10 junio 2012

Vida y muerte: composición y descomposición


"No moriré, sino que viviré", Jesucristo.

“Los seres que tienen una forma,
en cualquier matriz que se produzcan
el gran Brahmán es su matriz común.”
(Bhagavad Gita XIV, 4)

Érase una vez un átomo de calcio que dejaba discurrir su existencia en la quinta espina dorsal de un joven salmón que corría, ajeno a todo, por un río cualquiera de Iqaluit, en Canadá.
Un oso pardo que por allí vagabundeaba hambriento penetró en el río mojándose con cierto disgusto las patas; con ágil movimiento moldeado por una experiencia que sólo los siglos perfeccionan, se halló en el lugar adecuado en el momento adecuado y, aprovechándose de ello sin vacilación, agarró a nuestro salmón con sus dientes, llevándoselo a la vera del río para satisfacer su hambre inocente entre desgarros de incisivos y molares.
Una vez satisfecha su primaria necesidad, se alejó perezosamente del bosque de fresnos rojos y los restos de esqueleto del salmón (y, entre sus muchos componentes, nuestro átomo de calcio) quedaron ahí, abandonado entre los troncos.
Nuestro átomo de calcio se quedó unos instantes inmóvil y algo tembloroso, preguntándose qué le depararía el destino. Sólo sabía una cosa: el salmón donde había vivido los últimos días había muerto por desintegración de sus elementos. Pero la verdad era que él, intuyéndose el último eslabón de aquella implacable cadena de desintegraciones, no se sentía en absoluto muerto. Más allá de él, en la perversa escala de la disolución, muy poco más había. El sendero de vida que comenzaba en un cuerpo de animal mortal terminaba en la pequeñez de él, y era por eso que él -ahora lo comprendía- no podía morir. Y entonces se dijo: "He aquí que, a más pequeño, más inmortal. Sólo es mortal aquello que puede descomponerse en algo más pequeño que sí mismo". Le pareció un pensamiento brillante pero, como no tenía Twitter, no lo publicó en ningún sitio.
Varios siglos después aquel mismo átomo habita, en este momento, en una miofibrilla de mi cuádriceps izquierdo. Me lo ha susurrado desde su efímera vivienda y es por ello que yo sí lo cuento, algo conmovida al pensar que su microscópica y humilde inmortalidad me sobrevivirá a través de infinitos milenios.