24 febrero 2007

El trono de Zeus

En la serranía del Olimpo, como en todas las serranías, existe una línea divisoria entre la tierra y el cielo. Sus curvas pueden repasarse a distancia con el dedo, como todas también. Y sus formas caprichosas son únicas, también como todas.
Sobre todo visto desde el sureste, en su perfil se divisa un hueco angular recortado contra el cielo. Es el trono de Zeus porque la sabiduría popular tiene una enorme facilidad para proyectar formas y fondos desde el alma hasta la naturaleza, dispararlos con etiquetas que diluyan su inquietud ante lo incondicional.

En el trono se sienta Zeus, magnificado, potente, sabedor de las desgracias manuscritas para griegos y para cuantos cedan pausadamente ante lo inexorable. Con poca imaginación se le puede adivinar, atronador e insaciable, dictando los hilos de sus colegas y súbditos, algo encallado en su rol pero siempre superior.
Si se toma unos prismáticos con voracidad de primate, entonces él –que está en todo- apunta inmediatamente su índice al transgresor, las lentes se emborronan en formas indecisas que descargan una locura preliminar, y finalmente queda el intelecto ebrio por una amnesia inenarrable. Aquel que osara hacer ese gesto quedará de por vida privado del etiquetaje, permanecerá condenado a una verdad que jamás será capaz de describir.


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