26 mayo 2010

Kegels (río arriba)



El mulabandha (bandha = cierre) es una de las bandhas conocidas milenariamente en Yoga y Tantra, que se realiza contrayendo hacia arriba el periné o suelo pélvico, preferentemente entre inhalación y exhalación. Las otras dos bandhas implican la zona del cardias y diafragma (udiyanabandha) y la garganta (jalandarabandha). A partir de cierta fase, el practicante puede aplicar las tres casi simultáneamente, aflojándolas en orden inverso antes de la exhalación.
Un médico llamado Arnold Kegel redescubrió la penicilina olvidada por el oscurantismo, rescatando de paso los beneficios de la tonificación del suelo pélvico. A partir de sus recomendaciones, ese ejercicio es en nuestros días conocido popularmente como kegels, actualmente prescrito por muchos ginecólogos y sexólogos: los primeros debido a que un músculo PC (pubocoxígeo) en forma (a) facilita el parto además de (b) mejorar ostensiblemente la recuperación de la zona tras el alumbramiento, y (c) prevenir también la ptosis de la vejiga y la incontinencia urinaria. Los sexólogos, por su parte, lo prescriben porque la buena condición de ese músculo facilita y/o intensifica el orgasmo femenino.
Hoy día son ya numerosas las féminas que practican regularmente este tipo de ejercicio por uno o varios de los motivos expuestos más arriba. Una buena ocasión es, por ejemplo, el momento de orinar, aprovechando la oportunidad para controlar las contracciones. Las conocidas “bolas chinas” son otro artilugio que -entre otros perversos usos de los que no hablaré aquí- tiene como utilidad tonificar el citado músculo. En el mercado se encuentran en distintos pesos, en función de gustos personales y, básicamente, del estado del músculo PC de la usuaria.
Pero los kegels son, sobre todo, un plus de goce añadido al placer masculino. El hombre encarna en sí mismo la máxima generosidad en su pasional anhelo de dar lo que la mujer recibirá con agrado. Mediante el dominio de esa fuerza primigenia, él se sentirá agradablemente succionado, ordeñado, amorosamente acompañado en el comprensible vértigo del dejarse fluir, suavemente absorbido en placentera guía hacia la ascensión. Ella y su fuerza atávica serán ahí numinoso bálsamo, dilución de nimias resistencias instintivas, catalizador de la contracorriente tensional de la que surge todo lo bello, amoroso complemento del sagrado principio del Dar.
Cabalgados sobre el mútuo conocimiento y la compenetración que les han advenido con el fuego lento del tiempo, ella sabrá exactamente cuándo, cómo y a qué ritmo exprimir el fruto ya maduro, el modo preciso y sabio de absorber y facilitar al héroe su derrame perfecto y disolutivo, un vertido que le detonará unificado por un instante inefable con el cosmos que acaso él describa, cuando el habla regrese a su ser, como de río arriba.
Y se quedarán aún unos momentos perdidos en su mirar espejado, lánguido y absorto, sabiendo que saben.