“Los seres que tienen una forma,
en cualquier matriz que se produzcan
el gran Brahmán es su matriz común.”
(Bhagavad Gita XIV, 4)
Un oso
pardo que por allí vagabundeaba hambriento penetró en el río mojándose con cierto
disgusto las patas; con ágil movimiento moldeado por una experiencia que sólo
los siglos perfeccionan, se halló en el lugar adecuado en el momento
adecuado y, aprovechándose de ello sin vacilación, agarró a nuestro salmón con sus dientes, llevándoselo a la vera del
río para satisfacer su hambre inocente entre desgarros de incisivos y molares.
Una vez satisfecha su primaria necesidad, se alejó perezosamente del bosque de fresnos rojos y los restos de esqueleto del salmón (y, entre sus muchos componentes, nuestro átomo de calcio) quedaron ahí, abandonado entre los troncos.
Una vez satisfecha su primaria necesidad, se alejó perezosamente del bosque de fresnos rojos y los restos de esqueleto del salmón (y, entre sus muchos componentes, nuestro átomo de calcio) quedaron ahí, abandonado entre los troncos.
Nuestro átomo de calcio se quedó unos instantes inmóvil y algo tembloroso, preguntándose qué le depararía el destino. Sólo sabía una cosa:
el salmón donde había vivido los últimos días había muerto por desintegración de sus elementos. Pero la verdad era que él, intuyéndose el
último eslabón de aquella implacable cadena de desintegraciones, no se sentía en absoluto muerto. Más
allá de él, en la perversa escala de la disolución, muy poco más había. El sendero de vida que comenzaba en un cuerpo de animal mortal terminaba en la pequeñez de él, y era
por eso que él -ahora lo comprendía- no podía morir. Y entonces se dijo: "He aquí que, a más
pequeño, más inmortal. Sólo es mortal aquello que puede descomponerse en algo más pequeño que sí mismo". Le pareció un pensamiento brillante pero, como no tenía Twitter, no lo publicó en ningún sitio.
Varios siglos después aquel mismo átomo habita, en este momento, en una miofibrilla de mi cuádriceps izquierdo. Me lo ha susurrado desde su efímera vivienda y es por ello que yo sí lo cuento, algo conmovida al pensar que su microscópica y humilde inmortalidad me sobrevivirá a través de infinitos milenios.

