02 diciembre 2007

No masticar a Dios

La cola no es muy larga, y además no es como la cola de los cines, sino hecha de seres pequeños, en edad de crecer. El aroma de incienso nos impregna el alma, el cabello, la ropa, pues, apenas entrar en la nave de techos lejanos, hemos penetrado en lo sagrado y eso no es cualquier cosa que pueda decirse en dos palabras, porque lo sagrado huele a incienso y a agua bendita, esa de la pila de mármol donde, por sólo introducir tímidamente los dedos, nos inunda la sensación de haber entrado a formar parte de una extraña secta de elegidos. Hemos continuado el paso, nos hemos sentado en bancos sagrados de madera sagrada, nos arrodillamos y nos levantamos intentando parecer sagrados, hemos escuchado casi alelados pasajes de San Mateo por una voz casi sagrada que retumba entre paredes sagradas, intentando hilar lo que dice esa megafonía sagrada sin entender casi nada.
Poco después formamos una pequeña cola de pequeños inocentes a la espera de purgar, sin saberlo, el pecado del mundo, el pecado heredado genéticamente de aquellos que, más que padres, serían tatatarabuelos, aquellos del paraiso. El turno se acerca y el pánico es absurdo pero enorme, su cuerpo está a punto de entrar en mi boca, ¿me voy a comer a Cristo? Aún ignoro qué es un símbolo, por eso cuando lo siento entre mi lengua y el paladar temo herirle con mis dientes pequeños. El cuerpo de Cristo. Amén, he susurrado para tragarme la repugnancia del canibalismo. En la oscuridad profunda de ojos cerrados la pregunta se hace insorportable: ¿le dolerá si le mastico? Pero no sabe a casi nada, la oblea no le recuerda por insulsa, es difícil darse cuenta de que uno se está comiendo a Dios mismo pero cuido de no hacerle daño, disolver en la boca aquella cosa tan distinta de lo que tengo por divino. Mantengo los ojos cerrados hasta que, con la oblea, poco a poco se disuelve también tanto terror insertado sin motivo.
Cuántos años han de transcurrir para saber que, si ese Dios existiera, tampoco haría falta tragárselo porque ya lo llevábamos dentro al nacer. Esa bella frase que dice “Dios está en vuestros corazones” alguien se la ha saltado limpiamente, parece. No, no hacía falta tragárselo.
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Trenzas dijo...

Me has transportado a todos mis miedos e inquietudes de los días anteriores a la primera comunión :)
Los rituales y prácticas de las religiones, siempre le dejan a uno al borde del misterio. Al menos, hasta que racionaliza un poco y comprende que son necesarias, aunque, individualmente, se rechacen.
Los caminos por los que han transitado tantas generaciones acaban siendo insoslayables.
Creo que vale para todas las creencias y para casi todos los usos y costumbres de la humanidad.
O no.
:)
Un abrazo grande, Ana
3/12/07 18:39