Alexander Bain (1818-1903) fue el primero de entre los
estudiosos de lo que más tarde conoceríamos por Psicología en relacionar los
fenómenos mentales con los actos físicos (conducta) y, además, en escribir
sobre ello.
Estando un día en el campo, observó cómo un cordero
recién nacido intentaba alcanzar la ubre de su madre mediante torpes
movimientos casi al azar, algunos de los cuales le llevaban a ella, otros más
infructuosos empujaban a su cuello a seguir buscando. Esto le provocó un eureka: los actos con un final
"placentero" (es decir, los que conseguían llevarle a la fuente de su
alimento) se repetirían cada vez más, mientras que los movimientos de su cabeza
que no lograban su fin se irían "descartando" del cerebro del corderito,
constituyendo todo ello un aprendizaje que conducía, en definitiva, a la
supervivencia, lo que actualmente los teóricos del aprendizaje conocen como el
método de ensayo y error.
Como mencionaba en el post Orgasmos
gástricos, parece obvio que deberíamos considerar el concepto de placer indisolublemente vinculado a la
supervivencia, distinguiéndolo del concepto de goce, entendido este
último como una sublimación del placer ,
lo que popularmente llamaríamos rizar el
rizo (como decía ahí, ejemplos de esa sublimación serían el erotismo en el
terreno sexual y sibaritismo en lo relacionado con la comida, conductas nada
imprescindibles para la reproducción ni la supervivencia respectivamente, una especie de
"lujo" devenido como consecuencia de la civilización). Bain, en fin, concluyó que los
organismos tienen una pulsión innata a acercarse a toda fuente de placer
mientras que, contrariamente, tienden a alejarse de toda fuente de dolor (lo
que se percibe como una amenaza a la supervivencia) en una relación
estímulo-respuesta que llamamos hedonismo
y cuya fórmula podría esquematizarse así:
Antes que Bain, algunos ya habían observado e intentado
clasificar los elementos que parecían constituir las claves de la conducta y
que parecían a todas luces indiscutibles. Así, todos ellos dedicaron mucho
interés y esfuerzo en investigar el funcionamiento de la asociación. David Hume (1711-1776), proponiéndose
entender la naturaleza humana, ya estableció casi cien años antes de Bain lo
que llamó Leyes de asociación:
parecía que (a) la contigüidad de los estímulos, (b) su semejanza entre sí, y
(c) la relación causa-efecto jugaban un rol definitivo en la conducta. J. Stuart
Mill jr (1806-1873) aportaría a éstas el parámetro frecuencia, mientras que
David Hartley (1705-1757) observó, además, que un elemento del
"paquete" parecía bastar para hacer detonar las otras sensaciones
hermanadas a él.
Herbert Spencer (1820-1903), por su parte, está de
acuerdo con Bain en el sentido de que la conducta tiende a repetirse si
proporciona placer, es decir, si promueve la supervivencia. No
sólo estaba de acuerdo con su Ley de la
contigüidad, sino que creyó que los sucesos contigüos con consecuencias
favorables no sólo se asocian sino que, más lejos aún, se transmiten de generación en
generación; en otras palabras, son seleccionados naturalmente (Principio de
Spencer-Bain).
La fórmula de Bain sería perfeccionada más tarde por
Wundt (1832-1920), quien creía que la mente podía reordenar los elementos a
voluntad, pero que también descubrió que las experiencias opuestas se
intensifican recíprocamente. La cosa se iba complicando más y más, y más aún la complicaría Freud
cuando decidió que las experiencias del pasado
tienen un efecto sobre la conducta del presente, tomando precisamente la asociación como una de las herramientas base de su famoso método psicoanalítico.
Han transcurrido muchos años y la investigación continúa.
Las ciencias cognitivistas establecieron, en su día, entusiastas paralelismos
entre la mente humana y el ordenador que a su vez van quedando atrás, avanzando
el conocimiento a medida que disponemos de más medios de estudio en algo tan
inasible como parece ser la conciencia (siempre queda preguntarse la correlación entre la asociación de datos y su procesamiento: parece que somos incapaces de "archivar" un dato si no es anclado a otro).
Personalmente,
cuando les recuerdo -algunos con pocos recursos pero con gran curiosidad-
siento el deseo de gritarles un "¡Gracias!" a Bain, Mill,
Hume, Spencer, Wundt, Harley, Darwin, Brentano, Berkeley, Spinoza, W. James,
Fechner, Comte, Galton, Titchener, Ebbinghaus, Mach, Pavlov, Skinner, Freud… y
tantos y tantos otros que seguro olvido (unos más conocidos, otros menos) por el granito de arena
que cada uno aportaron al sendero por el cual seguimos ahora persiguiendo
esa verdad que aún no hemos alcanzado.
Seamos optimistas, quizá esté ya a la
vuelta de la esquina.

