1.
Introducción
Este es un comentario sobre los
textos “Consideraciones de actualidad sobre la guerra y la muerte” (1915) de
Sigmund Freud, y “Agresión y narcicismo” (cap. 17 de “Anatomía de la
agresividad”) (1975) de Erich Fromm.
El primero, obra
de S. Freud (1856-1939), fundador de la escuela psicoanalítica y reconocido
hasta nuestros días por su investigación sobre el inconsciente, fue escrito en
1915, después de comenzada la I Guerra Mundial (en la cual Freud, junto a
Einstein y otros científicos, adoptaría una postura pacifista). El segundo
texto es de Erich Fromm (1900-1980), que entonces era adolescente y estudiaría
más tarde en el instituto fundado por Freud en Berlín, dedicándose asimismo al
psicoanálisis. Si bien fue admirador de Freud, en sus años finales su
alejamiento de él es patente en varias de sus obras, como “El miedo a la
libertad” (1941) o “La misión de Sigmund Freud” (1956).
Una de las visiones enfrentadas
entre ambos es sobre la naturaleza de los instintos agresivos humanos, de la
cual tratan los textos de este comentario que intenta reflejar sus distintas
posturas al respecto.
2. Resumen
2.1 Texto 1 (Freud)
Parte 1: La agresividad
Freud aparece decepcionado por
la actitud que los hombres muestran en pleno conflicto bélico. Nos introduce
primero al concepto de civilización, entendida como un conjunto de
normas aplicadas por el Estado para el bien de la armonía en la comunidad,
Estado que por otro lado “censura la intercomunicación y la libre expresión”.
Según él, los instintos “malos” del hombre pueden ser transformados en “buenos”
por dos vías: la mencionada civilización (factor exterior) y el erotismo
(factor interior). Sin embargo, esta transformación no es irreversible sino
susceptible de regresión a un estado anterior bajo determinadas situaciones.
Una de ellas sería precisamente la guerra.
Según Freud, la inteligencia no
puede ir desligada de la vida sentimental[1]. De ello deduce que una
explicación de que la guerra lleve a los hombres a actuar en forma tan poco
racional sería que aquella altera previamente el mundo de las pasiones,
enajenando por tanto toda lógica. La guerra llevaría esa actitud individual al
nivel de nación contra nación.
Parte 2: Actitud ante la muerte
La
muerte es algo que no aceptamos en nuestro pensamiento cotidiano, como si no
existiera o fuéramos inmortales. En este apartado, Freud expone dos ideas:
a) Nuestra postura emocional
ante la muerte proviene de la horda primitiva. Nuestros ancestros debieron
experimentar sentimientos contradictorios: por un lado, alegría por la muerte
de un enemigo, y, por otro, alegría asimismo por la de los seres queridos.
Esto, que es aparentemente paradójico, se debería a la ambigüedad inherente a
la psique humana (amor/odio) ya que un ser querido, después de todo, es alguien
ajeno: su muerte no es la del yo, por otro lado siempre desconocida. Este
sentimiento paradójico sería el germen de un sentimiento de culpabilidad que
habría encontrado compensación en la creencia en la inmortalidad, y poco
después en la religión.
b) Antes de la religión, la
primitiva moral de nuestros antepasados debió hacerles insensibles al
asesinato. Según Freud esa pulsión es innata, y es también la explicación más
plausible para que fueran precisos mandamientos que lo prohibieran (“descendemos
de una larguísima serie de generaciones de asesinos”). El autor va más
lejos aún, asegurando que, todavía hoy, el miedo a la muerte procede de aquel
primitivo sentimiento de culpabilidad, y que en nuestro inconsciente el
asesinato es, en realidad, incluso deseado.
2.2 Texto 2 (Fromm)
Para analizar la violencia del
hombre Fromm parte del narcicismo, reprochando a Freud que lo vinculara
demasiado a la
líbido. Separado de ésta, el narcicismo es un estado en el
cual “sólo uno y lo suyo es sentido como real”, lo demás no interesa. El
narcicista se aferra a su autoimagen con ceguera y una clara falta de
objetividad porque le ofrece seguridad, y este fenómeno se amplía al narcicismo
colectivo con idénticos efectos. En ambos casos -individual o colectivo- se
reacciona a la crítica o la amenaza con violencia, ira o deseo de venganza
(debido al miedo a perder la sensación de amparo que proporciona al narcicista
el amor a sí mismo o a su grupo).
Para este autor, las causas de
la agresión son cuatro: (a) el citado narcicismo colectivo cuando lleva
al fanatismo (el individuo integrado en la masa se siente libre de toda duda y
poderoso); (b) resistencia -uno de los mecanismos de defensa según
Freud- que aparece ante el temor al descubrimiento, por parte de otro, de una
verdad reprimida en el inconsciente; (c) conformismo, p.e. la obediencia
del soldado a la autoridad militar[2]; y (d) agresión instrumental,
aquella justificada por el objetivo de obtener algo. La frontera entre este
deseo intenso y la voracidad -reflejada en nuestros días en el consumismo- es
borrosa, pero también la voracidad puede inducir a la agresión (p.e. por un
drogadicto). Otra razón para la agresión, en el caso del soldado, sería la
presión de tener que decidir entre “matar o ser muerto”; aunque Fromm no
categoriza este motivo, se entiende que se refiere al instinto de
supervivencia.
3.
Confrontación
Básicamente,
Freud defiende la idea de que la raiz de los instintos brutales del hombre está
en la propia naturaleza humana y que la agresividad puede ser reprimida por la
cultura, aunque no de un modo definitivo. En contraposición, Fromm contempla la
actitud agresiva como algo cuyo origen no se encuentra en lo innato sino en el
terreno de lo contingente.[3]
Para S. Freud, la facilidad con
que afloran los instintos de crueldad con motivo de una guerra viene a
confirmar su sospecha de que dichos instintos permanecían simplemente
inhibidos, y que el comportamiento “civilizado” previo a la guerra no era una
ganancia evolutiva sino producto de la hipocresía social que, en condiciones
normales (o sea, en tiempo de paz), juzga demasiado superficialmente los actos
más que sus verdaderas motivaciones (“los hombres no han caído tan bajo como
temíamos porque tampoco se habían elevado tanto como nos figurábamos”). Con
esto viene a decir que los estadios evolutivos se superponen unos a otros y que
los instintos más primarios siguen latentes, pudiendo por tanto resurgir bajo
cualquier circunstancia que anule el efecto de aquello que los mantenía
inactivos (“el individuo que entra a formar parte de una multitud se sitúa
en condiciones que le permiten suprimir las represiones de (...) su
inconsciente individual (...) en el que se halla contenido en germen todo lo
malo existente en el alma humana.” (Freud, 1921)). El estado de guerra
sería, pues, una de esas circunstancias que suprimen la represión.
Fromm, por el contrario,
justifica la conducta agresiva en una línea mucho más ambientalista, como una
respuesta casi comprensible. Para él las principales causas de la guerra serían
la agresión instrumental (por parte de las naciones) seguida de la
obediencia a la autoridad (por parte del individuo). En claro contraste a la
postura de Freud, dice: “la tesis de que la guerra se debe a la
destructividad innata del hombre es claramente absurda (...) con el
desarrollo de la civilización han aumentado la frecuencia y la ferocidad de las
guerras. Si la guerra se debiera a impulsos destructivos innatos, hubiera
sucedido lo contrario”. Para este autor es evidente que la I Guerra Mundial,
como cualquier otra, se debió a intereses económicos y ambiciones de hegemonía
(“es un error creer que aquella guerra tuvo su origen en el deseo de las poblaciones
(...) de descargar su agresividad”). También recrimina a Freud haber
tergiversado las estadísticas con objeto de reforzar su teoría (“datos que
hubieron de ser deformados para servir a su propósito”).
4.
Conclusión
A pesar de sus diferencias elementales,
ambos autores coinciden en que el impulso de agresión -sea cual sea su causa-
se expande de un modo natural desde lo individual hasta lo colectivo: mientras
Fromm propone este mecanismo para el fenómeno del narcicismo herido, Freud cree
en un proceso similar para los instintos destructivos.
Curiosamente, Fromm menciona que
“mientras el soldado combate con el enemigo en defensa de su vida no tiene
que combatir con los miembros de su propio grupo por el pan”. Este
comentario parece algo contradictorio, pues con esto estaría admitiendo que la
agresividad está en efecto implícita en el ser humano y que la guerra
constituiría, en esencia, una vía de escape más justificable que otras.
Es muy probable que ambas
posturas sean algo extremas y que la respuesta a los interrogantes planteados
por estos dos autores se halle en un punto intermedio o en una combinación de
ambas, como sucede con tantos otros pares de teorías que se han confrontado, a
lo largo de la Historia, en relación a temas tan complejos pero tan fascinantes
como la conducta del ser humano.
BIBLIOGRAFÍA
- CID,
P.: “Acerca de Fromm” (artículo electrónico, en www.geocities.com)
-
DAMASIO, A.: El error de Descartes, Barcelona, Ed. Crítica (1994)
- FROMM,
E.: El miedo a la
libertad. Buenos Aires, Ed. Paidos (1950)
- FREUD,
S.: Psicología de las masas y análisis del Yo. Ed. Psikolibro.
-
HERGENHAHN, B.R.: Introducción a la Historia de la Psicología. Madrid, Thomson Editores (2001)
[1]
Esta afirmación de Freud está siendo corroborada en la
actualidad por investigaciones de los neurólogos portugueses A. y H. Damasio
sobre la estrecha relación entre la amígdala y la toma de decisiones.
[2] “Para Hitler (…) el ario está dispuesto a someter su propio ego
a la vida de la comunidad” (El Miedo a la libertad, 1941, p. 143)
[3] Hay que tener en cuenta que Fromm había investigado ampliamente el
fenómeno del nazismo en la
II Guerra Mundial, y que el texto de Freud fue escrito
veinticinco años antes. De hecho, moriría el mismo mes en que fué declarada esa
guerra.
