15 julio 2007

¿Destino o sentido?

La mayoría de quienes nos hacemos constantemente preguntas de difícil respuesta tenemos que afrontar con frecuencia la tentación de asignarle “sentido” a la vida, especialmente a la nuestra. Posiblemente sea una tentación irracional que habría que trascender del mejor modo posible, modo que, a primera vista, consistiría en la imposición de la razón sobre todo lo demás. Pero restos de lo mítico coletean aún por nuestro inconsciente -individual y colectivo- y nos producen cierto sentimiento de culpabilidad cuando pretendemos diseccionar con la materia gris conceptos tales como destino. Y sin embargo, en el fondo, intuitivamente, sabemos que la razón tampoco es el camino para sortear esa tentación, a la vez que presentimos que lo mítico no tiene nada de vergonzoso por sí mismo; al contrario, es nuestro nexo con lo divino. Hijos de la contradicción, del choque entre opuestos del que germina la creatividad, no podemos evitar el vértigo ante la pregunta esencial (“¿para qué estoy aquí?”), vértigo o vacío que no puede ser ignorado si somos consecuentes y honestos, y que pide ser socorrido precisamente mediante un sentido de misión o destino, algo que haría encajar la última pieza del puzzle de una vez por todas y nos dejaría algo más tranquilos.

Quizá, mejor aún que encontrarle un sentido a nuestra vida, sería descubrirle efectos a ésta cada vez que el futuro se convierte en presente, alegrándonos entonces por los más bellos y aprendiendo de los menos bellos. La simple capacidad de ser conscientes de esos efectos, quizá azarosos, la sosegada alegría que eso produce, ya es mucho más de lo que sucede a la gran mayoría, constituye un premio que no es otorgado a todos y del que podemos sentirnos sumamente afortunados.

Trepamos al nacer por un árbol de mil ramas, cada una de las cuales tiene a su vez otras mil ramas: hay por tanto miles de miles de miles de terminaciones posibles en contacto directo con el cielo, y nuestra vida acabará en una y sólo una de ellas debido a que hemos ido eligiendo, y sobre todo también hemos descartado novecientas noventa y nueve posibilidades en cada una de nuestras pequeñas y grandes decisiones. No solemos ser conscientes de la relevancia de la mayoría de ellas, de nuestros imperceptibles cruces de carreteras, de virajes y elecciones cotidianos. Pero es un hecho indiscutible que descartamos más que elegimos, y ese descarte será decisivo para conducirnos por uno u otro camino hasta el final de la rama, un final único, personal e intransferible. Es por ello que el “sentido de nuestra vida” quizá sólo puede encontrarse mirando hacia atrás, après-coup: sólo desde la rama siguiente podremos encajar en nuestro puzzle particular el haber elegido aquella y no otra. Es entonces cuando todo parece adquirir, repentina y lúcidamente, ese sentido que pretendíamos comprender desde demasiado abajo, desde demasiado antes.

Nota (180707): la autora desea aclarar que el hecho de que "destino" y "sentido" sean combinaciones distintas de las mismas letras es pura casualidad.

.

Más sobre el tema ->aquí>-

.

4 comentarios:

escriptorum54 dijo...

Cuando elegimos, descartamos. O, como tú dices descartamos en lugar de elegir. No, no nos damos cuenta de las elecciones que vamos haciendo hasta que miramos hacia atrás.

Muy razonado tu comentario. Muy bueno

A. di Zacco dijo...

Gracias, escriptorium.

FRAC dijo...

No! Y yo que alucinaba con tu habilidad en el juego de palabras: destino y sentido!!!!

Me da la impresión que podemos movernos como ardillas y saltar de árbol si no nos conviene el que tenemos.
Es así como le vamos dando sentido a nuestra vida, ¿o no?
Leo el texto y no puedo evitar una referencia a los fractales: todas las ramas son parecidas entre sí y a su vez al ramaje.

A. di Zacco dijo...

Ardillitas en la fractalidad, qué lindooo...