Aproximadamente en la misma época en que Freud difundía al mundo los mecanismos de defensa del inconsciente, Gurdjieff hablaba de amortiguadores. Lo ilustraba a sus discípulos como esa pieza que evita que dos vagones de ferrocarril choquen entre sí ante un frenazo.En la vía del autoconocimiento, lo que choca entre sí son las contradicciones o paradojas interiores, las fricciones entre lo que vemos de nosotros mismos y lo que nos parece ver (o lo que preferimos ver). Los amortiguadores serían todos aquellos mecanismos que interponemos en evitación de ese hiriente encontronazo del que saldrían chispas o se fundiría uno de ambos.
Según Gurdjieff, uno sólo puede acercarse a la verdad si todas las partes que constituyen al ser humano -el pensamiento, el sentimiento, el cuerpo- son tocadas con la misma fuerza y de la única manera que conviene a cada una de ellas: un engranaje hecho de piezas de distinta naturaleza, cuyas muescas deben rodar suave y engrasadamente, un cemento líquido e invisible que serviría para unir armónicamente distintas visiones de una misma realidad que nos empeñamos tozudamente en fragmentar.
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