24 septiembre 2008

La mirada y la lluvia

El amor se agita alrededor de tu belleza,

pues el deseo arrebata a quien apenas la mira

(Safo)


Fuera llovió una impaciencia distinta. Dentro, les arropó entre los cortinajes del castillo un día que se disfrazó de noche entre antorchas y algún trueno (acaso vociferado por la lejana envidia de Zeus).

A Ariadna se le descompuso entonces el tiempo entre los dedos que saben contar horas una a una, y comprendió que, fuera, los árboles estuvieran bendiciendo la lluvia.

Dentro hubo una mano apenas velluda cortando un minúsculo trozo de aire, un gesto displicente desde el trono de los magnánimos. Hubo también consentimientos acoplándose como un guante. Nunca un gesto se valió tanto del silencio, ni un consentimiento se acopló nunca tanto a un gesto vago. Teseo lucía más que nunca corona de Rey, y Ariadna, en precisa asimetría, brotó de aquel gesto como Afrodita de la espuma: su cuerpo naciendo obediente de él. No deseó estar en aquel instante –pero eso sólo lo supo entonces y apenas lo recuerda-, en punto alguno del universo que no fuera aquél en que se deslizaban los ojos del héroe. Y estaba justamente allí.

-Si yo fuera árbol –pensó en voz alta, mirando fijamente ese otro mirar impúdico- bendeciría la lluvia sobre mis hojas. Por ser yo, bendigo sus ojos sobre mí, héroe mío, pues bajo ellos renazco.

-Sea, pues, y brotes de tí misma bajo mi mirar –dijo Teseo.

Lo siguiente sucedió hace demasiado tiempo como para poder recordarlo.

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4 comentarios:

Duquesa de Katmandu dijo...

Ay, esos ojos del héroe... ¿cómo escaparles?

beso,

Magnolia de Acero dijo...

Precioso texto.

Sintagma in Blue dijo...

Esas Ariadnas nuestras, confiadas y sin ojos de futuro...

paco dijo...

Este post es magnifico y no lo digo con entusiasmo sulfúrico sino con la mirada ecuánime de un Libra.