21 junio 2007

La inmortalidad

Entrar en su casa era oler a ella, a sofrito a fuego lento, a lejía; era oler a ropa recién planchada, a galletas con chocolate, a señora Francis saliendo de la radio antigua, una orgía sinestésica de sentidos que confluía en un corpachón en el que la historia había ido adosando los años mansamente, colocándolos cada uno en el sitio adecuado del único ser por quien conocí el amor incondicional. Ella constituyó la mayor de mis suertes al tenderme unos hilos de araña hechos de azúcar; yo, la arañita pequeña, aprendí a coordinar mis ocho patitas en su red, bajo su augurio de gran diosa, la segunda instancia de la madre arquetípica. Dios aprieta pero no ahoga: si te quita una madre te pone otra aún mejor, una que recuerde de primera mano un colchón, no debajo, sino encima de su cuerpo hasta que dejara de oirse la avioneta. Encerrados en el inframundo de mis genes, en la célula de una uña o en un hepatocito, perviven retorcidas en espiral sus memorias, sobrevive en mi sangre el instante en que, desde el otro lado de la ciudad, ve caer las bombas allá lejos, sobre su barrio, sobre su casa quizá y en ella su hijito. Es consciente de que no puede llegar a tiempo y lo único en que sabe confiar es en que él, tan seriecito, recuerde lo que ella le tiene tan dicho antes de salir, agachándose a su altura para asegurarse:

- Si algún día ocurriera eso estando solito, sobre todo corre a ponerte debajo del colchón y espera a que el ruido haya pasado.

El niño lo recordó en cuanto oyó la avioneta aproximándose; sino, yo misma no estaría contando ahora nada sobre ellos ni podría haber encerrado en mí la perpetuidad de aquel bombardeo, contar lo poco que recuerdo de él al precio de un miedo irracional a las avionetas aproximándose, un precio que seguramente valió la pena.

Tardé mucho en darme cuenta de que la inmortalidad no está “allá arriba” sino “allá dentro”, que es un bucle que vive de la memoria; que el amor incondicional es un don, un regalo que no puede ser dado sin haber sido recibido, ignoraba todavía lo afortunada que fuí.

Gracias, yaya, por ese don que me dejaste.

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Paco Traver dijo...

Sólo aquello que hacemos por sí mismo lleva el germen de la eternidad. Sólo aquello que se refiere a sí mismo y que contiene en si mismas todas las razones es una obra de arte.
22/6/07 19:18
FRAC dijo...

Yo creo que sí hay algo en el hilo de la inmortalidad que nos une a todo.
Y también creo que los antepasados cuidan de nosotros; no soy racional cuando admito este punto, sino absolutamente espiritual. Pero así lo siento, y como dices tú, no "allá arriba" sino "allá dentro", muy dentro. Será porque quien asocio a esta idea fue un don, un regalo de la vida que me hace sentir muy afortunada.

Magnífico post, Ana.
He mirado mucho rato la foto, tal cual y ampliada, sobretodo las expresiones de ambas.
22/6/07 20:16
quantum dijo...

Yo diría además que la inmortalidad se contagia: esta idea me la ha dado tu escrito. Te agradezco muy sinceramente tu visita y tus palabras, y celebro conocer estos espacios tuyos,en los que espero adentrarme y, de alguna forma, encontrarme.

Un placer encontrar aquí a mi amiga Frac, con la que me unen tantas cosas.

Un gran abrazo.
28/6/07 22:40