25 febrero 2010

Enfocando la probabilidad

HAMLET: ¿No ves nada ahí?
REINA: No, nada; aunque veo todo lo que hay.
(W. Shakespeare, “Hamlet”)
 
objetivo2
.
Quienes fueran en su día aficionados a la fotografía antes de que las máquinas digitales lo hicieran todo por nosotros, recordarán que uno de los requisitos para obtener una imagen clara es enfocar bien el tema central aunque el resto quede borroso. Un dispositivo en el interior del objetivo nos indica cuándo estamos enfocando a la distancia correcta.
Desde que los cuánticos comenzaron a sugerir que las partículas no son partículas sino una multitud de probabilidades de las que poco podemos aventurar con certeza, nada podrá volver a ser lo mismo. Ellos arrasaron los cimientos de aquello que siempre dimos por bueno porque era lo que llevábamos aprendiendo en el colegio hacía varios siglos. Los libros de texto de entonces han quedado obsoletos porque uno más uno ya no son siempre dos, o con toda certeza dos, sino según cómo, depende, y sólo a veces. Ni siquiera el átomo es ya aquel átomo que aprendimos a dibujar, con sus capitas de electrones tan bien ordenadas: ahora el átomo es una nube informe de energía jugando al juego de las probabilidades con nuestro aparato sensorial, y el electrón un punto burlón e imprevisible que se divierte comportándose a veces como onda, otras como partícula, o como ambas a la vez.
Si Newton levantara la cabeza no daría crédito. Ya no existe una realidad ahí fuera esperando que la conozcamos, la estudiemos, la pesamos y la midamos, sino que ya no sabemos con certeza si la realidad “de ahí fuera” está fuera o dentro, ni cuánto tiene de real o de creada por nuestra mente; es una realidad heraclitiana, una danza incansable de posibilidades, enigmática pero estrechamente entretejida con nuestra propia disposición de observarla.
Ellos, los físicos cuánticos, suelen decirlo así: “el observador influye en lo observado”. El místico Alan Watts lo dijo de otro modo en una muestra de gran sentido común: si un gran árbol cae en el bosque pero no hay nadie ahí para oirlo, ¿hace ruido? pues, si el ruido es la relación indisoluble entre esa caída y nuestros oidos, si no hay oído tampoco hay ruido propiamente dicho. El célebre Schrödinger cambió el árbol del bosque por un gato en una caja, pero la idea es la misma: nunca podemos saber cómo es lo observado… cuando nadie lo observa.
superposicion-pelotas
Si han visto ya las dos partes del documental “Y tú qué sabes?” -un encomiable intento de difusión popular de algo tan arduo para los no entendidos como es la mecánica cuántica-, sabrán que, al parecer de la física teórica actual, ya no hay modo de negar una idea que antes nos habría parecido ciencia-ficción: cuanto percibimos es una y sólo una de muchas posibilidades, todas las cuales están ahí dispuestas a que las percibamos. En este breve trailer verán más claro esto de las múltiples posibilidades (técnicamente denominado superposición cuántica), ilustrado en este ejemplo con numerosas pelotas de baloncesto que se reducen a una apenas intentamos mirarlas:
http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=ftE5m8Jj25E
Al igual que en el arte de la fotografía, parecería que inconscientemente “enfocamos” nuestra percepción hacia un punto, el cual se hace nítido, quedando automáticamente difuminado –e invisible para nosotros- todo lo demás.
Un par de ejemplos cotidianos: al decir de las embarazadas, “sólo ven embarazadas” por la calle (tienen el objetivo “enfocado” a lo que resuena con ellas). Otro: ¿han buscado alguna vez, en un estante con muchos libros, uno del que recuerdan el color de su lomo y sus letras? Si el color del lomo de libro que buscamos es, por ejemplo, salmón o naranja, al pasar la vista por las otras decenas de lomos de libro de otros colores distintos es “como si” literalmente no las viéramos, pues en aquel momento está “enfocada” exclusivamente a una determinada gama de tonalidades.
La pregunta es: si es cierto, como parece, que todo consiste en una vorágine de probabilidades hasta que “enfocamos” sólo una de ellas, ¿qué determina que nuestros sentidos elijan esa y no otra, y descarten todas las demás? Debe haber algo que motiva a nuestra máquina perceptiva a enfocar ahí, algo que dé sentido a esa elección y no otra. ¿En base a qué enfocamos a un punto y no a otro, habiendo tanto para elegir?
Quizá la pregunta esté mal planteada y lo que hemos de buscar es un porqué y, sobre todo, un para qué lo hacemos así (los porqués son las motivaciones que nos empujan desde el pasado, los paraqués tiran de nosotros desde las expectativas futuras). Para ambos hemos de echar mano de las ciencias de la mente y el cerebro, pero según parece ambos conforman los extremos inasibles de un círculo vicioso del que es difícil salirse.
El porqué parece ser que deriva del hecho de que para percibir se precisa la intervención del cerebro, pero el problema es que éste, para funcionar, se apoya básicamente en su incesante evaluación de los conocimientos y experiencias del pasado (en este video tienen un experimento que lo demuestra).
El para qué es posible que esté muy relacionado con esto: tendemos a percibir mejor aquello que nos va a reconfirmar lo que ya sabemos, lo que encaja con esa información y experiencias previas. En otras palabras: lo que va a darnos la razón (“no, si ya lo sabía yo que pasaría esto”). ¿Tendrá esto algo que ver con los patrones repetitivos? (dejo anotado aquí, y meramente como posibilidad, que el motivo de que nos disguste tanto la sensación de equivocarnos sea un gusto estético intrínseco por que las cosas “encajen” entre sí, sobre todo cuando esas dos cosas son (a) lo que creíamos o esperábamos –o temíamos- y (b) la cruel realidad, como si nuestra esencia más íntima no supiera manejarse bien en los desajustes).
Es decir: la máquina de fotografiar de nuestra metáfora está construida con elementos de lo ya aprendido previamente y, por otro lado, además sentimos preferencia por enfocar con ella, una y otra vez, aquellas cosas o acontecimientos que mejor se nos da fotografiar (es decir, aquellas que más nos “resuenan” con la idea que previamente tenemos de nosotros mismos como fotógrafos), con lo cual reconfirmamos cada vez más qué buenos fotógrafos somos en caras, paisajes, o en la especialidad escogida por cada uno.
Necesitamos que “todo encaje” así se hunda el mundo porque probablemente nos importa más tener la razón ante nosotros mismos que conocer la verdad de todo el paisaje. El bioquímico J. Dispenza lo explica así:

“Todo empieza en la célula. Y ¿quién da la orden a las células? Las órdenes provienen de la red neuronal del cerebro, que se basa en las experiencias y la información que hemos registrado. (…) usamos una caja de instrucciones que provoca que la química entre en acción. En consecuencia, para que podamos cambiar la química, tenemos que transformar la red neuronal (…) tenemos que cambiar nuestra identidad, cambiar de actitud, o cambiar la manera en que interactuamos con el entorno. Si seguimos siendo la misma persona y seguimos experimentando las mismas actitudes, no hacemos más que reforzarnos a nosotros mismos como identidad.”
Si los cuánticos tienen razón, entonces ya ha llegado el momento de aceptar que nos estamos perdiendo a cada instante un sinnúmero de otras posibilidades que, si bien no nos reconfirmarían lo antiguo ni nos darían la razón en nada, acaso nos abrirían la puerta de otro saber nuevo y quizá, a la larga, incluso más gratificante.
circulovicioso¿Sería esto lo que quiso decir el Principito cuando dijo que para ver bien las cosas no hay que mirarlas con los ojos de la cara sino con los del corazón?
.
¿Y tú qué sabes?” (parte I)
¿Y tú qué sabes? Dentro de la madriguera” (parte II)
¿Qué es la superposición cuántica? (artículo de Tendencias21)
…Y algo muy, muy, interesante sobre la conciencia y cómo “enfoca”:
Parte 1 http://www.youtube.com/watch?v=YiUvaelLOj8&feature=share
Parte 2 http://www.youtube.com/watch?v=ZMhXtPr-JFM&feature=related