29 octubre 2011

Fachadas (o De la desmesurada credibilidad de lo que vemos)

Una persona conocida que me mostraba su piso mientras lo pintaba me explicaba que se había quedado sin pintura justo un metro cuadrado antes de terminar aquella estancia.
- Pero mira, ¿sabes qué te digo? -dijo-. Que, como aquí va el armario y lo tapará, no se verá.
Todos hemos oído también algo parecido a esto: "Te has manchado! Es igual, con el foulard por encima no se vé". La corbata se inventó, precisamente, para tapar los botones.
También hemos visto cómo dueños de automóviles artríticos los llevan ufanos al túnel de lavado a fin de que -por lo menos- de puertas afuera luzca lindo y brillantito.
Mujeres entradas en años (y a veces también en kilos) se pintarrajean paroxísticamente por aquello de "la fachada" (por cierto, nunca he comprendido cómo mis congéneres no se dan cuenta de que las arrugas suelen ser más visibles con maquillaje que sin él). Como fachadas son esas a las que los ayuntamientos limpian y dan esplendor porque el interior es lo de menos: lo que cuenta es que los turistas digan "Qué bonita es Barcelona, qué edificios tan bien cuidados!" (en esta imagen se ve claramente la diferencia entre la fachada, que se vé, y lo que no se ve).
Cuando el empleado de un banco o dueño de una tienda de barrio acciona el pulsador que abre la puerta de entrada, no lo hace sin antes "echar una ojeada" a la apariencia externa (o sea, a la indumentaria) del que llama. ¿Es que los atracadores -me pregunto- suelen ir vestidos de atracadores?
Somos animales dotados de sentidos y es obvio que nuestro discurrir por el mundo sin acabar el día llenos de moratones, intoxicados, ahogados o cayéndonos por precipicios, depende en gran medida de la información que éstos le proporcionan a nuestro cerebro. Sin embargo, también parece obvio que atribuimos a la vista una exagerada fiabilidad que a todas luces no correlaciona con la realidad.
Y lo sabemos pero no lo cambiamos. Por ello se venden tantos cosméticos, pues lo importante es parecer bella por fuera. Por ello hay tantos armarios que ocultan paredes sin pintar o con desperfectos, tantas manchas debajo de una corbata, tanta mentira tras muchas sonrisas de plástico o grandilocuencias, tanta aerofagia bajo una piel hidratada por cremas francesas.
Porque no es oro todo lo que reluce, pero para lo que importa somos ciegos.
Hemos confundido el ser con el tener, el ser con el hacer, y también el ser con el parecer.

PS: Si quieren comprobar cuánto nos engañan los ojos, pasen su mirada por esta imagen... No, no se mueve.