18 octubre 2016

Pobre trillada dualidad


Por su deseo intenso se devoran uno al otro y luego otra vez se producen,
porque les gusta ser dos.
No son completamente idénticos ni completamente diferentes.
No podemos decir lo que realmente son.
(…) Shiva y Shakti forman un todo, tal como el aire y su movimiento, el oro y el brillo.

Jñaneshwar Maharaj, siglo XIII




La dualidad asusta.
En lo popular gira en torno al “el corazón me dice X pero la cabeza me dice Y”.
Ormuz y Arimán, el bien y el mal. En otras latitudes son Caín y Abel: cielo para los buenos, llamas eternas para los malos.
Crudo lo tiene quien no acepte que, en la mismísima naturaleza que nos trajo al mundo, se turnan día y noche, luz y tinieblas, polaridad eléctrica positiva y negativa (por ellas alguno ha muerto electrocutado). Sin protones y electrones no podríamos usar la vitro ni cargar el móvil.
En amor se llama hombre y mujer -macho y hembra según el contexto- y en neuroanatomía hemisferios cerebrales. Sin la tensión natural entre dos polos eternamente opuestos (aunque complementarios, aseguran algunos) habría muerto hace mucho la sexualidad y, con ella, nosotros mismos. O ni siquiera habría comenzado y los matrimonios no discutirían si en Navidad toca ir a los padres o a los suegros.
Los más académicos lo llaman conflicto de intereses; los astrólogos, balanza; los juristas de grandes bigotes lo solventan con sentencias o laudos arbitrales y siempre hay algún ponente que menciona el eterno disturbio citando a Salomón, árbitro sabio por excelencia.
Vivir o no vivir. Vida sólo hay una y hay que aprovecharla, a menos que sea solamente una de dos mil reencarnaciones y mejor lo dejamos para la próxima.
Hay que ser bueno o malo (a la vez es de virtuosos), agachar la cabeza por el bien común o subirla alto reivindicando el propio. Ser digno o vender el alma. Cemento o isla desierta. Comer la tarta o resistir. Madre o prostituta. Apostar fuerte o dejar fluir. Mentir de palabra o por omisión.
Lo loable suele ser manejar la dualidad con razonable decencia (¡Ay, envidia de esa gama de grises donde muchos nadan dichosos!).
Ser uno o no serlo. Vivir o existir.
Elegir entre esas dos opciones o, más simple aún, ni siquiera elegir: el modo más original de evadirnos de la incertidumbre, sólo que sale algo más caro.