21 marzo 2007

Sufrimos desde el centro


Dice Krishnamurti que el ser humano sufre a causa de su centro. ¿Qué es ese centro?
Pues es un centro creado por nuestro pensamiento, una motita minúscula, el origen de un radio o un diámetro que se limitan a sí mismos por ser espaciales. O sea, nuestro pensamiento se limita a sí mismo generando un espacio (metafóricamente esférico) alrededor de ese centro. Quedamos, así, autónomamente prisioneros de nuestra propia geografía virtual: dentro de una esfera que el pensamiento crea para sentirse acogido por sí mismo en una burda recursividad sin salida.
Lo malo del pensamiento es que es como un niño que sólo sabe lo que le han enseñado. ¿Quién le enseña cosas al pensamiento, quién le proporciona la materia prima para sustentarse y sustentar nuestras creencias? Sólo, única y exclusivamente, el pasado. Nuestro pasado, nuestras experiencias previas, nuestras confirmaciones.
Si, naturalmente que tambien sabemos pensar en futuro: “mañana haré esto o lo otro” o “iré aquí o iré allá”. Pero el futuro es un patchwork que el pensamiento teje con los hilos del pasado. Sin pasado no existe pensamiento. Ni previsiones de futuro, ni planes para la vejez. Pero tampoco presente, que es un polluelo indefenso enjaulado entre ambos. Eso ya lo sabíamos o lo intuíamos. Pero sigamos con Krishnamurti.
En esa esfera virtual debe existir un límite (por ser geométrica existe un límite). Y dentro de esta esfera transcurre precisamente nuestro sufrimiento, cualquier tipo de sufrimiento. Ese espacio nos engloba a nosotros, nuestras frustraciones, nuestros celos, nuestras previsiones, a nuestros vecinos, todo aquello que nos conforma. Por fuera de ella estaría lo demás, lo inequívocamente “otro”, lo que llamaríamos el “no-yo”. Y entre ambos esa grieta que casi nunca sabemos saltarnos. ¿Por qué? La respuesta según el maestro hindú es bien sencilla: porque no existe tal esfera, no existe esa separación entre “yo” y “no-yo”, porque las tonterías en que enfrascamos nuestra vida son eso: realidades virtuales.
No existe el muro que nos separa de lo que no es “yo”, ni siquiera de nuestros celos o miedos. Nuestros celos son yo, nuestro miedo es también yo (ellos y nosotros somos la misma cosa), por ello no hay dualidad que valga, no hay “eso otro” contra lo que luchar. Tomando conciencia de que todo es lo mismo, de que “todo eso es yo”, comprenderíamos -vía intuitiva, no racional- que no hay nada contra lo cual luchar, contra lo cual gastar energías inútilmente: no hay esfuerzo y no debe haberlo, porque en el momento en que hay esfuerzo (“debo superar ese miedo, esos celos, esta angustia”, etc.) hay conflicto. Este conflicto lo cubrimos durante toda una vida con la tapadera de la sonrisa, del “No, si ya lo he superado”, del “No, ahora ya no la odio, la he perdonado” o “No, ya superé ese dolor”. Mentira, hay un conflicto ahí abajo, acechando. ¿Somos capaces de aceptar eso o seremos enterrados con nuestra hybris por mortaja?
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2 comentarios:

Zifnab dijo...

Supongo que es eso de que el junco resiste más alío que la piedra y todo eso. No se. Tanta relajación no es exactamente lo mío. Aunque en el fondo estoy de acuerdo. Siempre he pensado que un egocentrismo bien entendido es el único remedio para toda la humanidad. Yo soy la medida de todas las cosas. Si yo me reconcilio con todo lo que yo supongo es más sencillo que mi comportamiento hacia lo demás resulte más constructivo, puesto que como no son yo nada puedo pedirles y todo lo que me den de bueno lo entenderé como un regalo

Luego la práctica es otra cosa, pero así como teoría está bien

Soy más de Atticus Finch cuando decía aquello de que jamás entenderás a un hombre hasta que te hayas puesto sus zapatos. Pero eso es más humanismo que otra cosa

Se feliz

A. di Zacco dijo...

Tambien podriamos decir (no hay nada mas sabio que el refranero) que "bien esta lo que bien acaba", con los zapatos que sea, a veces incluso descalzo si es menester, aunque sea caminando sobre pinchos ardientes...
Saludos, Zifnab, y gracias por dejarte caer por aqui.