13 abril 2008

Ariadna o la sumisión divina

El "El hilo que la mano de Ariadna dejó en la mano de Teseo (en la otra estaba la espada) para que éste se ahondara en el laberinto y descubriera el centro, el hombre con cabeza de toro o, como quiere Dante, el toro con cabeza de hombre, y le diera muerte y pudiera, ya ejecutada la proeza, destejer las redes de piedra y volver a ella." (J.L. Borges)

Es tan indefinido el tiempo que llevo aquí, a la puerta del laberinto, que siento como si cada partícula del paisaje que me rodea formara ya parte de mi misma. Ha llovido granizo sobre mí, me he resecado al sol del Egeo, he perdido la noción de días y noches fluyendo sin cansancio sobre mi identidad en espera. La soledad aquí fuera me aplasta y la incertidumbre constante sobre la suerte de Teseo me aprisiona la garganta mientras, poco a poco, mis miembros se entumecen a medida que se alarga ese angustioso no-saber. Pero jamás, eso jamás, en ningún momento de debilidad, ha soltado mi mano el extremo del hilo cuyo otro cabo guía a mi amado ahí dentro. Porque de este hilo pende también la vida, el arte, el pensamiento de la humanidad.

Pero anoche, Zeus sea glorificado, me fue dada una dicha que, aunque efímera como toda dicha, permanecerá para siempre en mi memoria.

Apareció de la nada a medianoche, como un despreocupado espectro, a esa hora en que los rayos de luna inciden de modo particular sobre aquellos olivos entre el horizonte y yo misma, volviendo sus hojas plateadas. La luna regaló a sus cabellos el mismo tono que a los olivos lejanos. Por un solo instante, sólo uno, tuve la esperanza de que el Minotauro hubiera ya sido vencido, de que mi angustia por Teseo hubiera llegado a su fín. Pero él dejó la situación clara inmediatamente:

-No, mi misión aún está por terminar ahí dentro -señaló con la cabeza hacia su espalda, hacia el laberinto de Dédalo-. He salido sólo a reponer fuerzas.

Le miraba sin poder dar crédito a aquella visión pero sin preguntarme nada, sintiendo que todo estaba bien así, disfrutando de mi propia fascinación. Entonces él aclaró:

-Y también porque me apetecía follarte. Quítate sin demora tu divina túnica, Ariadna, y disponte a complacerme.

Súbitamente sonó atronadora, venida de ningún sitio y de todos, una polifonía envolvente que hablaba de revelaciones. “Llévame a mi interior”, nos exhortaban los coros, un extraño mantra por testigo de cuanto ocurrió a continuación: yo, Ariadna, la diosa, siendo iluminada por un fuego insoportable que germinó en mi vientre y se alzó encaramándose violento a mis sentidos, quemando a su paso cuanto recato encontró en mí. Ví cielos y huracanes y estrellas y luces. Ví todas las formas de la paciencia y los colores de la demora que exige toda creación. Manos deslizantes en la oscuridad buscaron a tientas lo más recóndito del ser. La palabra mágica susurrada a mi oido. Yo, Ariadna, dejándome utilizar a su antojo por la premonición imposible de que su goce sería el mío. Yo, Ariadna, despojada de mi condición de diosa, transmutada en hembra incendiada de deseo, esclava incondicional de su momento. Yo, Ariadna, un templo con forma de cuerpo: un templo con umbral que es pasaje a lo sagrado. Yo, Ariadna, siéndome revelada la sabiduría más antigua del mundo, indefensa y rendida ante anhelos incontenibles, entregando al héroe las llaves de ese umbral que sólo pueden cruzar los héroes. Y el mío se llama Teseo.

Su voz penetra mi oido y su centro mi abismo. “Llévame al interior”, cantan los ángeles para nosotros...

Su dedo pinta mis labios con insistencia lasciva hasta entreabrirlos (un aviso que aún no interpreto). Lo lameteo sin pudor y en la mirada de Teseo siento abrasarse todo mi ser. Cierro los ojos y en mi oscuridad el dedo se convierte en lengua, babosa viva invadiendo mis civilizaciones perdidas mientras nuestro amasijo semidivino se retuerce en el infierno de la transgresión.

Su dedo regresa a mis labios y esta vez comprendo la clave en sus ojos. Una pequeña queja emerge en mi vientre. Teseo se percata de ello y dice:

-No. Absórbeme y goza.

Accedí complacida, su tono imperativo no admitía vacilación. Apresaron mis labios su falo erecto, recorrió mi lengua su sabor y su textura con una sed como de desierto al mediodía. Chupé y lamí con avidez de diosa experta. A lo lejos quedaban sus ojos entrecerrados, un poco como si sufriera y fuera dichoso al mismo tiempo. En la caverna húmeda de mi boca, mi devoción había llevado su omnipotencia a su máximo esplendor. Sí, Teseo sufría intensamente pero de voluptuosidad.

Desde su cima autoriza por fin que la animalidad sea sublimada y, con sus últimas fuerzas, murmura la palabra que anuncia el éxtasis:

-Tómalo.

Yo, Ariadna, despojada de mi túnica de diosa, inundada de Teseo, colmada por la esencia de Teseo, toda yo Teseo, conocí mi goce y el suyo en un solo estallido. Su violento jadeo puso sonido al mío o quizá fuera a la inversa. Agotada y renacida, mientras recuperaba el aliento y los latidos, comprendí que el goce está en el Otro y que el universo sólo sabe temblar ante esta comprensión.

Y sonreí, sonreí sólo para mí misma porque Teseo ya se adentraba de nuevo en el laberinto para completar su misión.

Le seguiría esperando.

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Más Ariadnas y más laberintos en http://condecondo.blogspot.com/2007/07/26-condo-en-el-laberinto.html

10 comentarios:

Paco Traver dijo...

Cuanto talento, cuanto goce, cuanta creatividad hay en Internet y...cuanto........

quantum dijo...

Como una diosa: así has escrito esto. Y todo alrededor de un verbo: sí ése que consigue que ella se quite la túnica. Bellísimo, Ana. A rebosar.

Veo cosas que me interesan y mucho desde que "desaparecí". Volveré a leerlas.

Besos, milady.

Escriptorum54 dijo...

Muy hermoso, Ana. Muy hermoso ...

Sintagma in Blue dijo...

Un texto excepcional, de verdad.

(Qué pena que luego Teseo la dejase tirada en Naxos... ¡¡hombres!!)

Paco Traver dijo...

Teseo dejó a Ariadna en Naxos pero no la abandonó siguió su camino, la aventura, la tarea del heroe, volvió de nuevo al laberinto, pues esa es la función del heroe, descender en busca de algo que traer a la tierra aprovechable para la humanidad. Al final de todo Ariadna salió bien parada pues de alli la rescató Dioniso y la llevó con el al cielo instlandola comodamente alli como una estrella. Alli sigue pero de Teseo no tenemos noticias

Trenzas dijo...

Me gusta como recreas esta historia tan dramática.
Ariadna, descanso del guerrero y después dada al olvido.
Ella no lo sabía cuando le entregó el ovillo de hilo, pero si se lo hubieran dicho, no lo habría creído.
Si amamos, damos por hecho que nos aman y la entrega es total. Y luego, pasa lo que pasa...
:)
Precioso Ana.
Un abrazo, amiga

marìa Inès Mogaburu dijo...

Què buena versiòn de la historia, Ana. Serà que los dioses reservan una segunda oportunidad para aquellos que en el laberinto, en lugar de perderse, se encuentran a sì mismos

humilde dijo...

....redescubriendo a los clásicos.... muy buena la historia.... :)

....humildes saludos....

quantum dijo...

Sigues con Teseo. Claro.

Besos discretos, me voy sin hacer ruido.

FRAC dijo...

Tiembla Universo...

No es una ligereza que el relato, con proezas, hazañas y toda la carga de amor imaginable posible, cuelgue de un hilo; literalmente, de un sutil y frágil elemento que cabría en la palma de la mano.

Tus descripciones eróticas son buenísimas, creo que ya lo he dicho en otras ocasiones. Bravo
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