(fragmento de La historia de Saint Michele, de Axel Munthe)
"Muchos no estaban enfermos en modo alguno y quizá no lo hubieran estado
nunca si no me hubiesen consultado. Muchos se imaginaban enfermos, y eran los
que me contaban historias más largas; hablaban de la abuela, de la tía o de la
suegra, o sacaban del bolsillo una hoja de papel y empezaban a leer una lista
interminable de síntomas y trastornos —le malade au petit papier,
solía decir Charcot—. Todo aquello era nuevo para mí, que no tenía ninguna
experiencia fuera de los hospitales, donde no había tiempo que perder en
tonterías, y cometía muchos desatinos. Más adelante, cuando empecé a conocer
más la naturaleza humana, aprendí a tratar algo mejor a tales enfermos, pero
nunca estábamos muy de acuerdo. Parecían muy trastornados cuando les decía que
tenían buen aspecto y que su complexión era buena, pero reaccionaban
rápidamente si añadía que la lengua parecía más bien sucia —lo cual era
generalmente cierto—. En la mayoría de estos casos mi diagnóstico era que
comían con exceso; demasiados pasteles y dulces de día, y cenas harto
abundantes de noche. Probablemente, fue el diagnóstico más exacto que hice en
aquellos días, pero ningún éxito tuve. Nadie quería saberlo. No agradaba. El
diagnóstico que gustaba a todos era el de apendicitis. En aquella época estaban
de moda las apendicitis entre la gente de la mejor sociedad que buscaba una
dolencia. Todas las damas nerviosas la tenían en el cerebro, ya que no en el
abdomen, y se encontraban muy bien con ella, y lo mismo sus médicos. Así, pues,
opté gradualmente por las apendicitis y traté gran número de ellas con éxito
diverso. Pero cuando empezó a correr la voz de que los cirujanos
norteamericanos habían emprendido una campaña para cortar todos los apéndices
de los Estados Unidos, mis casos empezaron a disminuir de un modo alarmante.
Consternación:
—¡Cortar el apéndice, mi apéndice! —decían las señoras elegantes,
agarrándose desesperadamente a su processus vermicularis, como una
madre al propio hijo—. ¿Qué haría sin él?
—¡Cortar sus apéndices! ¡Mis apéndices! —decían los médicos consultando
melancólicamente la lista de sus enfermos—. ¡En mi vida he oído semejante
estupidez!
Pero si no hay nada en sus apéndices; si lo sabré yo, que debo
examinarlos dos veces por semana. Soy absolutamente contrario.
Muy pronto fue evidente que las apendicitis pasaban de moda y que era
preciso descubrir una nueva enfermedad para satisfacer la demanda general.
Entonces la Facultad se mostró a su altura y lanzóse al mercado un nuevo mal,
se acuñó una nueva palabra, una verdadera moneda de oro; la ¡colitis! Era una
enfermedad conveniente, libre del bisturí del cirujano, siempre a mano en caso
necesario y adaptable a todos los gustos. Nadie sabía cuándo venía ni cuándo se
iba. Mas yo sabía que muchos de mis previsores colegas la habían ensayado con
gran éxito en sus enfermos; pero a mí, hasta entonces, me había sido contraria
la fortuna.
Uno de mis últimos casos de apendicitis creo que fue la Condesa X, que vino a
consultarme recomendada por Charcot, según dijo ella. Charcot me mandaba de vez
en cuando enfermos. Yo, como es natural, anhelaba hacer cuanto pudiera por
ella, aunque no hubiese sido tan hermosa. Miró al joven oráculo con mal
disimulada decepción en sus grandes ojos lánguidos, y dijo que quería hablar
con Monsieur le Docteur lui-même, no con su ayudante —éste era el
primer saludo que estaba yo acostumbrado a recibir de cada nuevo enfermo—. Al
principio no sabía ella si tenía apendicitis, y le ocurría lo propio a Monsieur
le Doctor lui-même; mas no tardó en estar segura de tenerla, ni yo en
estarlo de que no la
tenía. Cuando se lo dije, con imprudente brusquedad, se
alteró mucho. El profesor Charcot le había dicho que yo descubriría seguramente
lo que tuviera y la ayudaría; y en vez de eso... Rompió a llorar y yo lo
lamenté mucho.
—¿Qué es lo que tengo? —sollozó, tendiendo las manos vacías hacia mí, con un
ademán desesperado.
—Se lo diré si me promete estar tranquila.
Dejó de llorar de pronto y, enjugándose las últimas lágrimas de sus ojazos,
dijo valerosamente:
—Puedo soportar cualquier cosa, ¡he sufrido tanto! No tema usted, no volveré
a llorar. ¿Qué tengo?
—Colitis.
Sus grandes ojos tornáronse aún mayores, lo cual yo hubiera creído
imposible.
—¡Colitis! Exactamente lo que siempre me había figurado. Estoy segura de que
tiene usted razón. ¡Colitis! Dígame, ¿qué es la colitis?"
Un post sobre el libro: http://luismontielllorente.blogspot.com.es/2010/12/la-historia-de-san-michele-de-axel.html
04 noviembre 2012
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