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06 junio 2007

Krishnamurti encore (creencias)

“Una taza sólo es útil cuando está vacía; y una mente repleta de creencias, de dogmas, de afirmaciones y de citas, en realidad no es una mente creativa, y lo único que hace es repetir. Y el huir de ese miedo –de ese miedo al vacío, a la soledad, al estancamiento, a no prosperar, a no triunfar, a no ser algo o alguien- es sin duda una de las razones por las cuales aceptamos las creencias tan ávida y codiciosamente. ¿No es así? ¿Podemos comprendernos a nosotros mismos mediante la aceptación de una creencia? Todo lo contrario. Es obvio que una creencia, política o religiosa, impide la propia comprensión. Obra a modo de pantalla, a través de la cual nos observamos a nosotros mismos. ¿Y podemos observarnos a nosotros mismos sin creencias? Si suprimimos esas creencias –las muchas creencias que uno tiene-, ¿queda algo para observar? Si no tenemos creencias con las cuales la mente se haya identificado, entonces la mente, sin identificación alguna, es capaz de observarse a sí misma tal cual es, y ahí, ciertamente, está el comienzo de la propia comprensión.”

(J. Krishnamurti)
Hay que proceder, pues, a la catarsis de lo creencial, sólo que no es tan fácil como parece.
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Paco Traver dijo...

En las ideas se está pero las creencias nos contienen
6/6/07 17:11
FRAC dijo...

Alguien dijo -lo siento, no recuerdo quien fue- que todo hombre debería, al menos una vez en la vida, dudar de todo.

Estaría bien que en TV dieran el tipo de información que posteas. Seguro que nos ahorraríamos hablar de otros temas o conflictos que de entrada parecen bastante inexplicables.

Feliz ducha referencial!
13/6/07 19:56
dorada dijo...

Bellisimo!!!!!!!
10/2/11 13:22

21 marzo 2007

Sufrimos desde el centro


Dice Krishnamurti que el ser humano sufre a causa de su centro. ¿Qué es ese centro?
Pues es un centro creado por nuestro pensamiento, una motita minúscula, el origen de un radio o un diámetro que se limitan a sí mismos por ser espaciales. O sea, nuestro pensamiento se limita a sí mismo generando un espacio (metafóricamente esférico) alrededor de ese centro. Quedamos, así, autónomamente prisioneros de nuestra propia geografía virtual: dentro de una esfera que el pensamiento crea para sentirse acogido por sí mismo en una burda recursividad sin salida.
Lo malo del pensamiento es que es como un niño que sólo sabe lo que le han enseñado. ¿Quién le enseña cosas al pensamiento, quién le proporciona la materia prima para sustentarse y sustentar nuestras creencias? Sólo, única y exclusivamente, el pasado. Nuestro pasado, nuestras experiencias previas, nuestras confirmaciones.
Si, naturalmente que tambien sabemos pensar en futuro: “mañana haré esto o lo otro” o “iré aquí o iré allá”. Pero el futuro es un patchwork que el pensamiento teje con los hilos del pasado. Sin pasado no existe pensamiento. Ni previsiones de futuro, ni planes para la vejez. Pero tampoco presente, que es un polluelo indefenso enjaulado entre ambos. Eso ya lo sabíamos o lo intuíamos. Pero sigamos con Krishnamurti.
En esa esfera virtual debe existir un límite (por ser geométrica existe un límite). Y dentro de esta esfera transcurre precisamente nuestro sufrimiento, cualquier tipo de sufrimiento. Ese espacio nos engloba a nosotros, nuestras frustraciones, nuestros celos, nuestras previsiones, a nuestros vecinos, todo aquello que nos conforma. Por fuera de ella estaría lo demás, lo inequívocamente “otro”, lo que llamaríamos el “no-yo”. Y entre ambos esa grieta que casi nunca sabemos saltarnos. ¿Por qué? La respuesta según el maestro hindú es bien sencilla: porque no existe tal esfera, no existe esa separación entre “yo” y “no-yo”, porque las tonterías en que enfrascamos nuestra vida son eso: realidades virtuales.
No existe el muro que nos separa de lo que no es “yo”, ni siquiera de nuestros celos o miedos. Nuestros celos son yo, nuestro miedo es también yo (ellos y nosotros somos la misma cosa), por ello no hay dualidad que valga, no hay “eso otro” contra lo que luchar. Tomando conciencia de que todo es lo mismo, de que “todo eso es yo”, comprenderíamos -vía intuitiva, no racional- que no hay nada contra lo cual luchar, contra lo cual gastar energías inútilmente: no hay esfuerzo y no debe haberlo, porque en el momento en que hay esfuerzo (“debo superar ese miedo, esos celos, esta angustia”, etc.) hay conflicto. Este conflicto lo cubrimos durante toda una vida con la tapadera de la sonrisa, del “No, si ya lo he superado”, del “No, ahora ya no la odio, la he perdonado” o “No, ya superé ese dolor”. Mentira, hay un conflicto ahí abajo, acechando. ¿Somos capaces de aceptar eso o seremos enterrados con nuestra hybris por mortaja?
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