29 mayo 2010

Ser, el verbo

"El ser de las cosas, no su verdad, es la causa de la verdad en el entendimiento"

(Santo Tomás de Aquino)



Leído hoy en algún sitio: soy arquitecto.
Me viene a la mente Krishnamurti y tantas otras cosas sobre el enigma de la naturaleza de la identidad: el verbo ser, el verbo semilla, el verbo-cemento, un verbo que es tan copulativo entre predicados y el Yo que en algunos idiomas incluso se lo da por supuesto. Tan semilla es de todo, que simplemente repitiendo “Yo soy” cierto número de veces, al cabo parece uno,
cual hacker del espíritu, haberse saltado la contraseña que nos separaba de la totalidad, se la puede ver diluirse en volutas y acceder al significado profundo de ese Ser, del Dassein heideggeriano, de aquel otro ser de todas las cosas que –lo aprendimos en el colegio- buscaban los presocráticos como desesperados, tan desesperados que hasta en el éter llegaron a verlo.
Tenía que tratarse de algo que no tuviera negación, que estuviera en todas partes y en ninguna, que no tuviera acaso principio ni fin. Sólo un verbo muy corto sabría cumplir algo tan imposible.
Pero entre tanto nosotros somos arquitectos, diseñadores o modistas. Somos extremeños o zulúes. Somos diabéticos o bipolares. Somos Pepito o Juanita, nos permitimos autoadosar predicados impunemente, usando de pegamento el verbo más importante que ha inventado el habla humana: el verbo que nos separa del resto de cosas que no-son, la lanzadera existencial hecha sílaba, algo que nos haga presentir que somos algo con derecho propio a contentarse con un nombre cualquiera, un sexo, una religión, una provincia, un trabajo, remover la coctelera y sacar de todo ello algo que diga soy eso. E invitar al mundo entero a barra libre de esa pócima y que nos reafirme "Sí, en efecto: eres eso".
No es culpa de nadie (como casi siempre) que se nos hayan pegoteado tantas etiquetas de tal modo que -a fuerza de decirlas o de firmar aquí y allá, de repartir tarjetas de visita y carnets que nos acreditan como algo- nos acabemos identificando, antes o después, con ese trocito de papel adhesivo que llevamos en la frente que reza “Soy zulú” o “Soy modista” o “Soy republicano” o “Soy del Atlético” o “Soy la esposa de Fulanito”.
Y en realidad no somos nada de todo esto. Eso son sólo predicados, apuntes.
Y sino, hagan la prueba y repitan cien veces en silencio interno “Yo soy” sin añadir nada detrás. Verán que también le hallan un sentido al ser desnudo, tal como ese verbo vino al mundo.

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