquí! »
La mayoría de nosotros explicamos que este chiste nos hace reír porque es divertido pero lo cierto es que nos conecta con el aspecto sombrío del cotilleo y que lo que nos causa gracia es el hecho de identificarnos con el placer que le aguarda al tercer cura difundiendo por el pueblo los pecados de sus colegas. Obviamente, nosotros sabemos que eso está mal y no desearíamos hacerlo pero, recordemos que la sombra es, entre otras cosas, lo que quisiéramos pero no osamos hacer. El hecho de que este chiste nos resulte divertido puede permitirnos así profundizar un poco la conciencia de nosotros mismos.
Por otra parte, quien niega y reprime a su sombra no encontrará divertido el chiste sino que lo censurará agriamente. Tal persona concluirá, por ejemplo, que el chis te no tiene nada de divertido y que los tres curas deberían ser castigados por sus pecados.
Sabemos que es de mal gusto disfrutar con el dolor y el infortunio de los demás pero nos resultan muy divertidas las caídas de alguien que patina por vez primera sobre el hielo. En los albores de la historia del cine una de las escenas que más hacían disfrutar al público era el clásico resbalón sobre una piel de plátano. Nos reímos a carcajada limpia del cómico que nos cuenta sus adversidades. En todas estas situaciones el humor evoca risa como expresión de nuestro sadismo reprimido. No cabe la menor duda de que lo que despierta nuestro sentido del humor, aquello que nos resulta especialmente divertido puede contribuir a aumentar nuestro autoconocimiento.
En los acontecimientos deportivos -especialmente en las competiciones- podemos observar fácilmente la magnitud e intensidad de la sombra. En este ámbito son alentadas e incluso aplaudidas conductas que en otro entorno resultarían censurables e incluso condenables. Ahí personas afables en otras circunstancias pueden gritar afirmaciones rayanas en la inducción al asesinato. En cierta ocasión fui a un combate de lucha a realizar una encuesta y tropecé con un grupo de ancianas cuya conducta me resultó tan fascinante que olvidé por completo lo que había ido a hacer. Se comportaron de un modo completamente «normal» hasta el momento en que los luchadores subieron al ring. Entonces se pusieron en pie, cerraron los puños y comenzaron a vociferar expresiones vicarias de la agresividad de la sombra tales como: « ¡Mata a ese sucio bastardo!» « ¡No le dejes escapar!» « ¡Rómpele los brazos!»

Analizar nuestros sueños, ensueños y fantasías

El estudio de los sueños, ensueños y fantasías nos proporciona un último camino para tomar contacto con nuestra sombra personal. Aunque digamos lo contrario todos nosotros soñamos, ensoñamos y fantaseamos y si prestamos atención a esas actividades podremos aprender muchas cosas sobre nuestra sombra y sobre sus contenidos.
Cuando la sombra aparece en nuestros sueños asume el aspecto de una figura de nuestro mismo sexo. En el sueño reaccionamos ante ella con miedo, desagrado o disgusto, igual que lo haríamos ante alguien a quien consideráramos inferior. En los sueños huimos de la sombra, la evitamos y frecuentemente experimentamos que nos persigue. La sombra también puede aparecer como una figura difusa a la que teme mos y de la que intuitivamente escapamos. Nuestra tendencia habitual ante la sombra consiste en evitarla del mismo modo que solemos hacerlo en la vida consciente.
Pero esta figura es nuestra propia sombra -o un aspecto significativo de ella- por consiguiente, la actitud más adecuada será la de afrontarla y descubrir qué es y qué pretende. Debemos observar sus acciones, sus actitudes y sus palabras (en el caso de que pronuncie alguna). La sombra, a fin de cuentas, encarna dimensiones de nuestro ser que podrían ser conscientes y, por tanto, constituye un yacimiento muy provechoso para nuestro autoconocimiento.
Quizás insistamos en nuestra negativa a aceptar el hecho de que ensoñamos y fantaseamos pero lo cierto es que resulta imposible que la mente se mantenga atenta y concentrada durante toda nuestra vigilia. Por consiguiente: ¿qué pensamos cuando no estamos pensando en nada? ¿Dónde va nuestra mente? ¿Qué imágenes o fantasías pueblan nuestro pensamiento? Nuestros ensueños y nuestras fantasías pueden ser tan extrañas y contrarias a nosotros que hasta pueden resultar aterradoras. No se trata de algo que estemos dispuestos a admitir fácilmente ante los demás y, en muchas ocasiones, ni siquiera las aceptamos ante nosotros mismos.
Pero negar su existencia es perder otra oportunidad de conocernos a nosotros mismos. En nuestras fantasías y en nuestros ensueños cotidianos podemos descubrir pensamientos, proyectos, deseos y sueños que somos incapaces de aceptar a un nivel consciente. Suelen ser fantasías de vio lencia, poder, riqueza y sexo. Son ensueños de abundancia en los que conseguimos lo imposible. Una vez más, la sombra se halla dispuesta a compartir su patrimonio si la aceptamos y reflexionamos sobre ella.
Concluiremos diciendo que nadie puede tomar por nosotros la decisión de afrontar el mundo de nuestra sombra personal. Por otra parte, cada uno de nosotros tiene una vía de acceso diferente y debe seguir su propio camino. Pero aunque no exista un pro cedimiento universal para emprender este viaje interno al mundo de la sombra, las recomendaciones que hemos presentado en este capítulo pueden resultar de mucha utilidad.
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08 junio 2013

Hagas lo que hagas, te encontrará (el destino en cuento oriental)

"De vivir es de lo que todos nos morimos"
(E. Jardiel Poncela) 

“Había un mercader en Bagdad que envió a su criado al mercado a comprar provisiones, y al cabo de poco tiempo el criado volvió con la cara blanca y temblando y dijo: Maestro, justo ahora cuando estaba en la plaza del mercado fui empujado por una mujer que estaba entre el gentío, y cuando me volvía vi que era la Muerte la que me había empujado. Me miró e hizo un gesto amenazante; ahora, préstame por favor tu caballo que me voy de la ciudad para evitar mi destino. Voy a ir a Samarra y allí la Muerte no me encontrará. El mercader le dejó el caballo y el criado se montó en él, clavó las espuelas en sus costados y se marchó tan veloz como podía galopar el caballo. Entonces el mercader se fue al mercado y vio a la Muerte entre la multitud, se acercó y le dijo: ¿Por qué hiciste un gesto amenazador a mi criado al que viste esta mañana? Eso no fue un gesto amenazador, respondió la Muerte, sólo fue una expresión de sorpresa. Estaba asombrado de verlo en Bagdad, porque yo tenía una cita con él esta noche en Samarra."

20 mayo 2013

¿Somos buenos, malos o todo lo contrario?



1. Introducción
Este es un comentario sobre los textos “Consideraciones de actualidad sobre la guerra y la muerte” (1915) de Sigmund Freud, y “Agresión y narcicismo” (cap. 17 de “Anatomía de la agresividad”) (1975) de Erich Fromm.
El primero, obra de S. Freud (1856-1939), fundador de la escuela psicoanalítica y reconocido hasta nuestros días por su investigación sobre el inconsciente, fue escrito en 1915, después de comenzada la I Guerra Mundial (en la cual Freud, junto a Einstein y otros científicos, adoptaría una postura pacifista). El segundo texto es de Erich Fromm (1900-1980), que entonces era adolescente y estudiaría más tarde en el instituto fundado por Freud en Berlín, dedicándose asimismo al psicoanálisis. Si bien fue admirador de Freud, en sus años finales su alejamiento de él es patente en varias de sus obras, como “El miedo a la libertad” (1941) o “La misión de Sigmund Freud” (1956).
Una de las visiones enfrentadas entre ambos es sobre la naturaleza de los instintos agresivos humanos, de la cual tratan los textos de este comentario que intenta reflejar sus distintas posturas al respecto.
2. Resumen
2.1 Texto 1 (Freud)
Parte 1: La agresividad
Freud aparece decepcionado por la actitud que los hombres muestran en pleno conflicto bélico. Nos introduce primero al concepto de civilización, entendida como un conjunto de normas aplicadas por el Estado para el bien de la armonía en la comunidad, Estado que por otro lado “censura la intercomunicación y la libre expresión”. Según él, los instintos “malos” del hombre pueden ser transformados en “buenos” por dos vías: la mencionada civilización (factor exterior) y el erotismo (factor interior). Sin embargo, esta transformación no es irreversible sino susceptible de regresión a un estado anterior bajo determinadas situaciones. Una de ellas sería precisamente la guerra.
Según Freud, la inteligencia no puede ir desligada de la vida sentimental[1]. De ello deduce que una explicación de que la guerra lleve a los hombres a actuar en forma tan poco racional sería que aquella altera previamente el mundo de las pasiones, enajenando por tanto toda lógica. La guerra llevaría esa actitud individual al nivel de nación contra nación.
Parte 2: Actitud ante la muerte
La muerte es algo que no aceptamos en nuestro pensamiento cotidiano, como si no existiera o fuéramos inmortales. En este apartado, Freud expone dos ideas:
a) Nuestra postura emocional ante la muerte proviene de la horda primitiva. Nuestros ancestros debieron experimentar sentimientos contradictorios: por un lado, alegría por la muerte de un enemigo, y, por otro, alegría asimismo por la de los seres queridos. Esto, que es aparentemente paradójico, se debería a la ambigüedad inherente a la psique humana (amor/odio) ya que un ser querido, después de todo, es alguien ajeno: su muerte no es la del yo, por otro lado siempre desconocida. Este sentimiento paradójico sería el germen de un sentimiento de culpabilidad que habría encontrado compensación en la creencia en la inmortalidad, y poco después en la religión.
b) Antes de la religión, la primitiva moral de nuestros antepasados debió hacerles insensibles al asesinato. Según Freud esa pulsión es innata, y es también la explicación más plausible para que fueran precisos mandamientos que lo prohibieran (“descendemos de una larguísima serie de generaciones de asesinos”). El autor va más lejos aún, asegurando que, todavía hoy, el miedo a la muerte procede de aquel primitivo sentimiento de culpabilidad, y que en nuestro inconsciente el asesinato es, en realidad, incluso deseado.
2.2 Texto 2 (Fromm)
Para analizar la violencia del hombre Fromm parte del narcicismo, reprochando a Freud que lo vinculara demasiado a la líbido. Separado de ésta, el narcicismo es un estado en el cual “sólo uno y lo suyo es sentido como real”, lo demás no interesa. El narcicista se aferra a su autoimagen con ceguera y una clara falta de objetividad porque le ofrece seguridad, y este fenómeno se amplía al narcicismo colectivo con idénticos efectos. En ambos casos -individual o colectivo- se reacciona a la crítica o la amenaza con violencia, ira o deseo de venganza (debido al miedo a perder la sensación de amparo que proporciona al narcicista el amor a sí mismo o a su grupo).
Para este autor, las causas de la agresión son cuatro: (a) el citado narcicismo colectivo cuando lleva al fanatismo (el individuo integrado en la masa se siente libre de toda duda y poderoso); (b) resistencia -uno de los mecanismos de defensa según Freud- que aparece ante el temor al descubrimiento, por parte de otro, de una verdad reprimida en el inconsciente; (c) conformismo, p.e. la obediencia del soldado a la autoridad militar[2]; y (d) agresión instrumental, aquella justificada por el objetivo de obtener algo. La frontera entre este deseo intenso y la voracidad -reflejada en nuestros días en el consumismo- es borrosa, pero también la voracidad puede inducir a la agresión (p.e. por un drogadicto). Otra razón para la agresión, en el caso del soldado, sería la presión de tener que decidir entre “matar o ser muerto”; aunque Fromm no categoriza este motivo, se entiende que se refiere al instinto de supervivencia.
3. Confrontación
Básicamente, Freud defiende la idea de que la raiz de los instintos brutales del hombre está en la propia naturaleza humana y que la agresividad puede ser reprimida por la cultura, aunque no de un modo definitivo. En contraposición, Fromm contempla la actitud agresiva como algo cuyo origen no se encuentra en lo innato sino en el terreno de lo contingente.[3]
Para S. Freud, la facilidad con que afloran los instintos de crueldad con motivo de una guerra viene a confirmar su sospecha de que dichos instintos permanecían simplemente inhibidos, y que el comportamiento “civilizado” previo a la guerra no era una ganancia evolutiva sino producto de la hipocresía social que, en condiciones normales (o sea, en tiempo de paz), juzga demasiado superficialmente los actos más que sus verdaderas motivaciones (“los hombres no han caído tan bajo como temíamos porque tampoco se habían elevado tanto como nos figurábamos”). Con esto viene a decir que los estadios evolutivos se superponen unos a otros y que los instintos más primarios siguen latentes, pudiendo por tanto resurgir bajo cualquier circunstancia que anule el efecto de aquello que los mantenía inactivos (“el individuo que entra a formar parte de una multitud se sitúa en condiciones que le permiten suprimir las represiones de (...) su inconsciente individual (...) en el que se halla contenido en germen todo lo malo existente en el alma humana.” (Freud, 1921)). El estado de guerra sería, pues, una de esas circunstancias que suprimen la represión.
Fromm, por el contrario, justifica la conducta agresiva en una línea mucho más ambientalista, como una respuesta casi comprensible. Para él las principales causas de la guerra serían la agresión instrumental (por parte de las naciones) seguida de la obediencia a la autoridad (por parte del individuo). En claro contraste a la postura de Freud, dice: “la tesis de que la guerra se debe a la destructividad innata del hombre es claramente absurda (...) con el desarrollo de la civilización han aumentado la frecuencia y la ferocidad de las guerras. Si la guerra se debiera a impulsos destructivos innatos, hubiera sucedido lo contrario”. Para este autor es evidente que la I Guerra Mundial, como cualquier otra, se debió a intereses económicos y ambiciones de hegemonía (“es un error creer que aquella guerra tuvo su origen en el deseo de las poblaciones (...) de descargar su agresividad”). También recrimina a Freud haber tergiversado las estadísticas con objeto de reforzar su teoría (“datos que hubieron de ser deformados para servir a su propósito”).
4. Conclusión
A pesar de sus diferencias elementales, ambos autores coinciden en que el impulso de agresión -sea cual sea su causa- se expande de un modo natural desde lo individual hasta lo colectivo: mientras Fromm propone este mecanismo para el fenómeno del narcicismo herido, Freud cree en un proceso similar para los instintos destructivos.
Curiosamente, Fromm menciona que “mientras el soldado combate con el enemigo en defensa de su vida no tiene que combatir con los miembros de su propio grupo por el pan”. Este comentario parece algo contradictorio, pues con esto estaría admitiendo que la agresividad está en efecto implícita en el ser humano y que la guerra constituiría, en esencia, una vía de escape más justificable que otras.
Es muy probable que ambas posturas sean algo extremas y que la respuesta a los interrogantes planteados por estos dos autores se halle en un punto intermedio o en una combinación de ambas, como sucede con tantos otros pares de teorías que se han confrontado, a lo largo de la Historia, en relación a temas tan complejos pero tan fascinantes como la conducta del ser humano.

BIBLIOGRAFÍA

- CID, P.: “Acerca de Fromm” (artículo electrónico, en www.geocities.com)
- DAMASIO, A.: El error de Descartes, Barcelona, Ed. Crítica (1994)
- FROMM, E.: El miedo a la libertad. Buenos Aires, Ed. Paidos (1950)
- FREUD, S.: Psicología de las masas y análisis del Yo. Ed. Psikolibro.
- HERGENHAHN, B.R.: Introducción a la Historia de la Psicología. Madrid, Thomson Editores (2001)


[1] Esta afirmación de Freud está siendo corroborada en la actualidad por investigaciones de los neurólogos portugueses A. y H. Damasio sobre la estrecha relación entre la amígdala y la toma de decisiones.
[2]Para Hitler (…) el ario está dispuesto a someter su propio ego a la vida de la comunidad” (El Miedo a la libertad, 1941, p. 143)
[3] Hay que tener en cuenta que Fromm había investigado ampliamente el fenómeno del nazismo en la II Guerra Mundial, y que el texto de Freud fue escrito veinticinco años antes. De hecho, moriría el mismo mes en que fué declarada esa guerra.

05 abril 2013

Narciso y Eco


El mito de Narciso y Eco es muy interesante, porque aparte de la posesión por parte de las ninfas, hay varios elementos psicológicos disimulados en cada detalle. Indagando sobre el motivo por el cual Narciso puede rechazar a Eco, vemos que Simonne de Beauvoir, en El Segundo Sexo, dice:
"Muchos hombres (...) en lugar de una revelación exacta, buscan en el fondo de dos ojos vivaces su imagen nimbada de admiración y de gratitud, divinizada. Si tan frecuentemente se ha comparado a la mujer con el agua, es porque, entre otras cosas, ella es el espejo donde se contempla el Narciso masculino (...) Pero lo que en todo caso le pide es que sea todo cuanto no puede él aprehender en sí mismo, porque la interioridad (...) para alcanzarse necesita proyectarse en un objeto. La mujer es para él la suprema recompensa, puesto que ella, bajo una forma extraña que puede él poseer en su carne, es su propia apoteosis. Es a ese «monstruo incomparable», a sí mismo, a quien estrecha entre sus brazos cuando abraza al ser que resume para él al Mundo (...). Al unirse entonces a ese otro a quien ha hecho suyo, espera alcanzarse a sí mismo. Tesoro, presa, juego y riesgo, musa, guía, juez, mediadora y espejo, la mujer es lo Otro en lo que el sujeto se supera sin limitarse y que se opone a él sin negarlo; ella es lo Otro que se deja anexionar sin cesar de ser lo Otro. De ahí que sea tan necesaria para la dicha del hombre y para su triunfo"
Según la historia oficial, Eco es un ser reducido al eco de los sonidos lo cual la hace parecer casi tartamuda (castigo en una versión de Hera y en otra versión de Pan, por distintas razones). Esta particularidad le impide expresarle su amor a Narciso de un modo suficientemente seductor, así que, aparentemente, el error de él al rechazarla es darle más peso al lenguaje verbal que al del corazón. Porque Eco es la Voz, una voz incorpórea, lo cual hace algo más comprensible el rechazo de Narciso (emparejarse con alguien sin cuerpo parece poco prometedor para una vida de pareja satisfactoria). Pero no hay que perder de vista que, según Graves, "todas las mujeres se enamoraban de él, pero él las rechazaba a todas, diciendo que el amor no le interesaba."
Lo realmente curioso es que, a causa de su defecto en el habla, lo único que puede hacer la pobre Eco en vez de declarar su amor a Narciso es devolverle a éste sus propias palabras ("¿Hay alguien aquí?" -dice Narciso al oir un ruido en el bosque- y Eco respondía "Aquíii... aquíii..."). Vemos, pues, que su función en el mito es, en realidad, enfrentar a Narciso a sus propias preguntas, verbalizárselas a su modo desde su condición de ninfa, devolvérselas ampliadas. De aquí se podría deducir que lo que le incomoda a Narciso, aunque él no lo sepa, no es la ninfa sino algo de él mismo. Ante tal dificultad de comunicación él opta -en vez de abrazar a ese Otro del que habla De Beauvoir- por ir a mirarse en otro espejo sin voz, el agua (ente femenino por excelencia) en la que morirá ahogado por sobresaturación de sí-mismo, bautizando así el narcicismo.


escriptorum54 dijo...

A mí me resulta triste la historia de Narciso. no lo puedo evitar.

Un abrazo
30/7/07 09:01

quantum dijo...

La belleza de la tragedia y la tragedia de la belleza.
Espléndido escrito. Feliz estoy con este reencuentro.
Un gran abrazo y seguido.
31/7/07 22:59

A. di Zacco dijo...

Gracias ambas y bienvenidas siempre.
31/7/07 23:34

Paco Traver dijo...

Los hombres lo que buscamos es el deseo del deseo, esa es la gracia
1/8/07 23:47

karina dijo...

Maravilla lo que he leído llegada hasta acá por el azar de mi curiosidad.

Un saludo!
2/7/09 22:34

04 noviembre 2012

El beso


Hay besos obligados y besos espontáneos, besos en exclusiva, besos de fuego y lujuria, de preámbulo sabido, besos estudiados, besos que crean adicción, besos con rocío de alborada, besos que saben a espera y a lava, besos esquivos robados a las hadas, besos amplios y sabios, besos de resorte a otros planos, besos de viejos amigos, de salutación alegre, besos que se entretienen a sí mismos fuera del tiempo, besos lanzados al aire, besos soñados que nunca germinarán, besos de The End, besos de recreo, besos mágicos que no sacian jamás, besos disfrazados de nube y almibar, besos de Judas, besos de última despedida, besos fusionales en desnudez plena, besos descoloridos, besos imaginarios, besos que abren puertas antiguas, besos guiados por la mano, besos con destellos de prisa, besos que beben lágrimas, besos como desde el fondo de un lago, besos urgidos por un deseo sin aliento, besos dados a lomos del arco iris, besos absorbentes, demorados, pasivos, radiantes o traviesos, pero los mejores son los que nos sueñan ellos a nosotros desde su mundo paralelo e intangible.
(Imágenes: besos de Magritte, Rodin, Munch, Klimt, Dalí, Rett & Scarlett..)

La colitis de la nobleza

(fragmento de La historia de Saint Michele, de Axel Munthe)



"Muchos no estaban enfermos en modo alguno y quizá no lo hubieran estado nunca si no me hubiesen consultado. Muchos se imaginaban enfermos, y eran los que me contaban historias más largas; hablaban de la abuela, de la tía o de la suegra, o sacaban del bolsillo una hoja de papel y empezaban a leer una lista interminable de síntomas y trastornos —le malade au petit papier, solía decir Charcot—. Todo aquello era nuevo para mí, que no tenía ninguna experiencia fuera de los hospitales, donde no había tiempo que perder en tonterías, y cometía muchos desatinos. Más adelante, cuando empecé a conocer más la naturaleza humana, aprendí a tratar algo mejor a tales enfermos, pero nunca estábamos muy de acuerdo. Parecían muy trastornados cuando les decía que tenían buen aspecto y que su complexión era buena, pero reaccionaban rápidamente si añadía que la lengua parecía más bien sucia —lo cual era generalmente cierto—. En la mayoría de estos casos mi diagnóstico era que comían con exceso; demasiados pasteles y dulces de día, y cenas harto abundantes de noche. Probablemente, fue el diagnóstico más exacto que hice en aquellos días, pero ningún éxito tuve. Nadie quería saberlo. No agradaba. El diagnóstico que gustaba a todos era el de apendicitis. En aquella época estaban de moda las apendicitis entre la gente de la mejor sociedad que buscaba una dolencia. Todas las damas nerviosas la tenían en el cerebro, ya que no en el abdomen, y se encontraban muy bien con ella, y lo mismo sus médicos. Así, pues, opté gradualmente por las apendicitis y traté gran número de ellas con éxito diverso. Pero cuando empezó a correr la voz de que los cirujanos norteamericanos habían emprendido una campaña para cortar todos los apéndices de los Estados Unidos, mis casos empezaron a disminuir de un modo alarmante. Consternación:

—¡Cortar el apéndice, mi apéndice! —decían las señoras elegantes, agarrándose desesperadamente a su processus vermicularis, como una madre al propio hijo—. ¿Qué haría sin él?

—¡Cortar sus apéndices! ¡Mis apéndices! —decían los médicos consultando melancólicamente la lista de sus enfermos—. ¡En mi vida he oído semejante estupidez!

Pero si no hay nada en sus apéndices; si lo sabré yo, que debo examinarlos dos veces por semana. Soy absolutamente contrario.

Muy pronto fue evidente que las apendicitis pasaban de moda y que era preciso descubrir una nueva enfermedad para satisfacer la demanda general. Entonces la Facultad se mostró a su altura y lanzóse al mercado un nuevo mal, se acuñó una nueva palabra, una verdadera moneda de oro; la ¡colitis! Era una enfermedad conveniente, libre del bisturí del cirujano, siempre a mano en caso necesario y adaptable a todos los gustos. Nadie sabía cuándo venía ni cuándo se iba. Mas yo sabía que muchos de mis previsores colegas la habían ensayado con gran éxito en sus enfermos; pero a mí, hasta entonces, me había sido contraria la fortuna.

Uno de mis últimos casos de apendicitis creo que fue la Condesa X, que vino a consultarme recomendada por Charcot, según dijo ella. Charcot me mandaba de vez en cuando enfermos. Yo, como es natural, anhelaba hacer cuanto pudiera por ella, aunque no hubiese sido tan hermosa. Miró al joven oráculo con mal disimulada decepción en sus grandes ojos lánguidos, y dijo que quería hablar con Monsieur le Docteur lui-même, no con su ayudante —éste era el primer saludo que estaba yo acostumbrado a recibir de cada nuevo enfermo—. Al principio no sabía ella si tenía apendicitis, y le ocurría lo propio a Monsieur le Doctor lui-même; mas no tardó en estar segura de tenerla, ni yo en estarlo de que no la tenía. Cuando se lo dije, con imprudente brusquedad, se alteró mucho. El profesor Charcot le había dicho que yo descubriría seguramente lo que tuviera y la ayudaría; y en vez de eso... Rompió a llorar y yo lo lamenté mucho.

—¿Qué es lo que tengo? —sollozó, tendiendo las manos vacías hacia mí, con un ademán desesperado.

—Se lo diré si me promete estar tranquila.

Dejó de llorar de pronto y, enjugándose las últimas lágrimas de sus ojazos, dijo valerosamente:

—Puedo soportar cualquier cosa, ¡he sufrido tanto! No tema usted, no volveré a llorar. ¿Qué tengo?

—Colitis.

Sus grandes ojos tornáronse aún mayores, lo cual yo hubiera creído imposible.

—¡Colitis! Exactamente lo que siempre me había figurado. Estoy segura de que tiene usted razón. ¡Colitis! Dígame, ¿qué es la colitis?"


Un post sobre el libro: http://luismontielllorente.blogspot.com.es/2010/12/la-historia-de-san-michele-de-axel.html

21 octubre 2012

Predecir para ahorrar



En este post se planteaba cuál es la causa de que a los humanos nos moleste tanto –a veces lo reconocemos, otras no- el no “tener la razón”, hecho que deriva con mucha frecuencia en tensiones, discusiones y/o frustraciones que representan un alto coste energético, y que por otro lado no suelen llevar a ningún buen puerto. (Los mediterráneos y latinos, dicho sea de paso, somos un pueblo que cree que los decibelios del grito convencen más al otro que la sensatez.)
Pero no se trata tan sólo de no “tener la razón” ante un interlocutor, sino también ante la vida.
“¿Por qué esa manía crónica de ajustar o encajar contínuamente la realidad a lo percibido o creído de antemano? Quizá porque en nuestro fuero interno nos molesta bastante que la realidad subjetiva no acabe de coincidir con los esquemas que preconcebimos ni recordamos ya cuándo. El abismo que las separa nos produce vértigo”
Se apuntaba ahí al desajuste o abismo como metáfora de la diferencia que existe entre nuestras expectativas y la cruel realidad, y a la posibilidad de que sea precisamente esta especie de diferencia de potencial la que nos cuesta tanto manejar.
En el 2005, Álvaro Pascual-Leone, renombrado neurólogo español, declaraba en una entrevista hecha por Punset:

“lo que hace el cerebro es generar una expectativa (…) realiza una predicción sobre lo que debe esperar. Ahora, por ejemplo, me has formulado una pregunta esperando una respuesta (…) tienes ciertas expectativas sobre lo que diré y cómo lo diré, etcétera. Si surge algo distinto a lo esperado, se produce un conflicto entre tu lo que esperas y lo que obtienes. Creo que nuestro cerebro está codificado para generar expectativas y detectar lo inesperado. Así que, en último término, las ilusiones no son más que un momento de desequilibrio inesperado entre lo que esperamos que suceda y la realidad se nos presenta”

Pero sucede que el cerebro es muy listo, y sabe perfectamente que, por la cuenta que le trae, ha de espabilarse para ir saltando del modo más operativo (y rápidamente) los pequeños abismos cotidianos entre realidad y expectativa, entre predicción y hechos: no siempre predice bien.
Según los últimos descubrimientos del Max Planck Institute for Brain Research (Frankfurt) y el departamento de Psicología de la Universidad de Glasgow publicados el mes pasado en el Journal of Neuroscience, parece ser que la clave de ese intento desesperado de predecir -aunque con gran margen de error- no es otra que el ahorro de energía.

“Si nos encontramos frente al escritorio de nuestra oficina, que hemos visto cientos de veces, nuestro cerebro no necesita emplear mucho tiempo para procesar esta escena conocida. Lo que sucede, en realidad, es que nuestra corteza visual tiene ya formada una imagen mental de dicho espacio, que le sirve para predecir lo que veremos, antes incluso de que entremos en la habitación.  Sin embargo, si en un momento dado entráramos en la oficina y allí encontráramos algo totalmente inesperado, como a una persona desconocida sentada en nuestra propia silla, el cerebro tendría que hacer un gran esfuerzo para procesar una escena que no sería “tal y como se esperaba”.”

Dice Lars Muckli, uno de los investigadores que ha participado en el último estudio, “el cerebro espera ver cosas, y simplemente pretende confirmar sus expectativas.” Aquí está el extracto del artículo publicado (en inglés).
Como ven, parecería que en estos años transcurridos entre unas y otras investigaciones, no se haya adelantado mucho en el sentido de saber cómo evitar decepciones o frustraciones ante la grieta que aparece a veces entre nuestros deseos o previsiones y los hechos reales, a evitar sufrir ante la evidencia, pero quizá ya no quede mucho, si no para evitarlo, al menos para comprenderlo.
Mientras el humano no conozca la solución, el autoengaño y la negación freudiana parecen ser las alternativas más “al alcance” y que requieren menos energía de todas. Como dice el sabio refranero: “No hay peor sordo que el que no quiere oir”.
Ni peor ciego que el que no quiere ver, podría añadir(1).

(1) En lo relativo a la visión y al qué enfocamos y porqué, ver el post “Enfocandola probabilidad”.