Al
principio fue el Uno, cuando la felicidad palpitaba replegada en sí misma y no
eran precisos números para la esencia.
Pero,
acaso insuficiente para contener una dicha ilimitada, el Uno estalló en mil
chispas diminutas, varias de tamaño mediano, y dos mucho más grandes y
orgullosas de su origen. Piensan algunos que Descartes las tradujo aún
más orgullosas y separatistas de lo que fueran, pero es improbable que
alcancemos el fondo de esa posibilidad: los rumores sobre rumores son
pasatiempo de estudiosos.
En
la era del Dos (ya mucho antes que Descartes) las monedas tuvieron dos caras y
Ormuz y Arimán(1) libraban pulsos en busca de su sentido pendular. Los hombres
también llamaron a uno Luz y al otro Oscuridad. Eran tiempos de cavernas frías
y oscuras como vientre de ballena, grutas sin lámparas eléctricas ni radiadores
donde, de noche, Lucy y Gorg obedecían la cíclica ceguera mientras cada rugido
exterior resonaba en sus aortas. En un discurrir basculado entre placer y dolor
es comprensible que tomaran partido por aquel de los contendientes que cercenara
sus terrores. Es comprensible incluso que aprendieran a rezar por él.
No
habiendo vencedores ni vencidos eternos, otras divinidades acudieron a zanjar
batallas desde Olimpos, Gólgotas y Mecas. Acaso improvisaran demasiado en su
afán de ganar votantes, pues se instauraron
las primeras guerras por algo más que la hembra de más ancha cadera. Aún así,
el imperio del Dos duró más eras de lo previsto por la razón.
Cuando
parió el número dual apareció Toth(2), fuente de hondas sabidurías 
el cual luego fue llamado Hermes: el Tres reclamó su personalidad de árbitro y
de él surgieron los juicios salomónicos,
las tres hijas que innumerables sultanes se empeñaron en tener durante mil y
una noches, los tres Reyes Magos, la cara visible de las pirámides, las tres
doshas(3), los tres cerebros(4), las cualidades de los planetas(5)… Mientras la
materia y el alma se replegaban en su antagonismo, lo hermético inventó un
nombre propio para el comercio de las ideas y la precaria movilidad de la
palabra(6). El Tres se tambaleó entre egos, ids y superyós e hizo del
equilibrio algo más delicado, pues nunca triángulo alguno ha sabido sostenerse
sobre un solo vértice por más que tres puntos se basten para determinar un
plano. Emperador absoluto de los treses, Trismégisto dejó unos apuntes para
entretenimiento
de cualquier sabio venidero que dispusiera de tercer ojo.
Mientras
esto sucedía, el Dos había engendrado gemelos en la sombra. Con Cástor, Polux y
sus hermanas de fatal destino(7), el Dos se hizo Cuatro e Hipócrates otorgó
nombres de elemento a una premonición arcaica. Así, fuego, tierra, aire y agua
añadieron al Tres una estabilidad que vivió mucho tiempo entre elementos,
humores y zodíacos, y cuyo fín apocalíptico cantaron las trompetas de Cuatro
jinetes. Gracias a los puntos cardinales se midieron océanos, y hombres buenos
resucitaron desde cruces que apuntaban a ellos.
Tras
esa
larga
época de esplendor y sentido, alguien descubrió
allá
por China un éter que Hipócrates no supo pensar(8), y a Da Vinci le fue
revelado el Hombre en una estrella de Cinco puntas que Belcebú le usurpó para
escudo de armas (pues un cuadrilátero habría sido forma demasiado sensata para
los íncubos)(9).
Pero
la conciencia es insaciable cuando trepa hacia el infinito interior. Los dos
primos mayores, presintiendo que
el todo es
más que la suma de las partes, se pusieron a sumar vértebras y se fundieron en
esotérico abrazo para que los apóstoles supieran cuántos debían ser,
nosotros
podamos contar huevos y ponernos de pié(12), Hércules pudiera completar sus 12
trabajos, y supiéramos finalmente que el año tiene los mismos meses que
constelaciones nos caben dentro(11).
(1)
Ormuz y Ahriman son los dioses duales del Zoroastrismo o Mazdeismo.
(2)
Toth era el dios egipcio de la sabiduría, precursor de Hermes. El híbrido de
ambos es Hermes-Trismégisto.
(3)
Las doshas son las tres constituciones básicas según la medicina ayurvédica.
(4)
Cerebros reptiliano, límbico y superior o neocórtex.
(5)
Las cualidades de los planetas son cardinal, fijo y mutable.
(6)
Hermes rige el comercio y la palabra.
(7)
Según la versión más conocida, Pólux y Helena de Troya eran hijos de Leda y
Zeus (y por tanto divinos), y Cástor y Clitemnestra hijos de Leda y Tíndaro (y
por tanto semidivinos).
(8)
La Medicina Tradicional China se basa en cinco elementos o terrenos.
(9)
Los íncubos y súcubos eran espíritus demoníacos que absorbían la energía sexual
bien sea poniéndose encima (íncubos) o debajo (súcubos).
(10)
En la antigua Astrología, el Sol y la Luna fueron llamados “luminarias”.
(11)
Se refiere a los signos del Zodíaco.
(12) Las 12 vértebras dorsales, en cifosis, compensan la lordosis de las 7
vértebras cervicales más las 5 vértebras lumbares.
