11 junio 2011

Redescubrimientos

"El Todo es Mente; el universo es mental"

"Como es arriba, es abajo; como es abajo, es arriba"

(El Kybalion)


Retomando el hilo de mi paralelismo preferido universo-cuerpo y formando poco a poco una amalgama con ideas diversas tomadas de aquí y de allá, va tomando solidez, gradualmente, la intuición de que no sólo todo es lo mismo sino de que –parecido a los sistemas autoorganizados- es la relación entre las partes del todo donde se ubica la clave. Esta idea es importantísima más allá del discurso narrativo de aquello que puede recitarse de memoria de tanto oirlo. Idea que, dicho sea de paso, han sabido algunos visionarios durante eones y no es hasta ahora que comenzamos a prestarles oídos científicos (aquí, por ejemplo, pueden ver a un neurocientífico actual explicando magistralmente qué es la meditación, o aquí al famosísimo Punset, divulgador científico, en una entrevista de cariz espiritual).

Parece evidente que el funcionamiento armonioso de cualquier todo venga determinado por el buen entretejido de sus partes, por un engranaje que haga funcionar la máquina. Sólo siendo conscientes de ello podemos reparar la avería en que esa maquinaria nos ha dejado en la cuneta tanto tiempo debido a la fragmentación y el individualismo feroz que, a su vez, ha derivado en las luchas intestinas fomentadas por un mal entendimiento de qué es la identidad y por su defensa a ultranza. Hemos estado fragmentados (como diría Krishnamurti) con funestas consecuencias a todo nivel de este desmembramiento.

El presentimiento de que en la unión radica la armonía perdida puede conocerse (de cognoscere) o aprehenderse paralelamente por la vía intelectual y por la vía fenoménica, y no constituye, ni mucho menos, el descubrimiento de la penicilina ni por mi parte ni tampoco por parte de la ciencia de nuestros días. Es, simplemente, una confirmación paulatina, un re-descubrimiento, que viene teniendo lugar en mentes individuales y la cual va tomando cuerpo a medida que –en gran parte gracias a la Red- se va extendiendo al igual que sucede con las gotitas de mercurio de un termómetro roto cuando al mínimo acercamiento con sus afines van conformando una sola gota. Pero se trata –insisto- sólo de un re-descubrimiento tras muchos siglos de oscuridad.

Se habla cada vez más de un feliz acercamiento (y encuentro) entre las dos principales vías de conocimiento de nuestros tiempos: la científica y la humanística, entre la razón y la filosofía, entre el intelecto y lo creativo. En sectores especializados lo llaman reconciliación o equilibrio entre nuestros dos hemisferios cerebrales, los cuales parecen haberse confrontado hace miles y miles de años en una enemistad que resultó en la hegemonía final de nuestro hemisferio izquierdo. Los menos versados lo llaman corazón vs cabeza. Cada cual le da su nombre, pero nada nuevo hay bajo el sol sino un ritmo pendular entre sabiduría y estulticia, entre oscuridades del alma y destellos de luz, la inteligencia bien entendida, la feliz homeostasis espiritual del Sapiens sapiens. Ahí donde, según algunos, se dirige la evolución mientras cabalgue sobre la flecha del tiempo.

Si Hermes Trismégisto levantara la cabeza y leyera las recientes investigaciones sobre universos holográficos, sobre multiversos o antimateria, si Brahma ojeara ahora las últimas publicaciones sobre el funcionamiento de la red neuronal, acaso dijeran: “Pero ¿es que no se lo dejamos ya escrito, todo esto? “¡pobres diablos!”. Ha hecho falta que físicos o neurobiólogos de nuestro tiempo sintieran curiosidad y asomaran la nariz “al otro lado” (por ejemplo, practicando meditación, o buceando en la mitología) para que presintieran que había entre ambos lados un boquete, una vía de conexión, y se decidieran a investigarla con los medios actuales.

Y, mientras esto no llegaba, nos hemos dejado convencer por lógicas aristotélicas que afirman que si A es mayor que B, entonces B no puede ser mayor que A, impidiéndonos ver que paradojas naturales nos hablan a gritos ante nuestros mismos ojos: una esponja está en el mar… y a la vez el mar dentro de la esponja, oh koan de los koans... Conocemos ahora de qué está hecho el universo (a partir de ahora habría que comenzar a llamarlo multiverso), y los entrevistados de Punset constatan que una partícula puede estar en un momento dado en una estrella y algo después habitar en una de nuestras pestañas… pero aún parece no ser suficiente. Nos hablan los investigadores de entrelazamiento cuántico y nos limitamos a un “¡oh!” mientras terminamos la cena, pero no se nos ocurre sentirlo ni entre nosotros ni –aún más cercano- en nuestra propia carne.

Se huele, se intuye, un viraje que no afecta sólo al conocimiento. Se habla de punto de inflexión en la evolución. En la sociedad se proyecta este despertar del sueño rebelándose las masas ante el poder, surge la virulencia tan previsible… En un ámbito más global, las mentes individuales -¿como aquellas gotitas de mercurio?- van entrelazando más y más sus pequeñas ideas innovadoras a la velocidad, si no de la luz, sí de wifis o satélites a un ritmo cada vez más vertiginoso… En los 60 la primera oleada de indignados actuó como precursores de esta revolución o redescubrimiento que ya es casi inevitable presentir, y nos dejaron bien ensayado un primer movimiento hacia el cambio, tanto social como en el terreno de la experimentación de estados alterados (no importa aquí si fue con los primeros practicantes de yoga occidentales o con psicodélicos, lo que importa es la curiosidad). En nuestra generación tenemos la fortuna de poder añadir a aquel primer intento un grado aumentado de saber y también de herramientas. Ya no hay excusa y, a mi modo de ver, es papel y principal responsabilidad de la ciencia que ya no haya marcha atrás.

Pues la ciencia legítima es la principal buscadora de la verdad, y ahora ya no la busca junto al farol porque ahí había más luz, sino donde la perdió.

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