22 mayo 2011

De revoluciones y masas críticas

Los españoles (tanto en nuestro territorio como los dispersos por el globo, desde Londres a Amsterdam pasando por la mismísima Siberia) estamos viviendo estos días una gran conmoción. Una conmoción sociológica, psicológica, emocional, antropológica, estírpica (permítanme la palabra). Que lo que comenzó tímidamente se ha contagiado a ritmo vertiginoso con un entusiasmo de sangre hirviente primaveral no lo voy a repetir, que eso tod@s lo sabemos. Tampoco insistiré en que está impresionando la buena organización, compañerismo y actitud de esfuerzo que viene siendo patente en las acampadas, así como la solidaridad demostrada por los observadores y voluntarios (quienes hayan ido siguiendo las noticias vía internet quizá estén mejor informados que quienes lo hayan hecho sólo a través de los telediarios).

¿Qué está sucediendo? Las posturas, muy resumidas, se dividen en dos como las leyes de Dios: los más pesimistas esgrimen que ese entusiasmo se apagará pronto, que todas las revoluciones comienzan igual pero que después toda buena intención se va al garete en lo que duran dos telediarios. Los más optimistas (entre los que me encuentro, aún habiendo sido toda mi vida una pesimista recalcitrante en cuanto tuviera relación con el Sapiens), vislumbramos en los acontecimientos del 15-M y subsiguientes, no una simple revolución a lo sandinista o republicana, sino como un síntoma más del punto de inflexión que está atravesando, en realidad, toda la humanidad. Cierto que en el ámbito político las revueltas de estos días están teniendo una inmensa repercusión, pero para mí (como para muchos de mis amigos) todo esto es, incluso, de mucha más envergadura. No una envergadura mediática, ni meramente política, sino a nivel de un viraje en el rumbo de nuestra conciencia que no ha comenzado con las acampadas sino que, al igual que una planta, tuvo su momento de plantación, de germinación, de crecimiento… y de floración.

Lo que está ocurriendo es que están naciendo las flores de una semilla que comenzó a germinar, tierra oscura adentro, hará aproximadamente cincuenta años. Piensen que, en la evolución de nuestra especie, cincuenta años son apenas un suspiro.

Dicen algunos que las evoluciones son lentas, graduales. Y yo digo que, a razón de una gotita –pongamos- por siglo, un vaso tarda tanto en llenarse que perderíamos la paciencia. Algunos perdieron incluso más: su vida sin ver el resultado. Sin embargo, una vez el vaso ya se ha llenado, el desbordamiento del mismo al caer la gota crítica se produce en pocos instantes.

Y esto es, simplemente, lo que creo que está sucediendo ahora mismo: la flor abriéndose, el vaso desparramando su líquido por todo el planeta a través de los vasos comunicantes de nuestro mejor logro, internet.

Ya no hay distancias, ya no hay casi tiempos. Sólo está la flor desperezándose tras su sueño invernal otorgándonos el aroma de la esperanza.

A pocas horas de unas elecciones, mi reflexión para todos los jóvenes, menos jóvenes, pequeños empresarios y jubilados indignados, es que aprendamos de cuantas revoluciones no fructificaron y mostremos sano juicio, que incorporemos a lo sabido algo que quizá nunca antes hayamos intentado: compartir, desapegarnos de lo innecesario.

Tengo la sensación de que el humano comienza a percibir de un modo operativo de que cada uno de nosotros no es sino una minúscula parte, una irrisoria pero espléndida parte de un gran Todo.

Hacía falta una masa crítica y diría, sin mucho temor a equivocarme, que esa masa crítica ya está aquí.


110621 Última hora: http://politica.elpais.com/politica/2011/06/21/actualidad/1308671868_601197.html