En la serranía del Olimpo, como en todas las serranías, existe una línea divisoria entre la tierra y el cielo. Sus curvas pueden repasarse a distancia con el dedo, como todas también. Y sus formas caprichosas son únicas, también como todas.En el trono se sienta Zeus, magnificado, potente, sabedor de las desgracias manuscritas para griegos y para cuantos cedan pausadamente ante lo inexorable. Con poca imaginación se le puede adivinar, atronador e insaciable, dictando los hilos de sus colegas y súbditos, algo encallado en su rol pero siempre superior.
Si se toma unos prismáticos con voracidad de primate, entonces él –que está en todo- apunta inmediatamente su índice al transgresor, las lentes se emborronan en formas indecisas que descargan una locura preliminar, y finalmente queda el intelecto ebrio por una amnesia inenarrable. Aquel que osara hacer ese gesto quedará de por vida privado del etiquetaje, permanecerá condenado a una verdad que jamás será capaz de describir.

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