01 julio 2007

El y ella en extinción

La diosa primigenia, la tierra fértil, la madre Gea o Démeter y sus cosechas nos recuerdan que el principio fue femenino. El continente es siempre femenino, y lo contenido masculino. Y que ambos son necesarios para la creación. Se propone aquí una metáfora más ilustrativa que la de tierra y semillas: lo femenino es la gasolina, lo masculino la chispa. Si bien la planta sirve como metáfora porque el resultado de la unión es la vida, me gusta más esta otra porque su efecto es una explosión, un estallido. Y es del estallido que nace lo creado, no de la armonía sino de la violencia.

La mujer es combustible que necesita ser incendiado, explosionado, para ser creada y re-creada cada vez (algo así como el Gran Rayo que incendió el caldo primigenio de aminoácidos dadores de vida). Pero ahora el hombre se repliega y acomoda a lo armónico y al trillado “tú primero, querida”. Y ella, en esas “horas de la verdad” que es cuando nuestro Yo es más auténtico, cuando se diluye el fingimiento, siente un íntimo encogimiento ante la cruel realidad porque lo que desea desde el inicio de los tiempos no es precisamente una politeness postmoderna. Ahí se gesta otro dilema: ¿desajusta su papel por no obtener lo deseado (un rol relativamente pasivo: el de ser incendiada por “la chispa”) o es a la inversa y no lo obtiene por desajustar su papel? (Nota: “lo deseado” no significa aquí goce físico sino aquella explosión vertiginosa que solía celebrar con el alarido primigenio, aquello cuyo estallido le restaura momentáneamente su categoría de diosa).

Parece algo surrealista esperar una entrada al lado de allá -al genuino, aquel donde se es lo que se es- mediante la unión de dos cuerpos cuando la mayoría de hombres precisan de pedagogía previa para poder proporcionar un simple orgasmo. ¿Cómo pensar en erotismos místicos cuando ellos no se manejan bien ni en la simple sexualidad cotidiana, cuando se han creído lo de “tú primero, querida”? Sí, por supuesto que no hay que esperar todo eso, ni siempre: el puro goce físico también está bien como juego creativo. Pero el problema no es la incompetencia en lo anatómico-funcional, sino en el dificultoso -y en general poco admitido- nexo entre lo erótico y lo místico. No: el gran mal está en que el hombre de nuestro tiempo ha olvidado que la chispa sólo la lleva él, que su rol intransferible es de incendiario y el de ella de incendiada, de catapultada. El combustible puede rociar, expandirse por la cama y por toda la casa si me apuran, como líquido metafórico puede tejer mil caminos, pero la chispa le pertenece exclusivamente a él y poner esto en duda es apartarse peligrosamente del destino génico. La Kundalini, élan vital, libido, energía creadora/creativa, sólo despierta a sacudidas, a chispazos.

La consecuencia en muchas mujeres es rendirse a la astenia y la jaqueca: su fe arcaica en la violencia del estallido fusional se deberá -piensan algunas en una intimidad no confesada- a que habrán visto demasiadas películas. Y esa claudicación de lo que se fue siempre es sumamente nefasta, no sólo para el cuerpo sino para la libido entendida como creatividad, que no es capaz de perdonar esta claudicación o autotraición. Si bien es cierto que la inmensa mayoría de hombres aparecen ahora como unos renegados de su rol ancestral, renegados de su yang, de su poder como incendiarios, sublimes portadores de la antorcha fálica, por supuesto las artífices del cambio fueron ellas. Se les fue el rol de las manos como a los inventores del comunismo: no previeron que, a cambio de una igualdad que personalmente pongo en tela de juicio, perdían algo mucho más valioso: la esencia que las convierte en mujeres-de-verdad, la única que puede ubicarlas en su destino fisiológico y espiritual, contextualizar el poder de su femineidad. Y ahora pagan justas por pecadoras haciendo con frecuencia de pedagogas sexuales, desahuciadas como grandes diosas y denigradas por la necesidad de direccionar caricias, ritmos y prioridades, atravesadas por la insoportable nostalgia del ser-lo-que-soy y que nadie más que él puede darnos. Pero él ya casi no está, se hunde irremediablemente en neblinas almibaradas, erróneamente desarticulados por ellas.

No es sólo que el hombre arquetípico esté en vías de extinción (afortunadamente aún queda algún ejemplar), sino que también lo está la mujer. Él ya no sabe llevar con dignidad su rol de creador, de portador de antorcha, ha olvidado cómó acercarla al combustible para que se produzca la magia.

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Paco Traver dijo...

Si, esa es una de las consecuencias de la isosexualidad, la utopia de la postmodernidad es el hermafroditismo, los roles intercambiables, la transsexualidad, ser al mismo tiempo hembra y macho es la fantasia que ha sustituido a la clásica fantasia de ser hembra para el varón o macho para la hembra. Sólo hay dos sexos pero infinitas posibilidades de goce.¿Por qué perderse ninguna? Si todos podemos ser lo que queramos, basta con elegir una posibilidad de entre un menú desplegable. ¿por qué ceñirse a un rol, a un goce? Si los podemos tener todos. Sucedámonos, simultáneos.
1/7/07 22:51
A. di Zacco dijo...

"Una imposibilidad física desde el orden que rige en los cuerpos, pero una posibilidad abierta para los corazones."...
1/7/07 23:17
FRAC dijo...

Sí. Muy buena la noción de chispa y combustible. Incendiario y catapultada. Y tb tu explicación entorno al nexo entre lo erótico y lo místico.
Según mi opinión hay un concepto peligroso, la exigencia, tanto en los estilos de vida modernos un poco apretados como en la relación íntima de de pareja, que a veces es sometida a auténticas auditorias. Está claro que lo místico no se puede exigir, y que es imprescindible en el juego erótico.

Un abrazo, Ana.
4/7/07 13:11
A. di Zacco dijo...

Es mi visión, una visión que parte más bien de teorías tántricas.
4/7/07 15:03
escriptorum54 dijo...

Creo que el cambio sufrido en las relaciones entre hombres y mujeres ha sido tan importante que el hombre, en general, está desorientado y no sabe cuál es el papel que tiene que desempeñar en la sociedad o el que se espera de él.

Un tema interesante
5/7/07 10:56
A. di Zacco dijo...

Algo así, y yo pienso que ese cambio lo comenzaron ellas.
Y sí, esa relación hombre-mujer es un gran tema, sí.
Agradecida por vuestras visitas y feedbacks.
5/7/07 13:19
Cristina Trullà dijo...

"yo pienso que ese cambio lo comenzaron ellas"

Pienso que no hay principio ni final en las relaciones humanas, Ana. ¿Por qué no decir que ellas se vieron obligadas a cambiar después de milenios y milenios de abusos masculinos? ¿y por qué no ir todavía más atrás y preguntarnos el por qué los hombres tuvieron que ejercer dicho abuso? ¿y todavía más atrás..? No es necesario, no hay principio ni final. Cualquier conducta es causa y efecto a la vez.
Lo mismo ocurre en las desavenencias conyugales, no hay un culpable y un inocente; causas y efectos se convierten en un continuum de conductas sin fin, donde cada una de ellas es tanto causa como efecto.
16/12/08 15:15