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Había una vez un pueblecito que nunca
sabía si aquel día era un pueblo de mar o de montaña.
Y no lo sabía porque era un tema de
azar, aunque no siempre fue así.
Cada mañana, poco antes del
amanecer, el Regidor de Contingencias Duales extraía de un bombo fabricado a
tal efecto una bola que podía ser azul o verde. Si salía la azul, el pueblecito
sería aquel día un pueblo marítimo dedicado mayormente a la pesca del atún. Si
salía la verde, aquel día tocaba ser hombres de pastos, vacas y gansos. Incluso
el olor en sus callejuelas variaba según fuera aquel día su destino: si había
salido la bola verde, amanecía ya oliendo a estiercol y a tierra húmeda; si
había salido la azul, el aroma del aire era a yodo y a bacalao seco.
Se llamaba Bilandio de Arribajo,
aunque tampoco fue siempre ese su nombre.
Desde luego, una vida de configuración
tan peculiar habría tenido grandes inconvenientes para forasteros habituados a otras
más rutinarias, pero los habitantes de Bilandio ya se habían familiarizado con aquella
sorpresa crónica en que discurrían sus vidas; la defendían con convencimiento a
cuantos se atrevieran a sugerir siquiera lo incómodo de una vida así. Y lo
hacían casi con tanto convencimiento como si fuera el resultado de una decisión
propia.
-Bah, ¡todo en la vida tiene un lado
mejor y otro peor! –decían, riéndose.
Eladio, que tenía ojos grises y era
muy leído porque era el farmacéutico, opinaba lo mismo aunque de modo más
farmacológico:
-Claro, todo en la vida tiene efectos secundarios.
Todo.
Como se comprenderá, quienes
dudaban de las ventajas de aquel tipo de vida eran sólo los escasos visitantes
que, muy de tarde en tarde, pasaban por ahí deseando salir del lugar por
piernas enseguida, pensando que ahí estaban todos locos. De hecho, hay que
decir que el poquísimo turismo que recibía Bilandio había ido en franco declive
en los últimos tiempos. Y era una lástima, porque el paisaje de los alrededores
era espectacular, tanto los verdísimos prados en que unas vacas de aire razonablemente
satisfecho pacían rodeadas de flores de todos colores como las olas atlánticas
que, un poco más abajo, roían con rítmica furia los acantilados.
Y es que, digámoslo claramente, Bilandio
de Arribajo era un machihembrado de opuestos raramente visto, donde el vaivén
fluía sin trastornos también de modo raramente visto.
Debido a los caprichos de la ley de
la probabilidad, podía darse que saliera varios días seguidos la misma bola –cosa
que ocurría de vez en cuando- pero, dado que el azar es como es, los aldeanos
nunca podían saber a ciencia cierta si al despertar encontrarían en el zaguán sus
aperos de labranza y pastoreo o bien las redes para salir a pescar (no es necesario
aclarar que en ambas tareas eran ya sobradamente duchos).
Quizá porque la mayoría de humanos
siente un íntimo placer en flirtear con el azar, una de las actividades lúdicas
que más divertían a los jubilados en el casino de Bilandio aparte del mus eran
las apuestas sobre la suerte que habían de correr el próximo día. Las apuestas
múltiples podían incluir hasta cinco días de pronóstico.
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