26 junio 2011

Esencia de números


Al principio fue el Uno, cuando la felicidad palpitaba replegada en sí misma y no eran precisos números para la esencia.

Pero, acaso insuficiente para contener una dicha ilimitada, el Uno estalló en mil chispas diminutas, varias de tamaño mediano, y dos mucho más grandes y orgullosas de su origen. Piensan algunos que Descartes las tradujo aún más orgullosas y separatistas de lo que fueran, pero es improbable que alcancemos el fondo de esa posibilidad: los rumores sobre rumores son pasatiempo de estudiosos.
  
En la era del Dos (ya mucho antes que Descartes) las monedas tuvieron dos caras y Ormuz y Arimán(1) libraban pulsos en busca de su sentido pendular. Los hombres también llamaron a uno Luz y al otro Oscuridad. Eran tiempos de cavernas frías y oscuras como vientre de ballena, grutas sin lámparas eléctricas ni radiadores donde, de noche, Lucy y Gorg obedecían la cíclica ceguera mientras cada rugido exterior resonaba en sus aortas. En un discurrir basculado entre placer y dolor es comprensible que tomaran partido por aquel de los contendientes que cercenara sus terrores. Es comprensible incluso que aprendieran a rezar por él.
No habiendo vencedores ni vencidos eternos, otras divinidades acudieron a zanjar batallas desde Olimpos, Gólgotas y Mecas. Acaso improvisaran demasiado en su afán de ganar votantes, pues se instauraron las primeras guerras por algo más que la hembra de más ancha cadera. Aún así, el imperio del Dos duró más eras de lo previsto por la razón.
 

Cuando parió el número dual apareció Toth(2), fuente de hondas sabiduría
el cual luego fue llamado Hermes: el Tres reclamó su personalidad de árbitro y de él surgieron los juicios salomónicos,  
las tres hijas que innumerables sultanes se empeñaron en tener durante mil y una noches, los tres Reyes Magos, la cara visible de las pirámides, las tres doshas(3), los tres cerebros(4), las cualidades de los planetas(5)… Mientras la materia y el alma se replegaban en su antagonismo, lo hermético inventó un nombre propio para el comercio de las ideas y la precaria movilidad de la palabra(6). El Tres se tambaleó entre egos, ids y superyós e hizo del equilibrio algo más delicado, pues nunca triángulo alguno ha sabido sostenerse sobre un solo vértice por más que tres puntos se basten para determinar un plano. Emperador absoluto de los treses, Trismégisto dejó unos apuntes para
entretenimiento de cualquier sabio venidero que dispusiera de tercer ojo.

Mientras esto sucedía, el Dos había engendrado gemelos en la sombra. Con Cástor, Polux y sus hermanas de fatal destino(7), el Dos se hizo Cuatro e Hipócrates otorgó nombres de elemento a una premonición arcaica. Así, fuego, tierra, aire y agua añadieron al Tres una estabilidad que vivió mucho tiempo entre elementos, humores y zodíacos, y cuyo fín apocalíptico cantaron las trompetas de Cuatro jinetes. Gracias a los puntos cardinales se midieron océanos, y hombres buenos resucitaron desde cruces que apuntaban a ellos.
 

Tras esa
larga época de esplendor y sentido, alguien descubrió
allá por China un éter que Hipócrates no supo pensar(8), y a Da Vinci le fue revelado el Hombre en una estrella de Cinco puntas que Belcebú le usurpó para escudo de armas (pues un cuadrilátero habría sido forma demasiado sensata para los íncubos)(9). 
La quintaesencia de la Verdad fue escarbada entre alambiques, astrolabios y el último aliento de ahorcados en plazas públicas: desde entonces las corcheas duermen su horizontal estrépito en pentagramas y aquel humano de cinco puntas filtra el mundo con sólo Cinco sentidos y Cinco sabores.
   La razón del atrevimiento –o el atrevimiento de la razón- quiso sumar al Cinco las dos luminarias(10), dando vida a la semana de Siete días, las escalas de Siete notas, los Siete grandes pecados enroscados a una serpiente de Siete supuestos nudos de luz. Los Siete colores eligieron apuntar al cielo con un arco sin flecha.
Pero la conciencia es insaciable cuando trepa hacia el infinito interior. Los dos primos mayores, presintiendo que el todo es más que la suma de las partes, se pusieron a sumar vértebras y se fundieron en esotérico abrazo para que los apóstoles supieran cuántos debían ser, nosotros podamos contar huevos y ponernos de pié(12), Hércules pudiera completar sus 12 trabajos, y supiéramos finalmente que el año tiene los mismos meses que constelaciones nos caben dentro(11).
(1) Ormuz y Ahriman son los dioses duales del Zoroastrismo o Mazdeismo.
(2) Toth era el dios egipcio de la sabiduría, precursor de Hermes. El híbrido de ambos es Hermes-Trismégisto.
(3) Las doshas son las tres constituciones básicas según la medicina ayurvédica.
(4) Cerebros reptiliano, límbico y superior o neocórtex.
(5) Las cualidades de los planetas son cardinal, fijo y mutable.
(6) Hermes rige el comercio y la palabra.
(7) Según la versión más conocida, Pólux y Helena de Troya eran hijos de Leda y Zeus (y por tanto divinos), y Cástor y Clitemnestra hijos de Leda y Tíndaro (y por tanto semidivinos).
(8) La Medicina Tradicional China se basa en cinco elementos o terrenos.
(9) Los íncubos y súcubos eran espíritus demoníacos que absorbían la energía sexual bien sea poniéndose encima (íncubos) o debajo (súcubos).
(10) En la antigua Astrología, el Sol y la Luna fueron llamados “luminarias”.
(11) Se refiere a los signos del Zodíaco.
(12) Las 12 vértebras dorsales, en cifosis, compensan la lordosis de las 7 vértebras cervicales más las 5 vértebras lumbares.