La mayoría de quienes nos hacemos constantemente preguntas de difícil respuesta tenemos que afrontar con frecuencia la tentación de asignarle “sentido” a la vida, especialmente a Quizá, mejor aún que encontrarle un sentido a nuestra vida, sería descubrirle efectos a ésta cada vez que el futuro se convierte en presente, alegrándonos entonces por los más bellos y aprendiendo de los menos bellos. La simple capacidad de ser conscientes de esos efectos, quizá azarosos, la sosegada alegría que eso produce, ya es mucho más de lo que sucede a la gran mayoría, constituye un premio que no es otorgado a todos y del que podemos sentirnos sumamente afortunados.
Trepamos al nacer por un árbol de mil ramas, cada una de las cuales tiene a su vez otras mil ramas: hay por tanto miles de miles de miles de terminaciones posibles en contacto directo con el cielo, y nuestra vida acabará en una y sólo una de ellas debido a que hemos ido eligiendo, y sobre todo también hemos descartado novecientas noventa y nueve posibilidades en cada una de nuestras pequeñas y grandes decisiones. No solemos ser conscientes de la relevancia de la mayoría de ellas, de nuestros imperceptibles cruces de carreteras, de virajes y elecciones cotidianos. Pero es un hecho indiscutible que descartamos más que elegimos, y ese descarte será decisivo para conducirnos por uno u otro camino hasta el final de la rama, un final único, personal e intransferible. Es por ello que el “sentido de nuestra vida” quizá sólo puede encontrarse mirando hacia atrás, après-coup: sólo desde la rama siguiente podremos encajar en nuestro puzzle particular el haber elegido aquella y no otra. Es entonces cuando todo parece adquirir, repentina y lúcidamente, ese sentido que pretendíamos comprender desde demasiado abajo, desde demasiado antes..
