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01 agosto 2007

Bioy Casares en verano

Hacía mucho que no me ocurría: hablo del alarido sordo del antropólogo que desempolva, cepillito en mano, el gran descubrimiento. Bioy Casares estuvo durante años presente en esa amortecida lista de pendings que todos tenemos en algún rincón y nunca parecen querer llegar a tomar contacto con lo materializable hasta que por un azar les llega su momento, el único que era -eso se ve a posteriori- el adecuado. Un libro o un autor aún desconocido tienen algo de esas personas que te presentan en un cocktail, canapé en mano y copa de cava en la otra: os estrecháis la mano y, o hay feeling, o no lo hay. Los humanos, lo que solemos hacer para agradar en primera instancia, es aplicar ipso-facto la mueca de la sonrisa social. De modo análogo, un libro debe cautivarnos también en la primera página (a mí, que soy una impaciente, incluso en el primer párrafo). Por esto no seguí leyendo en su día -ahora no sé- a Proust ni a tantos otros que debería haber leído quien se precie de lector empedernido. Debo estar haciéndome mayor, pues ya no me avergüenza no haber leído a Proust ni algún otro.

Dicho sea de paso, me doy cuenta de que ha llegado el momento de una confesión terapéutica: a pesar de que mis amigos estén convencidos de lo contrario, no me gusta leer. Para mí es un gran esfuerzo físico debido, principalmente, a la aparición de la presbicia de la madurez. Mis ojos sufren lo indecible leyendo, más aún que mis músculos en la sala de fitness. Cada renglón es un esfuerzo que sólo justifican las ansias de saber. En otras palabras: si leo es por el resultado y no por la actividad per se, porque no hay más remedio para saber y sentir lo que anhelo saber y sentir. Dicen quienes me conocen a fondo que saber es mi goce, y yo sólo conozco tres modos de saber y sentir: (a) escuchar, (b) leer, y (c) asociar/procesar autónomamente lo anterior (si alguien conoce otro sistema que me lo diga, pero dejemos la meditación para otro capítulo).

Pero estaba con Bioy Casares y no deseo perderme por las ramas. Este goce hacía mucho que no me ocurría y hablo concretamente de La invención de Morel: la pura seducción al instante de frases precisas, la concatenación inaudita de las únicas palabras que podían ir ahí, la sonrisa interior que provoca la perfección de unos brevísimos toques de pincel en el color justo (¿cómo obviar que el mismo J.L. Borges, en su prólogo, califica esa novela de perfecta?).

Permítanme recomendar desde aquí La invención de Morel siendo que la autora de esto aún va a medias, y dando por sentado que todos somos distintos y que, por tanto, no deberíamos nunca recomendar nada. Pero por si acaso.

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