20 mayo 2013

¿Somos buenos, malos o todo lo contrario?



1. Introducción
Este es un comentario sobre los textos “Consideraciones de actualidad sobre la guerra y la muerte” (1915) de Sigmund Freud, y “Agresión y narcicismo” (cap. 17 de “Anatomía de la agresividad”) (1975) de Erich Fromm.
El primero, obra de S. Freud (1856-1939), fundador de la escuela psicoanalítica y reconocido hasta nuestros días por su investigación sobre el inconsciente, fue escrito en 1915, después de comenzada la I Guerra Mundial (en la cual Freud, junto a Einstein y otros científicos, adoptaría una postura pacifista). El segundo texto es de Erich Fromm (1900-1980), que entonces era adolescente y estudiaría más tarde en el instituto fundado por Freud en Berlín, dedicándose asimismo al psicoanálisis. Si bien fue admirador de Freud, en sus años finales su alejamiento de él es patente en varias de sus obras, como “El miedo a la libertad” (1941) o “La misión de Sigmund Freud” (1956).
Una de las visiones enfrentadas entre ambos es sobre la naturaleza de los instintos agresivos humanos, de la cual tratan los textos de este comentario que intenta reflejar sus distintas posturas al respecto.
2. Resumen
2.1 Texto 1 (Freud)
Parte 1: La agresividad
Freud aparece decepcionado por la actitud que los hombres muestran en pleno conflicto bélico. Nos introduce primero al concepto de civilización, entendida como un conjunto de normas aplicadas por el Estado para el bien de la armonía en la comunidad, Estado que por otro lado “censura la intercomunicación y la libre expresión”. Según él, los instintos “malos” del hombre pueden ser transformados en “buenos” por dos vías: la mencionada civilización (factor exterior) y el erotismo (factor interior). Sin embargo, esta transformación no es irreversible sino susceptible de regresión a un estado anterior bajo determinadas situaciones. Una de ellas sería precisamente la guerra.
Según Freud, la inteligencia no puede ir desligada de la vida sentimental[1]. De ello deduce que una explicación de que la guerra lleve a los hombres a actuar en forma tan poco racional sería que aquella altera previamente el mundo de las pasiones, enajenando por tanto toda lógica. La guerra llevaría esa actitud individual al nivel de nación contra nación.
Parte 2: Actitud ante la muerte
La muerte es algo que no aceptamos en nuestro pensamiento cotidiano, como si no existiera o fuéramos inmortales. En este apartado, Freud expone dos ideas:
a) Nuestra postura emocional ante la muerte proviene de la horda primitiva. Nuestros ancestros debieron experimentar sentimientos contradictorios: por un lado, alegría por la muerte de un enemigo, y, por otro, alegría asimismo por la de los seres queridos. Esto, que es aparentemente paradójico, se debería a la ambigüedad inherente a la psique humana (amor/odio) ya que un ser querido, después de todo, es alguien ajeno: su muerte no es la del yo, por otro lado siempre desconocida. Este sentimiento paradójico sería el germen de un sentimiento de culpabilidad que habría encontrado compensación en la creencia en la inmortalidad, y poco después en la religión.
b) Antes de la religión, la primitiva moral de nuestros antepasados debió hacerles insensibles al asesinato. Según Freud esa pulsión es innata, y es también la explicación más plausible para que fueran precisos mandamientos que lo prohibieran (“descendemos de una larguísima serie de generaciones de asesinos”). El autor va más lejos aún, asegurando que, todavía hoy, el miedo a la muerte procede de aquel primitivo sentimiento de culpabilidad, y que en nuestro inconsciente el asesinato es, en realidad, incluso deseado.
2.2 Texto 2 (Fromm)
Para analizar la violencia del hombre Fromm parte del narcicismo, reprochando a Freud que lo vinculara demasiado a la líbido. Separado de ésta, el narcicismo es un estado en el cual “sólo uno y lo suyo es sentido como real”, lo demás no interesa. El narcicista se aferra a su autoimagen con ceguera y una clara falta de objetividad porque le ofrece seguridad, y este fenómeno se amplía al narcicismo colectivo con idénticos efectos. En ambos casos -individual o colectivo- se reacciona a la crítica o la amenaza con violencia, ira o deseo de venganza (debido al miedo a perder la sensación de amparo que proporciona al narcicista el amor a sí mismo o a su grupo).
Para este autor, las causas de la agresión son cuatro: (a) el citado narcicismo colectivo cuando lleva al fanatismo (el individuo integrado en la masa se siente libre de toda duda y poderoso); (b) resistencia -uno de los mecanismos de defensa según Freud- que aparece ante el temor al descubrimiento, por parte de otro, de una verdad reprimida en el inconsciente; (c) conformismo, p.e. la obediencia del soldado a la autoridad militar[2]; y (d) agresión instrumental, aquella justificada por el objetivo de obtener algo. La frontera entre este deseo intenso y la voracidad -reflejada en nuestros días en el consumismo- es borrosa, pero también la voracidad puede inducir a la agresión (p.e. por un drogadicto). Otra razón para la agresión, en el caso del soldado, sería la presión de tener que decidir entre “matar o ser muerto”; aunque Fromm no categoriza este motivo, se entiende que se refiere al instinto de supervivencia.
3. Confrontación
Básicamente, Freud defiende la idea de que la raiz de los instintos brutales del hombre está en la propia naturaleza humana y que la agresividad puede ser reprimida por la cultura, aunque no de un modo definitivo. En contraposición, Fromm contempla la actitud agresiva como algo cuyo origen no se encuentra en lo innato sino en el terreno de lo contingente.[3]
Para S. Freud, la facilidad con que afloran los instintos de crueldad con motivo de una guerra viene a confirmar su sospecha de que dichos instintos permanecían simplemente inhibidos, y que el comportamiento “civilizado” previo a la guerra no era una ganancia evolutiva sino producto de la hipocresía social que, en condiciones normales (o sea, en tiempo de paz), juzga demasiado superficialmente los actos más que sus verdaderas motivaciones (“los hombres no han caído tan bajo como temíamos porque tampoco se habían elevado tanto como nos figurábamos”). Con esto viene a decir que los estadios evolutivos se superponen unos a otros y que los instintos más primarios siguen latentes, pudiendo por tanto resurgir bajo cualquier circunstancia que anule el efecto de aquello que los mantenía inactivos (“el individuo que entra a formar parte de una multitud se sitúa en condiciones que le permiten suprimir las represiones de (...) su inconsciente individual (...) en el que se halla contenido en germen todo lo malo existente en el alma humana.” (Freud, 1921)). El estado de guerra sería, pues, una de esas circunstancias que suprimen la represión.
Fromm, por el contrario, justifica la conducta agresiva en una línea mucho más ambientalista, como una respuesta casi comprensible. Para él las principales causas de la guerra serían la agresión instrumental (por parte de las naciones) seguida de la obediencia a la autoridad (por parte del individuo). En claro contraste a la postura de Freud, dice: “la tesis de que la guerra se debe a la destructividad innata del hombre es claramente absurda (...) con el desarrollo de la civilización han aumentado la frecuencia y la ferocidad de las guerras. Si la guerra se debiera a impulsos destructivos innatos, hubiera sucedido lo contrario”. Para este autor es evidente que la I Guerra Mundial, como cualquier otra, se debió a intereses económicos y ambiciones de hegemonía (“es un error creer que aquella guerra tuvo su origen en el deseo de las poblaciones (...) de descargar su agresividad”). También recrimina a Freud haber tergiversado las estadísticas con objeto de reforzar su teoría (“datos que hubieron de ser deformados para servir a su propósito”).
4. Conclusión
A pesar de sus diferencias elementales, ambos autores coinciden en que el impulso de agresión -sea cual sea su causa- se expande de un modo natural desde lo individual hasta lo colectivo: mientras Fromm propone este mecanismo para el fenómeno del narcicismo herido, Freud cree en un proceso similar para los instintos destructivos.
Curiosamente, Fromm menciona que “mientras el soldado combate con el enemigo en defensa de su vida no tiene que combatir con los miembros de su propio grupo por el pan”. Este comentario parece algo contradictorio, pues con esto estaría admitiendo que la agresividad está en efecto implícita en el ser humano y que la guerra constituiría, en esencia, una vía de escape más justificable que otras.
Es muy probable que ambas posturas sean algo extremas y que la respuesta a los interrogantes planteados por estos dos autores se halle en un punto intermedio o en una combinación de ambas, como sucede con tantos otros pares de teorías que se han confrontado, a lo largo de la Historia, en relación a temas tan complejos pero tan fascinantes como la conducta del ser humano.

BIBLIOGRAFÍA

- CID, P.: “Acerca de Fromm” (artículo electrónico, en www.geocities.com)
- DAMASIO, A.: El error de Descartes, Barcelona, Ed. Crítica (1994)
- FROMM, E.: El miedo a la libertad. Buenos Aires, Ed. Paidos (1950)
- FREUD, S.: Psicología de las masas y análisis del Yo. Ed. Psikolibro.
- HERGENHAHN, B.R.: Introducción a la Historia de la Psicología. Madrid, Thomson Editores (2001)


[1] Esta afirmación de Freud está siendo corroborada en la actualidad por investigaciones de los neurólogos portugueses A. y H. Damasio sobre la estrecha relación entre la amígdala y la toma de decisiones.
[2]Para Hitler (…) el ario está dispuesto a someter su propio ego a la vida de la comunidad” (El Miedo a la libertad, 1941, p. 143)
[3] Hay que tener en cuenta que Fromm había investigado ampliamente el fenómeno del nazismo en la II Guerra Mundial, y que el texto de Freud fue escrito veinticinco años antes. De hecho, moriría el mismo mes en que fué declarada esa guerra.

05 abril 2013

Narciso y Eco


El mito de Narciso y Eco es muy interesante, porque aparte de la posesión por parte de las ninfas, hay varios elementos psicológicos disimulados en cada detalle. Indagando sobre el motivo por el cual Narciso puede rechazar a Eco, vemos que Simonne de Beauvoir, en El Segundo Sexo, dice:
"Muchos hombres (...) en lugar de una revelación exacta, buscan en el fondo de dos ojos vivaces su imagen nimbada de admiración y de gratitud, divinizada. Si tan frecuentemente se ha comparado a la mujer con el agua, es porque, entre otras cosas, ella es el espejo donde se contempla el Narciso masculino (...) Pero lo que en todo caso le pide es que sea todo cuanto no puede él aprehender en sí mismo, porque la interioridad (...) para alcanzarse necesita proyectarse en un objeto. La mujer es para él la suprema recompensa, puesto que ella, bajo una forma extraña que puede él poseer en su carne, es su propia apoteosis. Es a ese «monstruo incomparable», a sí mismo, a quien estrecha entre sus brazos cuando abraza al ser que resume para él al Mundo (...). Al unirse entonces a ese otro a quien ha hecho suyo, espera alcanzarse a sí mismo. Tesoro, presa, juego y riesgo, musa, guía, juez, mediadora y espejo, la mujer es lo Otro en lo que el sujeto se supera sin limitarse y que se opone a él sin negarlo; ella es lo Otro que se deja anexionar sin cesar de ser lo Otro. De ahí que sea tan necesaria para la dicha del hombre y para su triunfo"
Según la historia oficial, Eco es un ser reducido al eco de los sonidos lo cual la hace parecer casi tartamuda (castigo en una versión de Hera y en otra versión de Pan, por distintas razones). Esta particularidad le impide expresarle su amor a Narciso de un modo suficientemente seductor, así que, aparentemente, el error de él al rechazarla es darle más peso al lenguaje verbal que al del corazón. Porque Eco es la Voz, una voz incorpórea, lo cual hace algo más comprensible el rechazo de Narciso (emparejarse con alguien sin cuerpo parece poco prometedor para una vida de pareja satisfactoria). Pero no hay que perder de vista que, según Graves, "todas las mujeres se enamoraban de él, pero él las rechazaba a todas, diciendo que el amor no le interesaba."
Lo realmente curioso es que, a causa de su defecto en el habla, lo único que puede hacer la pobre Eco en vez de declarar su amor a Narciso es devolverle a éste sus propias palabras ("¿Hay alguien aquí?" -dice Narciso al oir un ruido en el bosque- y Eco respondía "Aquíii... aquíii..."). Vemos, pues, que su función en el mito es, en realidad, enfrentar a Narciso a sus propias preguntas, verbalizárselas a su modo desde su condición de ninfa, devolvérselas ampliadas. De aquí se podría deducir que lo que le incomoda a Narciso, aunque él no lo sepa, no es la ninfa sino algo de él mismo. Ante tal dificultad de comunicación él opta -en vez de abrazar a ese Otro del que habla De Beauvoir- por ir a mirarse en otro espejo sin voz, el agua (ente femenino por excelencia) en la que morirá ahogado por sobresaturación de sí-mismo, bautizando así el narcicismo.


escriptorum54 dijo...

A mí me resulta triste la historia de Narciso. no lo puedo evitar.

Un abrazo
30/7/07 09:01

quantum dijo...

La belleza de la tragedia y la tragedia de la belleza.
Espléndido escrito. Feliz estoy con este reencuentro.
Un gran abrazo y seguido.
31/7/07 22:59

A. di Zacco dijo...

Gracias ambas y bienvenidas siempre.
31/7/07 23:34

Paco Traver dijo...

Los hombres lo que buscamos es el deseo del deseo, esa es la gracia
1/8/07 23:47

karina dijo...

Maravilla lo que he leído llegada hasta acá por el azar de mi curiosidad.

Un saludo!
2/7/09 22:34

04 noviembre 2012

El beso


Hay besos obligados y besos espontáneos, besos en exclusiva, besos de fuego y lujuria, de preámbulo sabido, besos estudiados, besos que crean adicción, besos con rocío de alborada, besos que saben a espera y a lava, besos esquivos robados a las hadas, besos amplios y sabios, besos de resorte a otros planos, besos de viejos amigos, de salutación alegre, besos que se entretienen a sí mismos fuera del tiempo, besos lanzados al aire, besos soñados que nunca germinarán, besos de The End, besos de recreo, besos mágicos que no sacian jamás, besos disfrazados de nube y almibar, besos de Judas, besos de última despedida, besos fusionales en desnudez plena, besos descoloridos, besos imaginarios, besos que abren puertas antiguas, besos guiados por la mano, besos con destellos de prisa, besos que beben lágrimas, besos como desde el fondo de un lago, besos urgidos por un deseo sin aliento, besos dados a lomos del arco iris, besos absorbentes, demorados, pasivos, radiantes o traviesos, pero los mejores son los que nos sueñan ellos a nosotros desde su mundo paralelo e intangible.
(Imágenes: besos de Magritte, Rodin, Munch, Klimt, Dalí, Rett & Scarlett..)

La colitis de la nobleza

(fragmento de La historia de Saint Michele, de Axel Munthe)



"Muchos no estaban enfermos en modo alguno y quizá no lo hubieran estado nunca si no me hubiesen consultado. Muchos se imaginaban enfermos, y eran los que me contaban historias más largas; hablaban de la abuela, de la tía o de la suegra, o sacaban del bolsillo una hoja de papel y empezaban a leer una lista interminable de síntomas y trastornos —le malade au petit papier, solía decir Charcot—. Todo aquello era nuevo para mí, que no tenía ninguna experiencia fuera de los hospitales, donde no había tiempo que perder en tonterías, y cometía muchos desatinos. Más adelante, cuando empecé a conocer más la naturaleza humana, aprendí a tratar algo mejor a tales enfermos, pero nunca estábamos muy de acuerdo. Parecían muy trastornados cuando les decía que tenían buen aspecto y que su complexión era buena, pero reaccionaban rápidamente si añadía que la lengua parecía más bien sucia —lo cual era generalmente cierto—. En la mayoría de estos casos mi diagnóstico era que comían con exceso; demasiados pasteles y dulces de día, y cenas harto abundantes de noche. Probablemente, fue el diagnóstico más exacto que hice en aquellos días, pero ningún éxito tuve. Nadie quería saberlo. No agradaba. El diagnóstico que gustaba a todos era el de apendicitis. En aquella época estaban de moda las apendicitis entre la gente de la mejor sociedad que buscaba una dolencia. Todas las damas nerviosas la tenían en el cerebro, ya que no en el abdomen, y se encontraban muy bien con ella, y lo mismo sus médicos. Así, pues, opté gradualmente por las apendicitis y traté gran número de ellas con éxito diverso. Pero cuando empezó a correr la voz de que los cirujanos norteamericanos habían emprendido una campaña para cortar todos los apéndices de los Estados Unidos, mis casos empezaron a disminuir de un modo alarmante. Consternación:

—¡Cortar el apéndice, mi apéndice! —decían las señoras elegantes, agarrándose desesperadamente a su processus vermicularis, como una madre al propio hijo—. ¿Qué haría sin él?

—¡Cortar sus apéndices! ¡Mis apéndices! —decían los médicos consultando melancólicamente la lista de sus enfermos—. ¡En mi vida he oído semejante estupidez!

Pero si no hay nada en sus apéndices; si lo sabré yo, que debo examinarlos dos veces por semana. Soy absolutamente contrario.

Muy pronto fue evidente que las apendicitis pasaban de moda y que era preciso descubrir una nueva enfermedad para satisfacer la demanda general. Entonces la Facultad se mostró a su altura y lanzóse al mercado un nuevo mal, se acuñó una nueva palabra, una verdadera moneda de oro; la ¡colitis! Era una enfermedad conveniente, libre del bisturí del cirujano, siempre a mano en caso necesario y adaptable a todos los gustos. Nadie sabía cuándo venía ni cuándo se iba. Mas yo sabía que muchos de mis previsores colegas la habían ensayado con gran éxito en sus enfermos; pero a mí, hasta entonces, me había sido contraria la fortuna.

Uno de mis últimos casos de apendicitis creo que fue la Condesa X, que vino a consultarme recomendada por Charcot, según dijo ella. Charcot me mandaba de vez en cuando enfermos. Yo, como es natural, anhelaba hacer cuanto pudiera por ella, aunque no hubiese sido tan hermosa. Miró al joven oráculo con mal disimulada decepción en sus grandes ojos lánguidos, y dijo que quería hablar con Monsieur le Docteur lui-même, no con su ayudante —éste era el primer saludo que estaba yo acostumbrado a recibir de cada nuevo enfermo—. Al principio no sabía ella si tenía apendicitis, y le ocurría lo propio a Monsieur le Doctor lui-même; mas no tardó en estar segura de tenerla, ni yo en estarlo de que no la tenía. Cuando se lo dije, con imprudente brusquedad, se alteró mucho. El profesor Charcot le había dicho que yo descubriría seguramente lo que tuviera y la ayudaría; y en vez de eso... Rompió a llorar y yo lo lamenté mucho.

—¿Qué es lo que tengo? —sollozó, tendiendo las manos vacías hacia mí, con un ademán desesperado.

—Se lo diré si me promete estar tranquila.

Dejó de llorar de pronto y, enjugándose las últimas lágrimas de sus ojazos, dijo valerosamente:

—Puedo soportar cualquier cosa, ¡he sufrido tanto! No tema usted, no volveré a llorar. ¿Qué tengo?

—Colitis.

Sus grandes ojos tornáronse aún mayores, lo cual yo hubiera creído imposible.

—¡Colitis! Exactamente lo que siempre me había figurado. Estoy segura de que tiene usted razón. ¡Colitis! Dígame, ¿qué es la colitis?"


Un post sobre el libro: http://luismontielllorente.blogspot.com.es/2010/12/la-historia-de-san-michele-de-axel.html

21 octubre 2012

Predecir para ahorrar



En este post se planteaba cuál es la causa de que a los humanos nos moleste tanto –a veces lo reconocemos, otras no- el no “tener la razón”, hecho que deriva con mucha frecuencia en tensiones, discusiones y/o frustraciones que representan un alto coste energético, y que por otro lado no suelen llevar a ningún buen puerto. (Los mediterráneos y latinos, dicho sea de paso, somos un pueblo que cree que los decibelios del grito convencen más al otro que la sensatez.)
Pero no se trata tan sólo de no “tener la razón” ante un interlocutor, sino también ante la vida.
“¿Por qué esa manía crónica de ajustar o encajar contínuamente la realidad a lo percibido o creído de antemano? Quizá porque en nuestro fuero interno nos molesta bastante que la realidad subjetiva no acabe de coincidir con los esquemas que preconcebimos ni recordamos ya cuándo. El abismo que las separa nos produce vértigo”
Se apuntaba ahí al desajuste o abismo como metáfora de la diferencia que existe entre nuestras expectativas y la cruel realidad, y a la posibilidad de que sea precisamente esta especie de diferencia de potencial la que nos cuesta tanto manejar.
En el 2005, Álvaro Pascual-Leone, renombrado neurólogo español, declaraba en una entrevista hecha por Punset:

“lo que hace el cerebro es generar una expectativa (…) realiza una predicción sobre lo que debe esperar. Ahora, por ejemplo, me has formulado una pregunta esperando una respuesta (…) tienes ciertas expectativas sobre lo que diré y cómo lo diré, etcétera. Si surge algo distinto a lo esperado, se produce un conflicto entre tu lo que esperas y lo que obtienes. Creo que nuestro cerebro está codificado para generar expectativas y detectar lo inesperado. Así que, en último término, las ilusiones no son más que un momento de desequilibrio inesperado entre lo que esperamos que suceda y la realidad se nos presenta”

Pero sucede que el cerebro es muy listo, y sabe perfectamente que, por la cuenta que le trae, ha de espabilarse para ir saltando del modo más operativo (y rápidamente) los pequeños abismos cotidianos entre realidad y expectativa, entre predicción y hechos: no siempre predice bien.
Según los últimos descubrimientos del Max Planck Institute for Brain Research (Frankfurt) y el departamento de Psicología de la Universidad de Glasgow publicados el mes pasado en el Journal of Neuroscience, parece ser que la clave de ese intento desesperado de predecir -aunque con gran margen de error- no es otra que el ahorro de energía.

“Si nos encontramos frente al escritorio de nuestra oficina, que hemos visto cientos de veces, nuestro cerebro no necesita emplear mucho tiempo para procesar esta escena conocida. Lo que sucede, en realidad, es que nuestra corteza visual tiene ya formada una imagen mental de dicho espacio, que le sirve para predecir lo que veremos, antes incluso de que entremos en la habitación.  Sin embargo, si en un momento dado entráramos en la oficina y allí encontráramos algo totalmente inesperado, como a una persona desconocida sentada en nuestra propia silla, el cerebro tendría que hacer un gran esfuerzo para procesar una escena que no sería “tal y como se esperaba”.”

Dice Lars Muckli, uno de los investigadores que ha participado en el último estudio, “el cerebro espera ver cosas, y simplemente pretende confirmar sus expectativas.” Aquí está el extracto del artículo publicado (en inglés).
Como ven, parecería que en estos años transcurridos entre unas y otras investigaciones, no se haya adelantado mucho en el sentido de saber cómo evitar decepciones o frustraciones ante la grieta que aparece a veces entre nuestros deseos o previsiones y los hechos reales, a evitar sufrir ante la evidencia, pero quizá ya no quede mucho, si no para evitarlo, al menos para comprenderlo.
Mientras el humano no conozca la solución, el autoengaño y la negación freudiana parecen ser las alternativas más “al alcance” y que requieren menos energía de todas. Como dice el sabio refranero: “No hay peor sordo que el que no quiere oir”.
Ni peor ciego que el que no quiere ver, podría añadir(1).

(1) En lo relativo a la visión y al qué enfocamos y porqué, ver el post “Enfocandola probabilidad”.

07 agosto 2012

Asociacionismo (agradecimiento)


Alexander Bain (1818-1903) fue el primero de entre los estudiosos de lo que más tarde conoceríamos por Psicología en relacionar los fenómenos mentales con los actos físicos (conducta) y, además, en escribir sobre ello.
Estando un día en el campo, observó cómo un cordero recién nacido intentaba alcanzar la ubre de su madre mediante torpes movimientos casi al azar, algunos de los cuales le llevaban a ella, otros más infructuosos empujaban a su cuello a seguir buscando. Esto le provocó un eureka: los actos con un final "placentero" (es decir, los que conseguían llevarle a la fuente de su alimento) se repetirían cada vez más, mientras que los movimientos de su cabeza que no lograban su fin se irían "descartando" del cerebro del corderito, constituyendo todo ello un aprendizaje que conducía, en definitiva, a la supervivencia, lo que actualmente los teóricos del aprendizaje conocen como el método de ensayo y error.
Como mencionaba en el post Orgasmos gástricos, parece obvio que deberíamos considerar el concepto de placer indisolublemente vinculado a la supervivencia, distinguiéndolo del concepto de goce, entendido este último como una sublimación del placer , lo que popularmente llamaríamos rizar el rizo (como decía ahí, ejemplos de esa sublimación serían el erotismo en el terreno sexual y sibaritismo en lo relacionado con la comida, conductas nada imprescindibles para la reproducción ni la supervivencia respectivamente, una especie de "lujo" devenido como consecuencia de la civilización). Bain, en fin, concluyó que los organismos tienen una pulsión innata a acercarse a toda fuente de placer mientras que, contrariamente, tienden a alejarse de toda fuente de dolor (lo que se percibe como una amenaza a la supervivencia) en una relación estímulo-respuesta que llamamos hedonismo y cuya fórmula podría esquematizarse así:
Antes que Bain, algunos ya habían observado e intentado clasificar los elementos que parecían constituir las claves de la conducta y que parecían a todas luces indiscutibles. Así, todos ellos dedicaron mucho interés y esfuerzo en investigar el funcionamiento de la asociación. David Hume (1711-1776), proponiéndose entender la naturaleza humana, ya estableció casi cien años antes de Bain lo que llamó Leyes de asociación: parecía que (a) la contigüidad de los estímulos, (b) su semejanza entre sí, y (c) la relación causa-efecto jugaban un rol definitivo en la conducta. J. Stuart Mill jr (1806-1873) aportaría a éstas el parámetro frecuencia, mientras que David Hartley (1705-1757) observó, además, que un elemento del "paquete" parecía bastar para hacer detonar las otras sensaciones hermanadas a él.
Herbert Spencer (1820-1903), por su parte, está de acuerdo con Bain en el sentido de que la conducta tiende a repetirse si proporciona placer, es decir, si promueve la supervivencia. No sólo estaba de acuerdo con su Ley de la contigüidad, sino que creyó que los sucesos contigüos con consecuencias favorables no sólo se asocian sino que, más lejos aún, se transmiten de generación en generación; en otras palabras, son seleccionados naturalmente (Principio de Spencer-Bain).
La fórmula de Bain sería perfeccionada más tarde por Wundt (1832-1920), quien creía que la mente podía reordenar los elementos a voluntad, pero que también descubrió que las experiencias opuestas se intensifican recíprocamente. La cosa se iba complicando más y más, y más aún la complicaría Freud cuando decidió que las experiencias del pasado tienen un efecto sobre la conducta del presente, tomando precisamente la asociación como una de las herramientas base de su famoso método psicoanalítico.
Han transcurrido muchos años y la investigación continúa. Las ciencias cognitivistas establecieron, en su día, entusiastas paralelismos entre la mente humana y el ordenador que a su vez van quedando atrás, avanzando el conocimiento a medida que disponemos de más medios de estudio en algo tan inasible como parece ser la conciencia (siempre queda preguntarse la correlación entre la asociación de datos y su procesamiento: parece que somos incapaces de "archivar" un dato si no es anclado a otro).
Personalmente, cuando les recuerdo -algunos con pocos recursos pero con gran curiosidad- siento el deseo de gritarles un emocionado "¡Gracias!" a Bain, Mill, Hume, Spencer, Wundt, Harley, Darwin, Brentano, Berkeley, Spinoza, W. James, Fechner, Comte, Galton, Titchener, Ebbinghaus, Mach, Pavlov, Skinner, Freud… y tantos y tantos otros que seguro olvido (unos más conocidos, otros menos) por el granito de arena que cada uno aportaron al sendero por el cual seguimos ahora persiguiendo esa verdad que aún no hemos alcanzado.
Seamos optimistas, quizá esté ya a la vuelta de la esquina.

30 julio 2012

Orgasmos gástricos

"Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre" (Mateo 19, 3-6)


Cuando observamos la naturaleza, nos encontramos una y otra vez con que el mandato que rige todo lo vivo parece discurrir por un trayecto recurrente: en un momento inicial todo está comprimido, siendo ese "todo" algo tan difícil de concebir para nuestra mente como lo es el concepto de infinito. Aunque no lo tengamos presente contínuamente, el mero hecho de explosionar algo no implica  que sus componentes dejen de existir sino que, simplemente, existen sólo que más alejados entre sí (como es el caso de las galaxias después del Big Bang).

Al embrión en el útero le sucede exactamente lo mismo: su todo momentáneo (su entera existencia, su mundo absoluto), comenzó siendo una semilla comprimida que consiste exclusivamente en su minúsculo hábitat, en el cual se diluye y con el que él mismo confunde su propio Ser. Percepciones elementales, pensamientos potenciales, comida, el germen de lo que serán sus emociones, oxígeno, todo es entonces una misma amalgama indiferenciada, dentro de un microscópico espacio del cual su diminuta mente –apenas unas moléculas que se replican minuto a minuto- se diferenciará posteriormente como "centralita".

A partir de su Big Bang ontológico, aquella semillita no sólo se verá primeramente obligada a abandonar aquel primer hábitat, distinguiéndose de él, sino que todas sus estructuras irán creciendo en sentido centrífugo (al igual que las galaxias): el patrón de lo vivo lleva a éste, ineludiblemente (1) hacia la expansión y (2) hacia una mayor complejidad estructural. En otras palabras, parecería que la Vida, en todas sus facetas, entornos y versiones, desde el universo (o multiversos) a la bacteria pasando por un tumor e incluso la mente misma, está forzada a seguir un trayecto que comienza siempre en lo más pequeño posible (partícula inicial del Big Bang, embriogénesis, etc.) y que se dirige hacia la máxima grandiosidad posible, dentro, sin embargo, de unos límites que se nos insinúan como preestablecidos según el organismo y especie de que se trate, un canal invisible por el que discurre el río más allá de cuyos cauces o fronteras parece imposible propasarse. Las rutas aeronáuticas ilustran bien esta idea: están ahí y los aviones circulan por ellas; aunque sean rutas virtuales y no las veamos con nuestros ojos, su existencia es un hecho. En los organismos vivos como el embrión, como todos sabemos, la expansión no es infinita (en nuestros brazos, un pelo cualquiera nace y comienza a crecer, pero se detiene en la longitud que le está predeterminada). Algo muy relacionado con lo que llamó Rupert Sheldrake campos morfogenéticos.

Partiendo de ese patrón de crecimiento que se inicia en lo más pequeño y aumenta de proporciones sin pausa hasta el límite mencionado, es de suponer que también las primeras nociones de emoción y sensación que tuvimos en estadio de embrión -aún desdibujadas y obviamente inetiquetables por el lenguaje-, como serían por ejemplo lo que más adelante se convertirá en conceptos de placer y dolor, se iniciaran asimismo tan comprimidas como pudo estarlo todo el universo en la semilla inicial, una especie de zip en el que más adelante se diferenciarán entre sí placer y dolor dentro del primitivo maniqueismo que impone la simplicidad. Podríamos decir, emulando a Schopenhauer (todos los gatos son el mismo gato), que todos los placeres fueron el mismo placer (o dolor).

Placentero, para un organismo adulto, será todo aquel elemento cuyo vector actúe en el mismo sentido de la pulsión vital (Eros o el conatum spinoziano), mientras que doloroso y susceptible de ser alejado de ello será, por contra, todo aquello que, por su sentido opuesto, se perciba como una amenaza para la continuidad de esa pulsión vital (Thánatos). Así, al bebé le será placentera una papilla de frutas (por los nutrientes que le aporta) o la caricia de su madre (por nutrir su agradable sensación de ser querido), mientras que reaccionará con disgusto ante el olor de un tóxico (amenaza para su existencia) o el impacto de un cachete (amenaza para la perpetuidad de algunos de sus tejidos).

Comida y sexo han sido relacionados estrechamente a lo largo de nuestra historia (recordemos las orgías y bacanales de la Roma clásica) e incluso actualmente (la famosa escena de la fresa en la película "Nueve semanas y media" o la magnífica "La grande bouffe"). Podemos disfrutar de una y del otro con buenas o malas compañías o bien a solas, podemos hacerlo con prisas o bien con voluptuosidad (sibaritismo/erotismo), puede ser una experiencia rutinaria o bien original, podemos llevarlas a cabo de modo oficial o bien a escondidas, etc. Ambos llegarán a ser, con diferencia, los máximos exponentes de lo que el adulto dejará etiquetado de por vida como placer cuando utilice el lenguaje para consensuar sensaciones con sus congéneres. La primera (comida) porque nutre al cuerpo individual, y el segundo (sexo) por nutrir al gran cuerpo de la especie.

Pero esto sólo es así en primera instancia. A medida que la complejidad del adulto como ente vivo vaya en aumento, aumentará asimismo, gradualmente, la sofisticación de su catálogo de percepciones, tanto placenteras como desagradables. De este modo, el acto de comer dejará de ser tan solo un acto con el limitado fin de supervivencia o crecimiento, al serle incorporados poco a poco nuevos matices puramente culturales y fundamentalmente hedonísticos. Por su parte, el sexo ampliará su inicial función hacia ámbitos mucho más allá de lo reproductivo (según descubrimientos recientes(*), aparte de los bonobos también los delfines usan el sexo sin fines reproductivos). En ambos casos (comida y sexo) hablamos del placer como "además de", un plus a lo que en un principio se limitó a lo imprescindible pero cuyo ámbito de aplicación se fué ampliando (acaso la clave de la cultura sea precisamente la capacidad de añadir pluses a las necesidades originales: sólo cuando las más básicas están cubiertas podemos dedicar energías a ampliar nuestro campo hedonístico). Es por ello que nos resulta ahora familiar la expresión "¡Es orgásmico!" al degustar una comida deliciosa. Sobre esa confusión original en la que todos los placeres fueron el mismo placer saben mucho los publicistas, y para muestra esta cuña publicitaria de un famoso helado de chocolate, en el que las referencias visuales alimenticias y eróticas conforman una ambigüedad tan borrosa que es difícil desligar uno de otro:


Paul Ekman ha estudiado durante aproximadamente cuarenta años las emociones, especializándose en su expresión facial en diversas culturas del planeta. Inició su recorrido convencido del matiz subjetivo de la expresión emocional, en oposición a la creencia, en boga entonces, de la universalidad de las mismas. Durante el curso de sus estudios, una reunión con el Dalai Lama (a la que asistieron también, por cierto, Francisco Varela y Matthieu Ricard) fue el detonante de cierto viraje en sus creencias y posteriores investigaciones en el sentido contrario.

Sus conclusiones no parecen muy alejadas de lo que, ya en los siglos XVIII y XIX, Hartley, J.Stuart Mill jr, Hume, Wundt o Titchener intuyeran en relación al asociacionismo: algo así como si nuestro cerebro sólo pudiera archivar los datos aparejados a algo otro, en grupos de por lo menos dos¸concretamente, lo que Ekman llama detonantes con sus emociones correspondientes (tristeza, ira, sorpresa, miedo, repugnancia, desprecio y felicidad). Según Ekman (2003) habría dos tipos de reacciones emocionales en el humano: (1) las universales, heredadas por nuestro bagaje mnésico durante cientos de miles de años y (2) las subjetivas.

La relación de las segundas con las primeras no sería otra que el aposicionamiento a las preexistentes (un plus), las que denomina temas para distinguir las reacciones emocionales que nos vienen prediseñadas de aquellas aprendidas. Pero el descubrimiento más importante ha sido que, en todas las culturas, aún existiendo aproximadamente diez mil combinaciones posibles de movimientos musculares faciales que puedan conformar determinadas expresiones, usamos invariablemente las mismas con independencia de la raza, la cultura, la creencia religiosa o la geografía.

En otras palabras: es como si todos viniéramos de serie con unos cajones mentales para las emociones primarias cuyo detonante nos viene impuesto por la memoria genética a través de nuestros ancestros (y las cuales mostraron ser evolutivamente beneficiosas, p.e. el miedo a los depredadores), unos cajones standard que, ya en el transcurso de nuestra vida individual, nos será dado moldear a nuestro gusto de tal modo que puedan dar cabida a nuevos detonantes (y sus asociaciones correspondientes) vinculados a experiencias subjetivas.
 
De modo análogo a cómo nuestra piel y nuestro sistema nervioso comenzaron su desarrollo a partir de la misma capa del tubo neural y -en consecuencia- existan cientos de patologías que afectan a ambos (enfermedades neurocutáneas), esos "cajones emocionales" para archivar el placer iniciaron su andadura comprimidos también en un solo punto. Quizá por ello no deba extrañarnos que la chica de la imagen parezca no poder evitar manifestar sus emociones -gemido gutural incluido- de idéntico modo cuando saborea un helado de chocolate y cuando alcanza el clímax sexual.

(*) Gracias a F. Magdalena por su aportación.

27 julio 2012

La viga y la paja, o los porqués y los para qués


Dicen (aunque nunca lo ví) que cuando un escorpión se vé rodeado de fuego, se suicida. Ignoro qué hacen otros animales en la misma situación, pero, por lo poco que sé, lo seguro es que sus cerebros alcanzan en pocos segundos un elevadísimo nivel de estrés, un nivel al borde de lo tolerable. ¿Qué podría causarnos el máximo estrés que la amenaza de morir en pocos instantes y sin previo aviso, a unos animales y a otros, a todo ser vivo, cuando la clave misma de la vida estriba en la autopreservación?

En el incendio del Ampurdán de hace unos días, algunos conductores bajaban por la carretera hacia la ciudad. A su izquierda, el azul mediterráneo en verano. A la derecha, un fuego del que no se divisaba final y bordeaba la carretera y bosques adyacentes. Algunos, ante el estrés de la muerte inminente, optaron por tirarse al mar. Como es sabido, alguno de ellos murió. Aparentemente no había otra salida (“De perdidos al río”). La mayoría se salvaron. Esto ejemplifica el modo en que actúa el cerebro ante la inminencia de la catástrofe: algunos se tiran al mar, otros optarían por mojarse y cruzar el fuego, otros rezarían por su alma, etc.

Pero para los humanos es también catástrofe no solo la muerte física, sino la muerte (el final) de nuestras creencias, la muerte (el final) de la imagen que pretendemos dar, la muerte (el final) de una relación beneficiosa por uno u otro motivo, la inminente amputación (final) de un miembro, etc. Cualquier final, en definitiva, de algo a lo que estuvimos apegados por una u otra razón. No estamos preparados para los finales.
Una de las cosas a las que solemos apegarnos -acaso desmesuradamente- es, no sólo a las creencias fortificadas día a día durante toda una vida, sino a la edificación dialéctica con que las hemos venido sosteniendo (pues ¿cómo mantener una personalidad sin el apoyo del lenguaje, en una era donde cuenta incomparablemente más lo visible que lo invisible, donde contabilizamos más las palabras que las obras?). Se trata de una obra de albañilería sutil, realizada imperceptiblemente gradual, lenta, piedrita a piedrita, como lo es la de la Sagrada Familia (los catalanes solemos poner esta analogía cuando hablamos de algo que parece no acabar nunca). Y es precisamente por esto, por el incalculable esfuerzo de albañilería invertido durante nada más y nada menos que toda nuestra vida, que la amenaza de su inminente derrumbamiento nos provoca pánico.

Ante este pánico solemos reaccionar como cualquier animal: con estrés, y configurando en modo turbo toda nuestra capacidad de cálculo. En una milésima de instante, nuestro cerebro (nuestros tres cerebros en comité de emergencia) evalúa todos los parámetros que puedan ser medibles en solo una milésima de instante y toma la mejor decisión posible dadas las circunstancias: saltar al mar, callar, cruzar el fuego, decir que sí o gritar que no, etc. No hay tiempo de más. El objetivo de urgencia, como queda dicho, no es otro sino preservar, ante todo y caiga quien caiga, la continuidad de toda la energía invertida hasta el momento durante toda una vida, bien sea de nuestras creencias, de nuestra identidad (esto es, las etiquetas que le hemos ido pegoteando), de nuestro status, de nuestra pareja, de nuestro puesto de trabajo, etc. etc. Pues cualquier otra cosa implicaría un brutal despojamiento de sentido de nuestra larga dedicación en un sentido u otro. Ante tal emergencia, parecería que, para el cerebro y sólo bajo este tipo de circunstancias amenazantes, "el fin justifica los medios". Algunos echan mano de su nula empatía ("caiga quien caiga"), otros de su verborrea, otros traicionan al amigo o mienten al/la amante. Cuando se trata de elegir entre la seguridad o la pérdida, la ética más elemental se diluye cual azucarillo y cualquier táctica es válida.

Algunos -los más capacitados dialécticamente- echan mano del cajón de argumentos que sabiamente tienen preparados para tales fines. Es el cajón del que sacarán, cuando alguien les enfrente con incongruencias o falsedades, las trilladas frases que todos hemos oído más de una vez del estilo de "Es que no me comprendes" o "No es lo mismo!" (¿alguna vez dos cosas fueron lo mismo?). Otras son las más habituales entre niños, del estilo de 

- Tonto!
- Y tú más!

las cuales se dan menos frecuentemente en adultos, aunque por supuesto hay casos en toda la gama de edades.

Pero -quizá nos preguntemos- ¿y todo eso por qué?

En la mayoría de acciones podemos hallar un porqué y un para qué. Como dije en un post anterior, se diferencian en algo muy básico: el porqué apela al pasado (existe un motivo o una motivación, radicado mayormente en nuestro pasado, que nos empujó a algo), mientras que el para qué apela al futuro (existe una perspectiva, una expectavia futura que con ese algo pensamos conseguir). El para qué de este tipo de actitudes (el objetivo) precede en los párrafos anteriores: preservar la conservación de algo que valoramos muy altamente.
En cuanto al por qué lo hacemos, nos encontramos aquí con otro parámetro: la ceguera que nos impide vernos a nosotros mismos en toda nuestra inmensidad.

Hay algo que va más allá de nuestra imagen (o mejor dicho más acá), de todo ese constructo en el que hemos invertido tanto trabajo cuantitativo y cualitativo, y ese algo es inversamente proporcional al vértigo que nos produce el salto o desajuste entre lo que nosotros mismos creemos y la realidad que nos amenaza. Hallamos armonía en todo cuanto coincide, y nada menos desagradable para nosotros que la obligación de enfrentarnos a la idea de que lo que creíamos y lo que es no coinciden en absoluto. Personalmente, lo llamo vértigo ante el desajuste, y la única cura que se me ocurre para ese tipo de vértigo es el autoanálisis en clave de humildad. No hay milagros.



10 junio 2012

Vida y muerte: composición y descomposición


"No moriré, sino que viviré", Jesucristo.

“Los seres que tienen una forma,
en cualquier matriz que se produzcan
el gran Brahmán es su matriz común.”
(Bhagavad Gita XIV, 4)

Érase una vez un átomo de calcio que dejaba discurrir su existencia en la quinta espina dorsal de un joven salmón que corría, ajeno a todo, por un río cualquiera de Iqaluit, en Canadá.
Un oso pardo que por allí vagabundeaba hambriento penetró en el río mojándose con cierto disgusto las patas; con ágil movimiento moldeado por una experiencia que sólo los siglos moldean a la perfección, se halló en el lugar adecuado en el momento adecuado y, aprovechándose de ello sin vacilación, agarró a nuestro salmón con sus dientes, llevándoselo a la vera del río para satisfacer su hambre inocente entre desgarros incisivos y molares.
Una vez satisfecha su esencial necesidad, se alejó del bosque de fresnos rojos y parte del esqueleto del salmón (y, entre sus muchos componentes, nuestro átomo de calcio) quedó ahí, abandonado entre los troncos.
Nuestro átomo de calcio se quedó unos instantes inmóvil y algo tembloroso, preguntándose qué le depararía el destino. Sólo sabía una cosa: el salmón donde había permanecido los últimos días había muerto por desintegración de sus elementos (al menos su cuerpo, pues nuestro átomo no se preguntaba si el salmón contenía alma). Pero él, sabiéndose o más bien intuyéndose el último eslabón de aquella perversa pero implacable cadena de desintegraciones, no se sentía en absoluto muerto. Más allá de él, en la infame escala de la disolución, muy poco más había. El sendero de vida que comenzaba en un cuerpo de animal, que era mortal, terminaba en él, y era por eso que él -ahora lo comprendía- no podía morir. Y entonces se dijo: "He aquí que, a más pequeño, más inmortal. Sólo es mortal aquello que puede descomponerse en algo más pequeño que sí mismo".
Varios siglos después, por inescrutables avatares del destino, aquel mismo átomo forma parte, en este momento, de una miofibrilla de mi cuádriceps izquierdo. Me lo ha susurrado desde su efímera vivienda y es por ello que lo cuento, sabiendo que su microscópica y humilde inmortalidad me sobrevivirá a través de infinitos milenios.

31 diciembre 2011

Instrucciones para llorar (J. Cortázar)

"Instrucciones para llorar. Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente. Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca. Llegado el llanto, se tapará  con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos."

29 octubre 2011

Fachadas (o De la desmesurada credibilidad de lo que vemos)

Una persona conocida que me mostraba su piso mientras lo pintaba me explicaba que se había quedado sin pintura justo un metro cuadrado antes de terminar aquella estancia.
- Pero mira, ¿sabes qué te digo? -dijo-. Que, como aquí va el armario y lo tapará, no se verá.
Todos hemos oído también algo parecido a esto: "Te has manchado! Es igual, con el foulard por encima no se vé". La corbata se inventó, precisamente, para tapar los botones.
También hemos visto cómo dueños de automóviles artríticos los llevan ufanos al túnel de lavado a fin de que -por lo menos- de puertas afuera luzca lindo y brillantito.
Mujeres entradas en años (y a veces también en kilos) se pintarrajean paroxísticamente por aquello de "la fachada" (por cierto, nunca he comprendido cómo mis congéneres no se dan cuenta de que las arrugas suelen ser más visibles con maquillaje que sin él). Como fachadas son esas a las que los ayuntamientos limpian y dan esplendor porque el interior es lo de menos: lo que cuenta es que los turistas digan "Qué bonita es Barcelona, qué edificios tan bien cuidados!" (en esta imagen se ve claramente la diferencia entre la fachada, que se vé, y lo que no se ve).
Cuando el empleado de un banco o dueño de una tienda de barrio acciona el pulsador que abre la puerta de entrada, no lo hace sin antes "echar una ojeada" a la apariencia externa (o sea, a la indumentaria) del que llama. ¿Es que los atracadores -me pregunto- suelen ir vestidos de atracadores?
Somos animales dotados de sentidos y es obvio que nuestro discurrir por el mundo sin acabar el día llenos de moratones, intoxicados, ahogados o cayéndonos por precipicios, depende en gran medida de la información que éstos le proporcionan a nuestro cerebro. Sin embargo, también parece obvio que atribuimos a la vista una exagerada fiabilidad que a todas luces no correlaciona con la realidad.
Y lo sabemos pero no lo cambiamos. Por ello se venden tantos cosméticos, pues lo importante es parecer bella por fuera. Por ello hay tantos armarios que ocultan paredes sin pintar o con desperfectos, tantas manchas debajo de una corbata, tanta mentira tras muchas sonrisas de plástico o grandilocuencias, tanta aerofagia bajo una piel hidratada por cremas francesas.
Porque no es oro todo lo que reluce, pero para lo que importa somos ciegos.
Hemos confundido el ser con el tener, el ser con el hacer, y también el ser con el parecer.

PS: Si quieren comprobar cuánto nos engañan los ojos, pasen su mirada por esta imagen... No, no se mueve.

23 octubre 2011

Pamies, o la verdad sobre plantas medicinales y fármacos

Les recomiendo a cuantos están interesados en la salud "natural" que no se pierdan por nada del mundo esta conferencia de Josep Pamies:

30 septiembre 2011

El cerebro holográfico (en inglés)

En otras ocasiones había mencionado a Pribram y la teoría del universo holográfico.
Aquí tienen un video de Karl Pribram hablando sobre el cerebro holográfico. Que lo disfruten.

07 agosto 2011

Pachita (Jacobo Grinberg Zylberbaum)

"El concepto de lattice considera que la estructura fundamental del espacio es una red o matriz energética hipercompleja de absoluta coherencia y total simetría. A esta red se le denomina lattice y se considera que en su estado fundamental constituye el espacio mismo omniabarcante y penetrando todo lo conocido.
La lattice permanece totalmente invisible hasta que alguna de sus porciones (por cualquier causa) altera su estado de coherencia. Una partícula elemental es preci­samente una desorganizacion elemental de la lattice en cualquiera de sus localizaciones. Cualquier átomo o compuesto químico es una particular conformación estructural de la lattice con respecto a su estado funda­mental de máxima coherencia.
La concepción de lattice surgió de los estudios de cristolografía, porque la estrucura de cualquier cristal es una lattice de alta coherencia que se asemeja a la lattice del espacio.
A partir de Einstein, el concepto de espacio ha sido inseparable del tiempo, por lo que la consideración de la lattice del espacio-tiempo se refiere a ambos unificándo­los. Si la lattice desapareciera el espacio y el tiempo harían lo mismo.
Cualquier objeto “material” es en realidad una orga­nización irrepetible de la estructura de la lattice. En su estado fundamental de total coherencia, fuera de la misma lattice no existen ni objetos ni alteraciones tem­porales. Es únicamente cuando la lattice cambia su estructura fundamental que el tiempo transcurre y los objetos aparecen."
(Grinberg Zylberbau, J., Pachita) 

Nota: con "clic" en la imagen verán más información sobre J. Grinberg.

23 julio 2011

El Poder y la Hidra



(clic en la imagen)

14 julio 2011

Predecir para ahorrar


(de neurobudismo.wordpress.com, blog compartido con Francisco Traver)

26 junio 2011

Esencia de números

(clic en imagen para leer)

25 junio 2011

Crisis: de culpas y exculpaciones

"Desde que sabemos que existe el inconsciente, saber y no saber son la misma cosa"
(F. Traver)
"Qui no s'enganya és perque no vol" (Quien no se engaña es porque no quiere)
(abuela Di Zacco)
Se habla mucho en estos tiempos del engaño con que los poderosos de la economía y la política vienen “engañando” vilmente a los de abajo de todas las formas que no es necesario explicar aquí. Hemos ubicado a los viles entre políticos de toda la gama ideológica (“todos son iguales, cuando están en el poder…” etc.) del mismo modo que a las autoridades que mueven el dominó monetario, y nos hemos ubicado a nosotros mismos (los de abajo) como simples marionetas en sus manos. Por todas partes percibo que nos estamos definiendo -llamémoslo por su nombre- como víctimas de un vil lobo feroz. Y el victimismo es nefasto porque, en su fondo, es una de las maneras más a mano para exculparse.
Si todo esto ha de cambiar, debemos hacerlo de raíz. Si no modificamos también nuestra más íntima actitud para con nosotros mismos, ningún cambio será efectivo y duradero.
El cambio global a que aspiramos, uno en el cual terminen las injusticias y devastadores desbalances que nos afectan y mucho, pasa –por desgracia- por un profundo análisis y revisión de conciencia del porqué nos han engañado. Sabemos cuán fácil es para padres y educadores engañar a un niño de corta edad, aún sin juicio propio suficiente y una obvia falta de información que le deja vulnerable. Sin embargo, somos adultos conscientes, responsables (se supone), y con criterio propio. ¿Por qué, entonces, ha resultado tan fácil a los viles engañarnos?
Una respuesta (y es lo que deberíamos revisar) pasa necesariamente por los pecados capitales de la pereza y la codicia. Ellos conocían nuestras debilidades y nuestros deseos al igual que los profesionales publicitarios saben de qué color es mejor un envase: y lo que hemos venido deseando era ser ricos. La banca –es cierto- nos engañó en cierto modo prometiendo a la ciudadanía media las ventajas de los ricos. Cierto economista dijo hace años en una tertulia televisiva: “La diferencia entre los ricos y los pobres es que los ricos compran las cosas al contado, y los pobres se endeudan a plazos para tener esas mismas cosas”. Y es cierto, y la sociedad cayó estrepitosamente en esa trampa.
En cuanto a la pereza, es el principio activo principal de la fórmula "sofá+TV" con que los medios de comunicación nos han estado bombardeando sibilinamente durante décadas. Ellos se han estado infiltrando en nuestro hogar logrando que, en vez de reunirse en tertulias familiares como antaño, millones de familias se apoltronaran ante el televisor noche tras noche, hipnotizadas ante ese bombardeo (niños incluidos). Como dice J. Antonio Melé, nadie nos preguntábamos qué hacían los bancos con nuestro dinero, ¿por qué? Porque era mejor no saberlo, sencillamente.
Por suerte estamos despertando de esa hipnosis tras constatar en carne viva que el dinero, efectivamente, no hacía la felicidad. Y ésta, el espíritu del cambio, es la gran noticia de nuestros días, pero con quejarse no habrá suficiente. Modificar ciertas leyes es necesario, pero tampoco suficiente. Dice en la Biblia “si tu brazo se pudre, arráncatelo”. Hemos de atacar el problema en su origen y admitir, en un acto catártico de profunda humildad, que, muy en el fondo, si nos hemos dejado engañar hasta ahora es porque, mal que bien, en cierto modo ya nos convenía. No basta con reivindicar nuestros derechos. En vez de lanzar lejos la culpa, se hace absolutamente imprescindible reconocer también nuestra parte de ella, sin complejos ni orgullos heridos, para que podamos renacer de las cenizas hacia un estado de conciencia totalmente saludable. Entonces sí, entonces todo cambiará para bien.

23 junio 2011

La expresión de lo desconocido

¿Cómo creen que reaccionaríamos si aterrizaran ante nuestros ojos unos extraterrestres de distinto color al nuestro? ¿cuál sería la expresión de nuestras miradas? ¿cuál la de nuestra curiosidad venciendo al miedo?
Aquí pueden ver algo muy, muy parecido. A destacar el relevante papel del tacto (observen el momento en que se tocan los desconocidos, para re-conocerse).
(Este video me ha llegado gracias a un amigo, y lo comparto con el mensaje de que todos somos tan, tan distintos, y a la vez tan, tan parecidos...)
Estremece si lo miran sin pensar, sin pre-juicios, y con amor a ese Todo que conformamos y a esa curiosidad de niño que nos habita, mal que bien disfrazada.

Enlace

20 junio 2011

José Luis Sampedro y el 15-M

"Se están autodestruyendo... ¡pues vamos a ayudarles... pero sin violencia!" (J.L. Sampedro)

No suelo subir youtubes aquí, pero hoy me han enviado éste diciendo que quien no se conmueva con esto es de hielo, y tras verlo opino lo mismo y he deseado compartirlo.
Con vosotros, Sampedro y el futuro (<--- clic!) (aconsejo ver ambas partes)


110621 Última hora: http://politica.elpais.com/politica/2011/06/21/actualidad/1308671868_601197.html

16 junio 2011

¿No pensar?


Al hablar de meditación, he oído una y otra vez la conocida queja:
"Se trata de dejar la mente "en blanco" ¿no? Huy, pues soy soy incapaz! no puedo no-pensar en nada!"
El argumento más utilizado por los yoguis sobre eso es que no hay que ansiarse, que es normal que al principio los... etc. etc.
Casi todos se quejan de que no pueden no-pensar.
Y sin embargo, lo primero que hacemos al llegar a casa (cuando por fín podríamos ""pensar"") es encender la TV y lo último antes de acostarse es ver la TV.
Cuando podríamos no-pensar de un modo, no-pensamos de otro.
Ergo sí que sabemos, todo el mundo lo hacemos cada día (la TV es sólo un ejemplo, se entiende).

13 junio 2011

Más sobre crisis y cambio


Si el dinero no hace la felicidad ¿por qué seguimos por ahí? Jordi Pigem habla de todo ello magníficamente -->aquí<--
Recomendada.

11 junio 2011

Redescubrimientos

"El Todo es Mente; el universo es mental"

"Como es arriba, es abajo; como es abajo, es arriba"

(El Kybalion)


Retomando el hilo de mi paralelismo preferido universo-cuerpo y formando poco a poco una amalgama con ideas diversas tomadas de aquí y de allá, va tomando solidez, gradualmente, la intuición de que no sólo todo es lo mismo sino de que –parecido a los sistemas autoorganizados- es la relación entre las partes del todo donde se ubica la clave. Esta idea es importantísima más allá del discurso narrativo de aquello que puede recitarse de memoria de tanto oirlo. Idea que, dicho sea de paso, han sabido algunos visionarios durante eones y no es hasta ahora que comenzamos a prestarles oídos científicos (aquí, por ejemplo, pueden ver a un neurocientífico actual explicando magistralmente qué es la meditación, o aquí al famosísimo Punset, divulgador científico, en una entrevista de cariz espiritual).

Parece evidente que el funcionamiento armonioso de cualquier todo venga determinado por el buen entretejido de sus partes, por un engranaje que haga funcionar la máquina. Sólo siendo conscientes de ello podemos reparar la avería en que esa maquinaria nos ha dejado en la cuneta tanto tiempo debido a la fragmentación y el individualismo feroz que, a su vez, ha derivado en las luchas intestinas fomentadas por un mal entendimiento de qué es la identidad y por su defensa a ultranza. Hemos estado fragmentados (como diría Krishnamurti) con funestas consecuencias a todo nivel de este desmembramiento.

El presentimiento de que en la unión radica la armonía perdida puede conocerse (de cognoscere) o aprehenderse paralelamente por la vía intelectual y por la vía fenoménica, y no constituye, ni mucho menos, el descubrimiento de la penicilina ni por mi parte ni tampoco por parte de la ciencia de nuestros días. Es, simplemente, una confirmación paulatina, un re-descubrimiento, que viene teniendo lugar en mentes individuales y la cual va tomando cuerpo a medida que –en gran parte gracias a la Red- se va extendiendo al igual que sucede con las gotitas de mercurio de un termómetro roto cuando al mínimo acercamiento con sus afines van conformando una sola gota. Pero se trata –insisto- sólo de un re-descubrimiento tras muchos siglos de oscuridad.

Se habla cada vez más de un feliz acercamiento (y encuentro) entre las dos principales vías de conocimiento de nuestros tiempos: la científica y la humanística, entre la razón y la filosofía, entre el intelecto y lo creativo. En sectores especializados lo llaman reconciliación o equilibrio entre nuestros dos hemisferios cerebrales, los cuales parecen haberse confrontado hace miles y miles de años en una enemistad que resultó en la hegemonía final de nuestro hemisferio izquierdo. Los menos versados lo llaman corazón vs cabeza. Cada cual le da su nombre, pero nada nuevo hay bajo el sol sino un ritmo pendular entre sabiduría y estulticia, entre oscuridades del alma y destellos de luz, la inteligencia bien entendida, la feliz homeostasis espiritual del Sapiens sapiens. Ahí donde, según algunos, se dirige la evolución mientras cabalgue sobre la flecha del tiempo.

Si Hermes Trismégisto levantara la cabeza y leyera las recientes investigaciones sobre universos holográficos, sobre multiversos o antimateria, si Brahma ojeara ahora las últimas publicaciones sobre el funcionamiento de la red neuronal, acaso dijeran: “Pero ¿es que no se lo dejamos ya escrito, todo esto? “¡pobres diablos!”. Ha hecho falta que físicos o neurobiólogos de nuestro tiempo sintieran curiosidad y asomaran la nariz “al otro lado” (por ejemplo, practicando meditación, o buceando en la mitología) para que presintieran que había entre ambos lados un boquete, una vía de conexión, y se decidieran a investigarla con los medios actuales.

Y, mientras esto no llegaba, nos hemos dejado convencer por lógicas aristotélicas que afirman que si A es mayor que B, entonces B no puede ser mayor que A, impidiéndonos ver que paradojas naturales nos hablan a gritos ante nuestros mismos ojos: una esponja está en el mar… y a la vez el mar dentro de la esponja, oh koan de los koans... Conocemos ahora de qué está hecho el universo (a partir de ahora habría que comenzar a llamarlo multiverso), y los entrevistados de Punset constatan que una partícula puede estar en un momento dado en una estrella y algo después habitar en una de nuestras pestañas… pero aún parece no ser suficiente. Nos hablan los investigadores de entrelazamiento cuántico y nos limitamos a un “¡oh!” mientras terminamos la cena, pero no se nos ocurre sentirlo ni entre nosotros ni –aún más cercano- en nuestra propia carne.

Se huele, se intuye, un viraje que no afecta sólo al conocimiento. Se habla de punto de inflexión en la evolución. En la sociedad se proyecta este despertar del sueño rebelándose las masas ante el poder, surge la virulencia tan previsible… En un ámbito más global, las mentes individuales -¿como aquellas gotitas de mercurio?- van entrelazando más y más sus pequeñas ideas innovadoras a la velocidad, si no de la luz, sí de wifis o satélites a un ritmo cada vez más vertiginoso… En los 60 la primera oleada de indignados actuó como precursores de esta revolución o redescubrimiento que ya es casi inevitable presentir, y nos dejaron bien ensayado un primer movimiento hacia el cambio, tanto social como en el terreno de la experimentación de estados alterados (no importa aquí si fue con los primeros practicantes de yoga occidentales o con psicodélicos, lo que importa es la curiosidad). En nuestra generación tenemos la fortuna de poder añadir a aquel primer intento un grado aumentado de saber y también de herramientas. Ya no hay excusa y, a mi modo de ver, es papel y principal responsabilidad de la ciencia que ya no haya marcha atrás.

Pues la ciencia legítima es la principal buscadora de la verdad, y ahora ya no la busca junto al farol porque ahí había más luz, sino donde la perdió.

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